VENUS VIVE
(Hypnerotomachia Poliphili)

20. “Libres y sin freno, navegamos alegremente”

« Ya en el mar Polifilo cuenta:

“En esta barca admirable y extraordinaria remaban seis mozas sumamente dispuestas y serviciales. Los remos eran de níveo marfil que brillaba, no por haber sido pulido, sino naturalmente, los herrajes eran de oro y las amarras de seda mezclada y trenzada. Aquellas muchachas estaban ricamente vestidas de tela transparente que volaba agitada por las brisas y ponía de manifiesto voluptuosamente los miembros de sus cuerpos en la tierna flor de la edad. Algunas llevaban la cabeza rodeada por abundantes trenzas muy rubias; otras tenían la espesa y lustrosa cabellera más negra que el ébano indio. ¡Qué grato se ofrecía a la mirada su contraste! Rodeando la carne nívea de sus rostros, hombros y pecho, algunas tenían las espléndidas cabelleras dispuestas en rulos y trenzas, lascivamente atadas con cordones de plata, con nudos y lazos tan agradables y voluptuosos a los sentidos que hubieran sido capaces de apartar la mirada de cualquier otro objeto, por admirable que fuera, y apretados en la nuca por perlas más bellas que las que Julio compró para su amada Servilia. Otras tenían los rizados cabellos atados con guirnaldas de rosas y otras flores, y las frentes sombreadas con rizos como zarcillos. Rodeaban sus lácteas y rectas gargantas suntuosos collares de piedras preciosas de colores distintos y armoniosos, talladas en forma cónica. Debajo de los firmes pechos llevaban un apretado corpiño, obstinado obstáculo a la caída de la tenue tela que los cubría, pero ellos, aunque sujetos, se agitaban un poco con el movimiento del mar. Esta tela que cubría sus pechos tenía en torno al cuello un adorno de apretados hilos de oro, tejidos con un trabajo de perfección extrema, con los bordes adornados con perlas y, a todo lo largo de él, con gemas dispuestas ordenadamente ...

... Cuando estas hermosas ninfas se hubieron sentado en parejas sobre los bancos de sándalo, con el rostro vuelto hacia el divino señor y las delicadas espaldas hacia nosotros, Cupido, el piloto divino, desplegando sus ligeras alas, llamó hacia sí al suave Céfiro de perfumado hálito y dio al viento sus santas plumas.”

Pero Polifilo no olvida a la sabiduría transformada en belleza. En efecto:

“Contemplaba también la incomparable belleza divina reunida en Polia, que cada vez parecía más delicada y hermosa. Luego admiraba el aire purísimo y sereno, el tiempo plácido y tranquilo y las aguas limpias como transparente cristal, a través de las cuales se veía el fondo claramente. Vi aquí y allí muchos islotes arbolados e islitas esparcidas verdeantes de espesos arbustos y gratamente sombreadas, y muchos lugares que se perdían en la lejanía y aparecían, como manchas sobre la superficie de las olas...

... Entonces las ninfas remeras comenzaron a cantar con suavísimas notas y voz celestial, totalmente distinta de la humana, y a tocar dulcemente un bello concierto como de pájaros con melodía bien armonizada, de tal manera que dudé de poder resistir su ternura, sintiendo el corazón palpitante y casi fuera de su lugar y como si se me fuese a escapar por la boca.

Así, libres y sin freno, navegamos alegremente y llegamos sin percances en nuestro próspero viaje a la deliciosa isla de Citera.” »

*

- El texto de esta nota está tomado íntegramente del libro: Las Utopías Renacentistas, esoterismo y símbolo, de Federico González (Libros del Innombrable, Zaragoza 2016), quien en su estudio utiliza para las citas del original tanto la edición de Pilar Pedraza (Acantilado) como la de Joscelyn Godwin (Thames & Hudson).




21. Navegando en la barca de Cupido llegamos a Citera

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