Coomaraswamy, Ananda K.: The Christian and Oriental or True Philosophy of Art: a lecture given at  Boston College, Newton, Massachusetts, in March 1939. (John Stevens, Newport, Rhode Island). Reseña por René Guénon. Etudes Traditionnelles, enero 1940. 
"Esta pincelada reproduce una conferencia ofrecida en la universidad católica por nuestro eminente colaborador; en ella insiste sobre la identidad de toda concepción tradicional del arte, sea éste occidental, y en particular cristiano, u oriental: se trata, de hecho, de una doctrina verdaderamente 'católica' en el sentido original de esta palabra, es decir universal. Desde este punto de vista tradicional, no hay ninguna distinción esencial entre arte y oficio; toda cosa bien hecha y perfectamente adaptada a su uso es propiamente una obra de arte; no podría ser cuestión aquí de 'juego' ni de placer 'estético', pues 'las vidas contemplativa y activa solas son consideradas como humanas, y una vida que tiene por fin el placer es subhumana'. La belleza reside en la obra de arte en sí misma, en tanto que ésta es perfecta en conformidad a su destino: es independiente de la apreciación del espectador, que puede estar o no cualificado para reconocerla; he ahí, en efecto, un asunto de conocimiento o de comprensión, no de sensibilidad como lo querrían los modernos, y ars sine scientia nihil. Una necesidad es la causa primera de la producción de una obra de arte; pero se trata a la vez, en ello, de necesidades espirituales y físicas, pues el hombre, considerado en su integralidad, no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios, es decir de las ideas y los principios que pueden ser expresados por el arte; primitivamente, no hay ninguna distinción entre lo sagrado y lo profano, todas las cosas son hechas a imitación de los prototipos divinos, y 'lo que significan es incluso más real que lo que son en sí-mismas'. La contemplación del modelo ideal debe pues necesariamente preceder la realización material de la obra de arte; es solamente así que 'el arte imita a la naturaleza en su modo de operar', es decir a Dios mismo en su modo de crear. Conformándose al modelo ideal, el artista se expresa al mismo tiempo a sí-mismo, pero sub specie aeternitatis, y no en cuanto a su individualidad contingente; de ahí, el carácter anónimo de las obras de arte en las civilizaciones tradicionales; y, desde un punto de vista complementario de éste, la representación de un individuo es antes un 'tipo' que un retrato físicamente parecido, pues 'el hombre es representado por su función antes que por su apariencia'. En cuanto a las representaciones simbólicas de la Divinidad, incluso cuando son antropomórficas, no deben de ningún modo ser tomadas por 'figuraciones'; un conocimiento adecuado de la teología y de la cosmología es necesario para comprenderlas, puesto que de ningún modo apelan al sentimiento, sino que son esencialmente 'soportes' de contemplación intelectual, y el arte, incluso el más elevado, no es en definitiva más que un medio subordinado a este fin." (Trad.: Nisà).
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