González Frías, Federico: Defensa de Montjuïc por las Donas de Barcelona. Ed. Libros del Innombrable, col. Marginalia, 2009. 198 pág. ISBN: 978-84-92759-01-9.

Esta asombrosa novela nos evoca de inmediato la majestad de la épica y del mito traídos a nuestra contemporaneidad. De hecho, estamos ante una novela donde los acontecimientos que en ella se relatan poseen todos los ingredientes de una epopeya, de una gesta heroica que tiene como protagonistas principales a un grupo de valientes y lúcidas mujeres pertenecientes a la Fraternidad Espiritualista de Cataluña, una pequeña orden hermética que se reúne en el sótano (caverna) de una antigua librería situada en el popular Paralelo, a los pies mismos del Montjüic. Ellas se sienten herederas de una Tradición que ha pervivido en Barcelona desde tiempos pretéritos ("El mismo Hércules es uno de los fundadores míticos de Barcelona, a la que culturizará con los saberes que ha rescatado de la hundida Atlántida. Y en varios mitos el héroe era ayudado y guiado por el dios Hermes", leemos en las p. 66-67), y que ha ido tomando distintos nombres según las épocas, pero cuyo cometido siempre ha consistido en la conservación y "salvaguarda de la Utopía y del mito".

La existencia del personaje misterioso de la pitonisa, o sibila, de Montjüic (que vive en una de las cuevas del monte y es superviviente de aquellas pitonisas que existían en Delfos, Cumas, Eritrea, y a la que acuden para recibir consejo y ayuda las hermanas de la Fraternidad), nos quiere dar a entender precisamente que ese vínculo que Barcelona tenía con las antiguas culturas mediterráneas aún continúa vivo, y en el mismo contexto hemos de considerar la referencia en un momento dado al rito de fertilidad y regeneración espiritual de los Lupercos romanos. Y cuando se dice que las presencias de los filósofos griegos "todavía están vivas rigiendo los destinos de Occidente", no se trata de un recurso literario ni de la concesión a un romanticismo decimonónico, sino que responde a una realidad concreta, la que descubrimos en la génesis de todos los movimientos culturales verdaderamente serios (nada que ver con las "culturetas" de distintos pelajes) que se han dado en Occidente desde sus orígenes hasta hoy mismo, y que en la novela están personificados en la Fraternidad hermética de las donas de Barcelona.

El Montjüic aparece como el símbolo de la continuidad de ese pensamiento, de esa Tradición, de ahí el carácter sacro que reviste para estas heroínas. Allí, en el interior del peñón, y protegidos por la anciana pitonisa, se esconden tesoros que los ignorantes y facinerosos creen que son físicos cuando se tratan de tesoros espirituales, invisibles a los profanos por su misma condición, y que constituyen el patrimonio que guarda la verdadera memoria del Ser. Ese monte fue antaño una isla-eje, "madre-padre" a la vez que ha dado la vida a la ciudad condal desde sus orígenes al haberle proveído de las piedras para sus viviendas y monumentos y el agua imprescindible emanada de las numerosas fuentes que brotan de su seno:

"... he aquí que desde una visión sagrada de la existencia y siguiendo las huellas que la historia y la geografía nos han ido dejando acerca de este cerro, descubrimos que Montjuïc es un espacio significativo, un pequeño Todo, una montaña-isla sagrada [...] Por lo tanto Montjüic es un cerro que se alza de las aguas proviniendo de 'otro tiempo' (símbolo vertical), donde la Tradición fijará un pueblo. Pues Hércules reconoce el monte como un lugar significativo, análogo en su esencia al espíritu de la Tradición..."

En efecto, de manera breve, pero intensa en su síntesis, las primeras páginas nos sumergen en esa historia mítica y simbólica entrelazada con una geografía igualmente significativa que aún pervive en la topografía de Barcelona, ciudad amada por las diosas de la Tierra, como Deméter-Ceres, y el dios del Cielo, Júpiter, de donde "Mons Jovis", es decir Montjüic.

Y a propósito de las fuentes y las aguas hemos de decir que ellas están presentes constantemente en la novela desde el principio y con diferentes sentidos; aguas que transportan el uranio y otro minerales, pero también aguas fecundadoras y regeneradoras, sobre todo las que se guardan en Montjüic, "una montaña por la que corren las aguas, tanto las de la lluvia (aguas superiores) como las subterráneas (aguas inferiores)", que proceden también de Collserola y hasta de los Pirineos, recorriendo así toda Cataluña hasta depositarse en su cavidad como un matriz que recibe su simiente procreadora. Son esas aguas ("líquido vital madre y padre, como nuestro monte, de todos los seres humanos") las que beben las hermanas durante sus discursos y las que bebe la pitonisa "con constancia", como si efectivamente ese agua les facilitara a todas ellas la conservación y perpetuación de la memoria de la Tradición en el interior de sus corazones; auténtica "agua medicinal" pues. Incluso hasta la rebelión popular contra los desmanes de los mafiosos que quieren destruir la esencia de Barcelona es llamada de "Las Aguas".

Una de las cualidades literarias de esta novela está en la intriga que elabora el autor para "enganchar" al lector desde el comienzo. En efecto, poco a poco vamos implicándonos y participando en la secuencia argumental del relato, lo que entre otras cosas facilita el que vayamos descubriendo la riqueza de sus muchos matices y las diversas lecturas y sentidos que contiene. Esta es la magia implícita en el lenguaje ("la lengua conforma la inteligencia", dice el autor en otra de sus obras, En el Útero del Cosmos), es decir en las palabras, las cuales no es que "no tengan un sentido racional sino que es mucho más poderoso su sentido oculto, y sin embargo actuante". No en vano estamos ante una novela que podríamos calificar de "simbólica" en toda la amplitud de este término, o sea que encierra una didáctica relacionada con la búsqueda de ese "sentido oculto", en el que tal vez encontremos también el sentido de nuestra existencia, como le ocurre al narrador-protagonista (Salvador Roca) en la tercera y última parte de la novela, cuando en la lenta recuperación de su memoria, y parafraseando a Nicolás de Cusa, advierte la posibilidad de la docta ignorancia como solución a "la pregunta primera en el teatro de la vida y la que da lugar a la filosofía, ya que todo comienza cuando el sabio se pregunta: ¿Quién soy?"

Añadiremos que esa dimensión simbólica hace que esta novela no esté muy lejos de la obra propiamente cosmogónica y metafísica de su autor, Federico González, que es una de las más importantes de nuestro tiempo en el ámbito de la Filosofía Perenne y el Esoterismo.

A nuestro entender la construcción del relato y la clave para comprender la trama que en él se desarrolla, sobre todo a lo largo de las dos primeras partes, se encuentra en lo que las hermanas de la Fraternidad denominan la "teoría de la conspiración", expresión por otro lado muy mal comprendida hoy en día, a la que se identifica únicamente con oscuras tramas político-policíacas que el cine y cierto tipo de novela ("literatura infantil para adultos") de moda hoy en día contribuyen a propagar.(*) Sin embargo, ya los filósofos platónicos utilizaban la expresión "todo conspira" para referirse a que en el universo todo está relacionado entre sí, que los seres que lo pueblan dependen unos de otros, de que sus destinos y acciones están coordinados misteriosamente por las danzas armónicas de los astros en el cielo (que se reflejan en la tierra y sus habitantes, humanos o no), y que empujados por la Fatalidad o Necesidad, es decir por la fuerza del sino que está presente en las mismas cosas manifestadas, insertadas en el devenir cíclico, conducen a la propia creación inexorablemente hacia su fin, tras el cual todo se regenera y nuevamente vuelve a rotar "bajo un nuevo cielo y una nueva tierra" como se dice en el Apocalipsis de Juan. Y así indefinidamente a merced del vaivén de la "hilandera cósmica".

A esto se están refiriendo precisamente las hermanas y distintos personajes de la novela cuando de manera muy gráfica hablan del "panludo", es decir del "juego total", del que todos participamos lo sepamos o no, o sea que la vida misma, con sus luces y sus sombras, es ese panludo, ese enorme tablero de ajedrez multidimensional que los dioses juegan "simultáneamente en tres mundos distintos y las jugadas pueden ser en número indefinido". En los momentos de fin de un ciclo (en el que estamos) ese juego consiste en acelerar precisamente ese fin. Esto explicaría la aparición de las diferentes causas que llevaron al nacimiento de la sociedad moderna, donde se han creado las condiciones que nos están llevando ineluctablemente al "desenlace" final.

Las hermanas van desgranando algunas de esas causas (el descubrimiento de América y su inverosímil conquista por un puñado de hombres, con las múltiples consecuencias que esto tuvo en la geografía y la historia del ser humano; la aparición en el siglo XX de la moda en su sentido más amplio y trascendente, que hace que hasta las mismas enfermedades sigan sus misteriosos ritmos, como es la irrupción de las alergias, o aún los males incurables como el cáncer o la manifestación de pestes, nombradas en todas las profecías, y que tal como el sida o el ébola y otras varias, han aparecido de modo simultáneo a fines del mismo siglo, etc., etc.), haciéndose también preguntas de este calado: "¿Qué fuerzas misteriosas mueven nuestros destinos? [...] ¿Y cómo entender que un solo hombre y su geometría, como es el caso de Descartes y su racionalismo, pueda haber llevado a la humanidad a tamaños engorros, para no decir abismos? ¿Cómo comprender todo esto sino por la participación de fuerzas más poderosas que nosotros que habitan un lugar impreciso llamado más allá, y que manejan la conspiración que soportamos de continuo los seres humanos? [...] ¿Qué ser o conjunto de seres maneja las riendas, o mejor, los hilos de este tablado de teatro de títeres? ¿Es todo producto de la casualidad? ¿El destino es ciego tal como se lo pinta o acaso sólo estamos jugando papeles en una representación teatral?"

Hasta el Adversario (la encarnación de todo aquello que se opone al Mundo Arquetípico y que actúa sobre todo en el fin de ciclo) tiene asignado un papel destacado en el panludo cósmico contribuyendo a llevar a término el plan trazado por los dioses, pues finalmente sus jugadas, o mejor "jugarretas", sirven precisamente para destruir aunque parezca contradictorio "la maldad intrínseca de la manifestación universal", es decir se "sacrifica" a sí mismo, pues al fin y al cabo es una pieza más del juego "inventado" por el Artista divino. Es por eso que en las épocas de final de ciclo los dioses tienen que actuar con prontitud, "efectuando tareas de 'limpieza', es decir, de destrucción en varias instancias y de distintos modos a la vez, lo que es como una conspiración potenciada que puede incluso enloquecer a quien es capaz de percibirla." Y a continuación se dice algo fundamental:

"Así se van concatenando elementos disímiles que parecen no tener relación entre ellos, pero que unidos de modo sucesivo se pueden interpretar como series lógicas que van expresando un sentido oculto que estaba escondido cuando los elementos aparentaban no tener relación entre ellos. Y esos son los mensajes que se reciben –y a la vez la forma de escapar del pandemonio–, los que terminan configurando una conspiración evidente."

Entonces, si esto es así efectivamente, la única manera de no enloquecer y de escapar de ese pandemonio es comprendiendo que todo ello está sujeto a un Orden (Cosmos), a un modelo ejemplar que tiene su origen en la Mente divina. Dicho modelo es en su instancia más alta el Mundo Arquetípico (lo que en la Cábala se llama Atsiluth), "que a través de sinuosos recorridos descendentes llega a cristalizar en hechos y factores humanos". Es por eso que el mundo inferior es un símbolo del mundo superior. Lo suprahistórico se hace substancia temporal, histórica y contemporánea.

Lo que viene a continuación es justamente la "puesta en escena", si se nos permite la expresión, de las ideas que el autor ha expresado en las primeras páginas, donde en potencia está toda la novela e incluso su desenlace final, tal como si fuera un organismo vivo, y, en efecto, la "realidad" misma le ha suministrado una parte importante del material para su obra, dando formas verbales y literarias (no exentas de fina ironía y humor inteligente como es el caso por ejemplo de la conferencia sobre metafísica del deporte dada por el "Budita" de la Peña) a lo que él ha sabido "leer" en los eventos cotidianos, muchos de ellos reflejados en la prensa (las acciones en Barcelona del terrorismo de Al Qaeda, de la mafia napolitana, las distintas formas de corrupción urbanística, etc.), relacionándolos entre sí, lo cual desde luego no podría hacerse sin tener, como el autor tiene, un "sexto" sentido capaz de ver más allá de las apariencias de esa realidad ("hecha con la misma sustancia que los sueños, según dejó escrito Shakespeare", como leemos hacia el final de la obra) y descubrir los secretos vínculos que unen los mundos invisibles a los visibles.

La defensa de Barcelona por las donas herméticas (a la que se unen una serie de amigos periodistas, ecologistas, profesores de Historia y personas de distintos oficios y condición, y finalmente la casi totalidad de los habitantes de la ciudad en esos tres días extra-ordinarios del despertar colectivo) es ante las desgracias provocadas por el mundo moderno, encarnados en diversos personajes siniestros que quieren apoderarse de las riquezas del Montjüic y destruir el alma de Barcelona, un alma que también se refleja en la cultura popular, depósito asimismo de las semillas de una memoria vertical y casi ahogada hoy en día por la mediocridad de la "clase media". O sea: "La situación trágica en que está Barcelona, como un ejemplo de lo que sucede en el mundo entero". La ciudad condal, con las mujeres de la Fraternidad a la cabeza, se convierte así en un paradigma de la defensa de la Tradición Unánime. Y esa defensa se fusiona también con la defensa del castillo de Montjüic que llevan a cabo las mujeres militares que lo custodian, pues ese castillo, que corona el monte sagrado, se convierte también en un símbolo de la protección de esa misma Tradición.

Ciertamente la novela trata de la memoria y la identidad, ya se trate de la que defienden las donas de Montjüic (la memoria y la identidad de la Tradición) o la del propio protagonista, siendo este el tema de la tercera parte, donde el relato da un giro inesperado y se centra en esa pérdida de la memoria y la identidad del ser y la posibilidad de recuperarla, tomando un cariz que evoca la idea de la anamnesis platónica, es decir del "recuerdo de si". A partir de ese momento la novela adquiere la dimensión de un verdadero relato iniciático, que desde luego ya tenía desde el principio, pero que entonces se hace claro y manifiesto. En esos momentos dramáticos que suponen la pérdida de toda referencia personal el protagonista (con el que el lector probablemente se identificará pues toda experiencia iniciática es arquetípica también) acabará por comprender que la vida que había llevado hasta un año antes del accidente no había sido sino una ilusión, y que ahora la observaba con total desapego.

Lo que había ocurrido en Barcelona, esos sucesos maravillosos de liberación colectiva y personal, ¿había sido finalmente un sueño, o había ocurrido en realidad? ¿Pero qué era sueño y qué era realidad? Además, ¿era él "el otro" que le observaba "desde el espejo de esas fotografías", o era por el contrario el que se hacía esa pregunta? ¿Y cuál era la identidad de este último? Cuestiones desde luego difíciles de resolver, aunque no imposible.

Pero llegados a este punto, nosotros nos preguntamos a su vez: ¿no habrá sido toda la novela la escenificación de una enorme partida de panludo, de ese ajedrez multidimensional, un reflejo por tanto de la partida que juegan los dioses con el destino de los ínfimos seres humanos para llevarlos a un callejón sin salida horizontal, y que empujados por esa fatalidad los más lúcidos de entre ellos despiertan al "recuerdo" de que existe otra salida "por lo alto", salida que pueden entrever a través de las señales cifradas que los mismos dioses y las musas, hijas de la Memoria, filtran por entre las escisiones de determinadas coyunturas temporales que acaecen también dentro del panludo, sin lo cual éste sería como una cárcel donde estaríamos condenados a cadena perpetua? Finalmente, es gracias a los límites que nos damos cuenta de lo ilimitado, de lo que está "más allá" de esos límites:

"Igualmente, agobiado por todo lo que estaba aconteciendo, recordé el famoso monólogo de Segismundo de La Vida es Sueño de Calderón de la Barca donde el protagonista descubre la naturaleza íntima (e ínfima) del hombre y del universo, o sea se le revela el Gran Teatro del Mundo."

Pensamos que en esa revelación está también el comienzo de la solución al problema de la identidad, y empieza a no ser tan importante quien es "el otro" y quien es ese "yo" que se hace esa pregunta, pues ambos están en el mismo plano de realidad, razón por la cual, y como decía Borges, el protagonista se pregunta "si era yo o es el otro el que escribe esta página". Con dicha revelación se llega a la conclusión de que la mente no puede con la mente, que hay cosas y "acontecimientos que cada vez sobrepasan más lo que puedo comprender con la razón", como dice también en un momento determinado otro de los protagonistas principales, el madrileño Asdrúbal Costa, dándonos así una "pista" sobre qué seria entonces aquello que la razón no puede comprender y que a cada cual le toca "descubrir" en sí mismo y por sí mismo.

Francisco Ariza           

NOTA:

(*) A este respecto, el autor hace unas interesantes reflexiones por boca del protagonista principal acerca de las obras literarias que, como los mitos, son maneras en que se manifiesta lo intelectual, asunto vedado en la novela de hoy, si exceptuamos a la buena narrativa moderna, que excluye el punto de vista lineal con predominio de lo psicológico. Todas las grandes novelas y obras literarias de todos los tiempos han cultivado de una u otra manera el género de los mitos en concordancia con todos los pueblos antiguos como parte integrante de su patrimonio cultural, y para ello pone el ejemplo del Ulises de Joyce.

 
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