VENUS VIVE
(Hypnerotomachia Poliphili)


21. Navegando en la barca de Cupido llegamos a Citera

« Y luego:

“Nos dirigimos a un lugar encantado para desembarcar. Se ofrecía éste a los sentidos tan benigno y grato, tan delicioso y bello, tan adornado de árboles, que nunca ojos humanos pudieron ver nada más placentero, y la lengua más fecunda sería acusada de parca al contarlo y yo no podría comparar sin abuso este lugar con ningún otro de los que vi antes, porque era increíblemente agradable y estaba colmado de delicias, siendo a la vez huerto de hortalizas y de hierbas y frutales, ameno prado y gracioso y alegre jardín de árboles y arbustos.

 

No era lugar de montañas ni desiertos, sino que, eliminada toda aspereza, estaba allanado e igualado hasta el graderío curvo que encerraba el admirable teatro. Los árboles tenían un aroma dulcísimo y abundantes frutos y sus ramas se extendían ampliamente. Era huerto lleno de incomparables deleites, fertilísimo, cubierto de flores que lo alegraban, libre de obstáculos y de acechanzas, adornado con fuentes y frescos arroyos. El cielo luminoso, diáfano y brillante, sin las horribles penumbras de los lugares sombríos, inmune al tiempo inconstante que pudiera ofenderle con la oculta insidia de vientos insalubres, sin las molestas escarchas invernales ni el tórrido sol del verano. No le invadía la árida sequía estival ni la horrible helada, sino que siempre se mostraba más primaveral y salubre que el aire de los egipcios que viven cerca de Libia, destinado a procurar larga salud por toda la eternidad. Lugar sembrado de árboles verdes y frondosos, de verdura hermosísima, agradable y cuyas flores exhalaban un aroma increíble en el aire límpido; todo su herboso suelo estaba cubierto de rocío y de prados floridos y colmado de deleites y bienes naturales más allá de todo lo imaginable, con coloreados frutos entre el follaje, con los caminos trazados por las plantas y techados con bóvedas de rosas; todo era bienestar y concordia.”

Y Polifilo continúa con la narración de su sueño:

“Por este lugar alegre y delicioso, entre el verdísimo seto de mirto y este otro de naranjos, discurrían libremente innumerables animales de diversas especies. Aunque su naturaleza les hubiera hecho enemigos, vagaban aquí inofensivos y mansos, mostrándose mutua amistad (1). Vi primero los caprinos sátiros, con las barbas colgantes y rizadas, y faunos bicornes de ambos sexos. Luego, ciervos semisalvajes y cabras, amantes de las rocas, y tímidos gamos, manchados cervatillos, corzos saltarines, liebres de grandes orejas, tímidos conejos y blancos y amarillentos armiños y engañosas comadrejas, inquietas ardillas y somnolientas marmotas, unicornios, y toda clase de leones, sin ninguna crueldad, sino más bien juguetones, y cuelludas jirafas, y otros infinitos animales, entregados a los placeres de la naturaleza. Más allá, encontré la magnificencia de un noble y delicioso vergel de frutales como nunca podrán los humanos no sólo diseñar, sino ni siquiera imaginar. Fácil es pensar que las segundas causas dependen de las primeras y afirmo que no se encontraría ingenio tan fecundo que pudiera dar dignamente una ligera idea de las obras fantásticas de este lugar sagrado.”

Para dar posteriormente la descripción de la isla:

 

“Diré que la circunferencia de esta isla deliciosa y amenísima era de tres millas a la redonda. Tenía una milla de diámetro que, dividido en tres partes, daba un tercio que contenía 333 pasos, un pie y dos palmos y algo más. Desde el borde de la playa hasta el seto de naranjos había un sexto de diámetro, es decir, 166 pasos y diez palmos. Desde aquí comenzaban los prados, que ocupaban hacia el centro otro sexto de diámetro. Distribuido, pues, cuidadosamente un tercio entero de diámetro, queda un sexto desde aquí hasta el centro, es decir 166 pasos y diez palmos.” (2)

Y seguir narrándonos que:

“El agua estaba llena de multitud de peces de formas hermosas y variadas, con las escamas de color dorado y los ojos grises, con los que la naturaleza se mostraba propicia, pues nada les molestaba y estaban seguros y sin temor y no huían. Algunos eran tan grandes, que transportaban cómodamente a las muchachas, sirviéndoles de vehículo, y ellas rodeaban con las níveas pantorrillas y los lindos piececitos sus cuerpos escamosos y complacientes, que no olían a pescado y nadaban suavemente y oblicuamente de derecha a izquierda obedeciendo a las mozas y llevando a cualquiera que lo deseara. Ellas se sentaban de costado y los montaban a la manera femenina y, saltando con ellos como si fueran caballos, se acometían unas a otras. También se agolpaban allí los blancos cisnes, profiriendo gritos y derramando lágrimas por su amado Faetón, y nutrias y castores y otros animales acuáticos que, muy alegres bajo la sombra de la pérgola, festejaban con gran placer, sin otro pensamiento que el de apartar cualquier cosa que les causara molestia o que fuera obstáculo a su diversión y solaz. En mi ánimo surgía este deseo tácito: ‘De buena gana viviría yo eternamente en este lugar con mi divina Polia’. Extinguido y repudiado luego cualquier otro deseo, volvía al amor firmísimo y único de mi queridísima Polia. Consideraba esto excelente sin ninguna duda y deseable sobre cualquier otra cosa y por encima de cualquier placer por dulce que fuera.”

Asimismo:

“Las bandas estaban hechas de placas de mármol blanquísimo fijadas al suelo, de tres octavos de anchura, que ceñían a modo de muretes las hierbas que crecían apretadamente coloreando el dibujo: ostentación, por Júpiter, conspicua y agradabilísima a los sentidos.”

“Este lugar delicioso era refugio y morada de los pájaros más raros y hermosos que nunca fueron vistos por ojos humanos, entregados al amor, gorjeando gratísimamente, cantando entre la moderada frondosidad de las ramas cuyo verdor era vivacísimo y nunca caduco. Este bosque bendito, feliz, confortable y frondoso, estaba atravesado por aguas que corrían por canalillos y riachuelos, con murmullo adormecedor, procedentes de las fuentes puras, clarísimas y sagradas. Y aquí, bajo las frescas y densas sombras y la suave inclinación de los árboles, mientras el trino múltiple y agudo de los pájaros corría entre las hojas nuevas, innumerables ninfas y muchachos se proporcionaban unos a otros un discreto placer y, cantando acompañados con antiguos instrumentos, buscaban las sombras más espesas y los lugares apartados, fugitivos del dulce Cupido. Iban cubiertos negligentemente con sutiles vestidos de seda rizados y de tinte semiazafranado, muchos de ellos blancos como cisnes, amarillos y algunos de color violeta, y calzaban con sandalias y zapatos ninfales. Todos los habitantes de estos lugares de voluptuosidad, al sentir la llegada triunfal de su dueño el arquero Cupido, se presentaron sin demora a venerarle festivamente, excepto estas últimas ninfas. Luego volvieron a su placer propio y continua diversión.

Por último, más allá del mencionado bosquecillo, sin nada entre medio, se hallaba la última escalera de siete gradas, con el orden mencionado; en el escalón superior estaba bellamente cerrada por una columnata semejante en cuanto a estilo y materia a la que antes describí y que se hallaba tras el río. Rodeaba un espacio amplio, despejado y plano, con maravillosos emblemas de mosaico y entrelazos de figuras diversas: anillos, triángulos, cuadrados, conos, óvalos, rombos y escaleras, que se entrelazaban hermosamente, con brillo de espejo y colores variados y extraordinarios.” »

 

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El texto de esta nota está tomado íntegramente del libro: Las Utopías Renacentistas, esoterismo y símbolo, de Federico González (Libros del Innombrable, Zaragoza 2016), quien en su estudio utiliza para las citas del original tanto la edición de Pilar Pedraza (ed. Acantilado) como la de Joscelyn Godwin (Thames & Hudson).

 

NOTAS

« (1) Se dice que este era el estado de los animales en el Paraíso terrenal. »

« (2) Hay otros números en el texto; al fin de un capítulo se dice ¡Pero basta de números! »




22. Triunfo de Amor

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