| MOISES
El nombre de Moisés evoca inmediatamente
la idea del pueblo judío, al que él encarna y al mismo tiempo
genera. En efecto, habiendo nacido en Egipto, es considerado como de la
familia del Faraón, pues aparece como hijo de su hermana, y como
tal se dice es iniciado por los sumos sacerdotes en los misterios más
profundos de Isis y Osiris, donde sobresale por sus conocimientos. Desde
joven siente un llamado cada vez más claro hacia algo que aún
no se define, pero que no está relacionado ni con Egipto, ni con
la posición envidiable que ostenta, la que por otra parte cada vez
se le hace más difícil, por los celos, envidia y desconfianza
de su tío Ramsés II, y de su primo, que le sucederá
en el trono. La "casualidad" hace que Moisés, al defender a un esclavo
judío injustamente tratado, mate al agresor y tenga que huir, pues
para casos como el suyo (Moisés era ministro del culto de Osiris)
la justicia del Faraón aplica las penas máximas. Se refugia
donde otro personaje clave, Jetro, rey de Salem, gran sacerdote
e iniciado y padre espiritual de numerosos pueblos nómadas que poblaban
los desiertos y tierras entre las civilizaciones de Egipto, Caldea, Babilonia,
etc., compuestos por semitas, árabes, etíopes, etc. Estos
fueron los judíos, aquéllos que saliendo de su cautiverio
en tierras extranjeras de Egipto, se levantan un día y emprenden
una gigantesca emigración por el desierto, bajo la guía de
un jefe que los sintetiza y encarna, y bajo cuya conducción, como
intérprete directo de su dios Yahvé, han de constituirse
definitivamente como pueblo elegido, y acceder a un destino que se da en
el mismo Moisés, nombre cuya traducción es "El Salvado",
y que él imprime a su entorno, al pueblo al que se le ha dado la
misión de constituir y dirigir. Moisés es, pues, conjuntamente,
un personaje histórico y un símbolo, como todos los protagonistas
de la Historia Sagrada. Es también un ser humano, y al mismo tiempo
el receptor de las energías y los mensajes de una entidad sobrehumana,
Yahvé,
al que adora y hace adorar, cuando no es el propio dios el que actúa
directamente. Como ser humano padece por cuarenta años toda suerte
de infortunios y necesidades, las más de ellas provocadas por la
ignorancia y la bestialidad de los suyos. Como agente divino aviva y fija
el monoteísmo e implanta a fuego su ley, a la que sella con mandamientos.
Termina su peregrinaje, y en vista de la tierra prometida deja como herencia
La Biblia, de la que escribe los cinco primeros libros, síntesis
magistral que fundamenta la vida de un pueblo y de una religión,
lo que posteriormente engendrará al cristianismo e islamismo. La
energía asombrosa de Moisés, su diálogo constante
con la deidad, la fuerza de sus poderes, transferidos y compartidos con
setenta discípulos que conforman el núcleo interno de sacerdotes
y sabios, iniciados e iniciadores, a los que entrega la Cábala,
hacen posible su sucesión hasta el final de este ciclo. Se cumple
pues el Destino que Moisés iniciara y que terminará con la
gloriosa venida del Mesías, esperada también por los cristianos
e islámicos, y anunciada en todos los textos y tradiciones orales
de las culturas unánimes.
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