Simbolismo Menstrual (*)

Todos
los ciclos de la naturaleza son análogos entre sí y constituyen
el movimiento gracias al cual la vida está en permanente regeneración.
El periodo menstrual femenino, corresponde a esa fase cíclica donde
la vida inicia su proceso de purificación. El óvulo que no
ha sido fecundado, y que por tanto está negado a la vida, es expulsado
de la matriz, creándose así la posibilidad de una nueva fecundación.
Es éste, pues, un periodo cargado de una energía verdaderamente
misteriosa, ya que en él la muerte y la vida se hallan entrelazadas,
conformando ambas dos fases de una misma realidad.
Para todos los pueblos tradicionales de la antigüedad,
este es un hecho que de ninguna manera podía pasar inadvertido;
conocedores de las leyes cosmogónicas, sabían leer en ellas
todas sus formas escriturales, de las que extraían sus enseñanzas
y sus modos de comportamiento, en definitiva su cultura. Es, pues, del
todo natural que estos pueblos incluyeran en los ritos iniciáticos
femeninos el ciclo menstrual. A través de Julius Evola, en su Metafísica
del sexo, hemos podido averiguar que entre algunos pueblos arcaicos
durante esos días se consideraba a la mujer portadora de una energía
poderosa y disolvente que debía ser bien encauzada, de modo que
no pudiera ser negativa para la joven, sobre todo al tratarse de su primer
menstruo. Con ese fin ésta era introducida en un habitáculo,
símbolo de la caverna iniciática, unánime a todas
las tradiciones, quedando aislada del resto de la comunidad hasta finalizar
su periodo de purificación. Y Mircea Eliade, comentando este rito,
extraído seguramente de los mismos pueblos, señala que en
este aislamiento la mujer no podía recibir la luz del sol, relacionado
sin duda con la idea de que el espíritu creador nunca puede ser
atraído por la materia caótica en este caso representada
por el periodo menstrual, antes es necesaria una purificación obtenida
de una reflexión íntima simbolizada por esa separación,
una concentración de energías receptivas en el propio corazón
capaz de engendrar el Esperma de Vida. Esta misma idea se corresponde con
el "menstruo filosófico" de los alquimistas, por cuanto que éste
también se refiere a esa misma materia caótica.
Por otro lado, este aislamiento no era vivido únicamente
por la mujer, sino por toda la comunidad, que al ver desaparecer a la esposa,
la hermana, la hija, participaba de ese rito de purificación, que
por ser tal es un acto vivido conscientemente, es decir conforme al Orden.
Esos días de ocultamiento femenino coinciden, además, con
los tres días de novilunio, en los que la luna desaparece para volver
regenerada en su siguiente fase. En las estaciones anuales existe la misma
correspondencia, teniendo que ver esta desaparición o muerte aparente
de la luna con el periodo invernal, durante el cual la naturaleza se repliega
sobre sí misma para renacer llegado el tiempo de la primavera.
Realmente para la mujer tradicional que vivía esta
experiencia iniciática el conocimiento de los ciclos y su ritualización
representaba un medio de integrarlos a su propio proceso mental. La misma
palabra mens (de donde "menstruo" y también "mes") equivale
a mente en latín, lo que nos aproxima a entender mejor esta relación.
El ciclo menstrual representa, por ser análogo, al flujo corrupto
de todas las adherencias psicológicas de las que hay de despojarse
antes de volver a nacer a la auténtica realidad de uno mismo, que
es una con el orden universal. La mujer moderna tan fuera de su realidad
como está, considera este un periodo incómodo, por lo que
su único afán consiste en hacer que esos días parezcan
iguales a los demás, resignándose o aliviando las molestias
propias del ciclo, sin extraer de ello su enseñanza simbólica,
es decir que toda disolución, todo desprendimiento produce un sufrimiento,
sin el cual no es posible la regeneración o nacimiento a otro orden
de realidad.
En el simbolismo de la alquimia esta relación analógica
tiene que ver con la disolución a que deben someterse los metales
en el athanor durante su transmutación. Será el fuego
sutil del espíritu el que evapore todas sus impurezas dando paso
al nacimiento del metal más puro, el oro. Esto es, que durante el
tiempo que dura esta disolución los metales mueren a su estado inferior
para renacer a otro superior ya contenido en él. Por consiguiente,
de lo que verdaderamente se trata es de crear un orden mental que despierte
en el ser humano su potencial dormido para que tome conciencia de su verdadera
identidad. Todas las tradiciones simbolizan este cambio de estado con una
muerte y un renacimiento: lo que debe morir en uno es la ignorancia, para
nacer así a la Verdad del Conocimiento.
Con la primera menstruación muere el periodo de
la infancia, dando paso a la madurez que es también el ciclo de
la generación humana. Esto es, nuevamente disolución y nacimiento.
Es ésta una separación tan drástica que de no ser
enmarcada u ordenada por el rito podría llegar a repercutir negativamente
en el proceso psicológico de la joven, provocándole una disociación
mental, ya que lejos de constituir un hecho exclusivamente físico,
éste tiene su repercusión directa sobre la psiqué.
Ese descubrimiento inicial de la primera menstruación ubica a la
joven en una nueva realidad. Toda la película de su pasado es recordada
en ese instante en que muere con esa señal. Verdaderamente se borra
la historia personal y se renace expectante al misterio de la vida. Es
este un estado de perplejidad y de ignorancia, lo que propicia una entrega
sin condiciones a las leyes cosmogónicas que despiertan en su cuerpo,
uniéndose a ellas y participando de la belleza de su armonía
y equilibrio. Es sin duda un hecho que la mujer vive como algo asombroso,
ya que lo que verdaderamente nace en ella es su virginidad activa, es decir
su capacidad de engendrar y conciliar en su seno la oposición de
los contrarios. Esa pérdida de la inocencia infantil es simultánea
al nacimiento de Venus, un símbolo de pasaje sacralizado en los
ritos de pubertad, y perfectamente asociado con el periodo en que da nacimiento
la primavera. La eflorescencia de la rosa alimentada de las impurezas que
conoció su raíz muestra su transmutada belleza, quedando
el código de su proceso regenerativo escrito por siempre en sus
pétalos.
Este rito, puramente femenino, está relacionado
con la vía que marca la propia naturaleza, que no entraña
por ella misma dificultades, es decir que en uno mismo, sin ir más
lejos, están cifradas todas las coordenadas del cosmos. El ordenamiento
interior que se establece a través de las analogías y correspondencias
entre los diferentes planos de comprensión del símbolo constituye
la base del trabajo operativo de búsqueda e integración.
Es evidente entonces que la mujer tenga vías distintas por las que
hacer su conexión con la realidad a la que alude el símbolo,
aunque éstas no supongan más que una fase o etapa en su recorrido
iniciático, un punto de partida o una estrategia en la que apoyarse
y conducir su voluntad e inteligencia hacia la aprehensión y comprehensión
de la idea metafísica que trasciende toda diferencia de géneros
y formas.
Por otro lado, este rito de pasaje, con el que puede asociarse
el periodo menstrual, tiene que ver con la prueba de la "Cámara
de Reflexión", donde da comienzo la iniciación masónica.
Introducido en dicha Cámara, el neófito (que significa "nuevo
nacido") se despoja de todos sus metales, los cuales simbolizan el mundo
profano y todo aquello que le liga a él. Entonces, lo que realmente
muere dentro de la "Caverna iniciática" es una forma de ver el mundo
que no corresponde a su verdadera realidad, preparándose y regenerándose
para recibir la luz que otorga el Conocimiento. Muriendo a la ilusión
del mundo se renace a su Verdad.
Al considerar simbólicamente el periodo menstrual,
una vez más comprobamos que la naturaleza y sus ciclos no están
en modo alguno separados del punto de vista sagrado, sino que por el contrario
estos ciclos lo expresan en todos sus matices, por lo que al ritualizarlos
no estamos haciendo otra cosa que sacralizar la propia naturaleza.
Mª
Angeles Díaz |