La Historia y la Geografía Sagradas en la Obra de René Guénon (*)
Francisco Ariza ︎⤤
no
hay obra de René Guénon en que, de una u otra manera, no
se hayan expuesto determinadas ideas relativas a la simbólica de
la historia y la geografía, consideradas ambas, en tanto que simbólicas,
como dos ciencias eminentemente sagradas directamente vinculadas con el
conocimiento de la Cosmogonía, y por tanto del Orden universal.
En efecto, tanto la historia como la geografía forman parte muy
importante de la enseñanza tradicional, de su didáctica,
pues se refieren a la comprensión de la verdadera naturaleza del
tiempo y del espacio, a su carácter esencialmente cualitativo, ya
que ni la historia es la simple consignación de datos y hechos acontecidos
en el transcurso del devenir temporal, ni la geografía es sólo
el estudio del relieve topográfico que presenta el espacio terrestre
y la relación que éste tiene con la organización de
la sociedad humana. Estos son únicamente los aspectos más
exteriores y superficiales (a los que se dedican casi exclusivamente los
historiadores y geógrafos modernos), puntos de vista nacidos de
una literalidad que desconoce otras lecturas menos constrictivas y por
ello más universales.1
Para Guénon la historia "es el desarrollo de los
acontecimientos ocurridos en el transcurso del ciclo humano", acontecimientos
que están ligados a la propia existencia de las culturas y civilizaciones
tradicionales, a lo que ellas fueron y representaron en los diferentes
períodos cíclicos por los que la humanidad ha ido atravesando
desde sus orígenes. La historia del hombre es la historia tradicional,
y esa historia es ante todo sagrada, porque su propia existencia el ser
humano siempre la ha visto sacralizada, es decir, en una relación
constante y permanente con los dioses y las energías divinas, en
suma con lo supra-humano, y en consecuencia con lo supra-histórico.
En una concepción del mundo en la que todo está sacralizado
y lo profano no existe, los acontecimientos que ocurren en el tiempo, en
la historia, han de verse necesariamente como la expresión simbólica
de las realidades superiores y metafísicas. "La misma verdad histórica
sólo es sólida cuando deriva del Principio", nos dice el
sabio taoísta Chuang-Tzu. Esta frase, que Guénon recoge en
el prólogo de uno de sus libros más importantes, El Simbolismo
de la Cruz, encierra un profundo sentido, pues viene a decir, en definitiva,
que lo que confiere validez y realidad a la historia es precisamente aquello
que la trasciende y que constituye su razón misma de ser: el Espíritu,
que es el Ser universal o Principio de la manifestación, y del que
depende, por tanto, no sólo la historia, sino la propia existencia
del mundo, del hombre y de todas las cosas.
A la historia se le pueden aplicar los principios generales
de las correspondencias y las analogías, que constituyen el fundamento
de la ciencia simbólica, y en virtud de las cuales los diversos
órdenes de realidad "se encadenan y corresponden para concurrir
a la armonía universal y total [lo que conforma el orden cósmico],
que es, dentro de la multiplicidad de las manifestaciones, como un reflejo
de la misma unidad principial". Los hechos históricos también
se conforman a la ley de correspondencia... y, por la misma razón,
traducen a su modo las realidades superiores, de las que en cierta medida
sólo son su expresión humana; y añadiremos que esto
es lo que les confiere todo su interés desde nuestro punto de vista,
totalmente diferente ni qué decir tiene, de aquel en el que se sitúan
los historiadores 'profanos'. Este carácter simbólico, común
a todos los hechos históricos, debe ser particularmente claro para
los que responden a lo que se puede llamar más propiamente 'historia
sagrada' ". Y Guénon menciona la muerte de Cristo en la cruz como
supeditación de los hechos históricos, de lo que acontece
en el tiempo, a su valor simbólico: "si Cristo murió en la
cruz, podemos decir que fue en razón del valor simbólico
que la cruz posee en sí misma y que siempre le ha sido reconocido
por todas las tradiciones; es por ello mismo que, sin disminuir en absoluto
su significado histórico, podemos observarla como derivada de este
mismo valor simbólico".
Cuando ese valor simbólico se pierde, es decir,
cuando la historia aparece como una mera descripción de los aconteceres
humanos sin conexión vertical alguna con sus arquetipos y verdades
eternas, entonces el hombre se encierra en sí mismo y empobrece
su capacidad de comprender la realidad que está más allá
de sus propios límites, progrediendo de esta manera en una horizontalidad
indefinida e insignificante, en el sentido de que no encuentra en ella
ningún significado válido y profundo que le de las respuestas
a sus preguntas esenciales. Si queremos comprender entonces lo que ha sido
la verdadera historia de la humanidad deberemos interpretarla en clave
simbólica, y entonces veremos, como dice Guénon, que los
hechos históricos responden, en su horizontalidad, a una realidad
esencialmente vertical y supra-histórica.
La doctrina de los ciclos cósmicos
En este sentido hay un estudio muy importante de Guénon
al que debemos aludir necesariamente para entender ciertas claves que pudieran
permitirnos tener un conocimiento más en profundidad no sólo
de la historia sagrada, sino de la propia geografía considerada
como un espacio igualmente simbólico y significativo. Se trata de
"Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos",
que constituye el capítulo I de Formas Tradicionales y Ciclos
Cósmicos. Dichas observaciones Guénon las extrae sobre
todo de la tradición hindú, que es la que ha conservado más
íntegramente la doctrina de los ciclos, si bien se encuentra también
incluida en las enseñanzas del esoterismo islámico, de la
Cábala, de las antiguas culturas Mesoamericanas, y en realidad de
todas las tradiciones. Lo primero que aborda Guénon en dicho artículo
es el significado de la palabra ciclo, que "representa el proceso de desarrollo
de un estado cualquiera de manifestación", ya se trate de la manifestación
del estado del mundo, de un ser o de una humanidad entera. "Por otra parte,
continúa Guénon, en virtud de la ley de correspondencia que
enlaza todas las cosas en la Existencia universal, hay, siempre y necesariamente,
una cierta analogía, bien entre los diferentes ciclos del mismo
orden, bien entre los ciclos principales y sus divisiones secundarias".
Es importante retener siempre esta idea en todo cuanto se refiere a la
cuestión de los ciclos (cósmicos, naturales y humanos), pues
son precisamente las analogías y correspondencias entre todos ellos,
y sus múltiples subdivisiones, las que estructuran y ordenan el
desarrollo y acontecer de la Vida universal.
Uno de esos ciclos principales, podemos decir que el principal
de todos ellos, es llamado Kalpa, que representa el desarrollo total
del mundo, incluidos el desarrollo completo de todos los ciclos contenidos
dentro de él, como por ejemplo el ciclo entero de una humanidad,
es decir de un Manvantara. Y es dentro de este ciclo donde tiene
lugar el desarrollo de la humanidad en permanente correspondencia con los
ciclos cósmicos, pues como afirma también Guénon "la
idea de considerar la historia humana como aislada en cierto modo de todo
lo demás es exclusivamente moderna y claramente opuesta a lo que
enseñan todas las tradiciones, que por el contrario, afirman unánimemente
una correlación necesaria y constante entre los órdenes cósmico
y humano". A su vez el Manvantara contiene dentro de sí cuatro
ciclos menores, llamados Yugas, que son períodos o épocas
en que se divide el ciclo entero de la humanidad. Esta división
cuaternaria del Manvantara responde a una ley universal, pues la
propia manifestación está signada por este número,
y todo ciclo más restringido lo repite igualmente, correspondiéndose
mutuamente unos con otros: las cuatro estaciones del año, las cuatro
horas en que se divide el ciclo diario, las cuatro edades de la vida humana,
las cuatro fases de la luna, los cuatro estados de la materia, etc. El
cuaternario cíclico y temporal se proyecta también en el
espacio con los cuatro puntos cardinales terrestres y las cuatro "regiones"
geográficas a los que éstos dan lugar, las cuales son un
reflejo en el espacio terrestre de las cuatro regiones celestes, determinadas
por las cuatro posiciones que la constelación de la Osa Mayor realiza
diariamente en torno a la Estrella Polar. Ahora bien, nos dice Guénon
que la duración de los cuatro Yugas no es la misma para todos
ellos, por lo que si la duración total del Manvantara se
representa con el 10 (que es la suma del número de la circunferencia,
9, más su centro, 1), la del primer Yuga, el Satya Yuga o Krita Yuga, le corresponderá 4, la del segundo, el Trêtâ
Yuga 3, la del tercero, el Dwâpara Yuga 2, y la del cuarto,
el Kali Yuga 1. La proporción es entonces la siguiente 10=4+3+2+1,
que es la de la Tetraktys pitagórica, pero en sentido inverso:
1+2+3+4=10 .2
Por otro lado, la forma geométrica que mejor expresa
esta idea es la del círculo y la cruz inscrita en su interior, que
es el símbolo primordial por excelencia, pues encierra en sí,
en el conjunto de las correspondencias y analogías a que da lugar,
una imagen completa de la cosmogonía, es decir de las relaciones
existentes entre la Unidad y su manifestación, representada ésta
última por la cruz cuaternaria y la circunferencia, mientras que
la Unidad está simbolizada por el punto central.3
Los cuatro Yugas tienen su equivalencia en las
cuatro edades de la humanidad descritas en la tradición grecorromana,
sobre todo a través de Hesíodo, Ovidio y Virgilio: la Edad
de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce y por último la Edad
de Hierro. Pero, como antes hemos dicho, la duración de esos cuatro
períodos no es la misma en cada uno de ellos, sino que va decreciendo
de Edad en Edad, decrecimiento que, entre otras cosas, va acompañado
de un acortamiento de la vida humana, y de una degradación lenta
pero inexorable que va afectando a todos los órdenes de la existencia,
tanto moral y social, como intelectual o espiritual, lo cual, añade
Guénon "se opone directamente a la idea de 'progreso' como la conciben
los modernos" Y esto es así porque todo ciclo de manifestación
supone un alejamiento gradual del Principio, es decir del Ser que la ha
generado, lo cual se ve como un descenso o una "caída"en el sentido
bíblico del término.
Esa "caída" (que es una caída en el tiempo
como antes hemos dicho) viene inmediatamente precedida en el Génesis
bíblico por la "tentación" de la serpiente enroscada en torno
al "Arbol del Mundo" o Eje universal, y es sabido que la serpiente es en
todas las tradiciones un símbolo de la manifestación cíclica
(al menos éste es uno de sus diversos sentidos simbólicos),
manifestación que en este caso se refiere al desarrollo temporal
de las posibilidades contenidas en el estado humano, y por consiguiente
en el mundo al que este estado pertenece.4 Y recalcamos lo de temporal para referirnos al aspecto horizontal que toma
ese desarrollo en el tiempo, pues en el estado paradisíaco o primordial
dicho desarrollo era esencialmente vertical, en el sentido de que en el
hombre se manifestaban de manera espontánea y sin requerir esfuerzo
alguno sus estados supra-individuales y metafísicos. Por eso es
que, desde el punto de vista iniciático, el proceso espiritual va
a "contracorriente" del devenir temporal, o sea, de la marcha descendente
del ciclo humano, lo cual supone emprender hacia "atrás" un viaje
interior por las distintas etapas recorridas por dicho ciclo, que se verá
entonces como "ascendente", como un regreso efectivo a su Centro original,
del que sólo se desprendió ilusoriamente. Esto quiere decir
que, tomado ese "viaje" desde nuestra época actual, la Edad de Hierro,
se ha de ir hacia el estado que representa simbólicamente la Edad
de Bronce, y de ésta al de la Edad de Plata, para alcanzar finalmente
la Edad de Oro, y a partir de ella, que es el verdadero estado humano,
emprender el viaje vertical, en este caso no en torno al Eje del Mundo
sino formando parte de ese Eje mismo, hacia los estados metafísicos
y supra-cósmicos.5
Sin embargo, Guénon advierte (y esto es importante)
que esas duraciones "en modo alguno hay que considerarlas como si constituyeran
una 'cronología' en el sentido corriente de la palabra, queremos
decir como si expresaran números de años que debieran tomarse
al pie de la letra". En El Esoterismo de Dante, señala que
los números de años (referidos a los ciclos cósmicos
y a su reflejo en los yugas o edades de la humanidad) tienen tan
sólo un valor puramente simbólico, y antes que duraciones
expresan más bien proporciones, es decir relaciones y analogías
armónicas, y por lo tanto ligadas a lo que los pitagóricos
entendían por la "música de las esferas" (idéntica
a la Harmonia Mundi del hermetismo medieval y renacentista), de
la que la Tetraktys constituye sin duda un modelo simbólico.
Por otro lado, el tiempo, tanto cósmico como humano, conserva una
cualidad que no siempre es la misma, pues también él sufre
una decadencia, haciéndose cada vez más cuantitativo hasta
acabar "solidificándose", lo que afecta necesariamente a la concepción
que el hombre tiene del mundo y de sí mismo.6 Por consiguiente, el "tiempo" vivido por los hombres, no ya sólo
durante la edad de Oro, sino en la de Plata, o de Bronce (e incluso la
de los períodos no tan avanzados de la Edad de Hierro, que en Occidente
llegan hasta la Edad Media), no es naturalmente el mismo que vivimos en
la actualidad, donde el tiempo, por su aceleración misma, ha acabado
por perder toda su cualidad intrínseca (o al menos ésta ha
sido reducida al mínimo), que es, esencialmente, la de ser, como
dice Platón en el Timeo, "una imagen móvil de la Eternidad".7
En este sentido se dice que en la "Edad de Oro" o Satya-Yuga,8 que quiere decir la "Edad de la Verdad", los hombres que vivían
en ella no sufrían el devenir temporal y su inevitable degradación,
pues estaban sumidos en la contemplación de las verdades atemporales
y eternas, habitando una Tierra que era la imagen misma del Cielo, o mejor
aún, que estaba unida a él, conformando una Unidad de cuyo
perfecto equilibrio y armonía participaban todas las cosas. Sólo
cuando ese equilibrio se rompe el hombre "cae" en el tiempo y su transcurrir
perenne, es decir que penetra en la esfera temporal, lo que en cierta manera
supone un olvido del estado paradisíaco, y de su vinculación
directa con la Unidad de su Principio divino. En su libro Las Cuatro
Edades de la Humanidad, Gastón Georgel (autor muy influido por
la doctrina de los ciclos cósmicos expuesta por Guénon) habla
de ese descenso o caída cíclica que implica la pérdida
de ese estado que todos los hombres poseían y con ella de la "Edad
de la Verdad" y su ciclo de existencia. Cita estos pasajes del "Político
o de la Realeza" de Platón: "Escucha. En determinadas ocasiones,
es la misma divinidad la que guía la marcha y está al frente
de la rotación de este universo en que habitamos nosotros; en otros
momentos lo deja ir, cuando los períodos de tiempo que le están
asignados han llegado a su término, y el universo vuelve entonces
a comenzar por sí mismo, en sentido inverso, su ruta circular, en
virtud de la vida que lo anima y la inteligencia con que lo dotó,
desde su origen, el que lo compuso". Y más adelante: "Pero, como
decía hace poco, la única solución que nos queda es
la de que unas veces sea conducido por una acción extraña
y divina y, recibiendo una vida nueva, se le dé de parte de su autor
una inmortalidad restaurada, y que otras veces, abandonado a sí
mismo, se mueva con su propio movimiento y, en el mismo momento en que
lo deja el impulso procedente de otro, recorre un circuito retrógrado
durante miles y miles de períodos..."
A la vista de estos datos tradicionales, ¿cómo
se pueden evaluar la duración del Manvantara en términos
de cómputo cronológico, si como dice Platón, y con
él la voz unánime de la Tradición, existió
un tiempo primordial en que los hombres eran verdaderamente inmortales,
en que los mismos dioses habitaban la Tierra y la regían? El tiempo,
considerado en su sucesión y su devenir, aparece con lo que se ha
dado en llamar el "gran cambio", producido tras el paso de la Edad de Oro
a la de Plata, que es del que en realidad habla Platón cuando dice
que en un momento dado el universo es abandonado a su propio movimiento,
comenzando así el desarrollo propiamente cíclico, en el sentido
de un alejamiento cada vez más pronunciado del Principio. Este "gran
cambio" se reflejó asimismo en la inclinación del eje polar
de la Tierra, lo que trajo como consecuencia la "sucesión" de las
estaciones, y por consiguiente la medición del tiempo, sucesión
que desde luego no existía durante la Edad de Oro, pues entonces
ese eje era análogo y perpendicular al eje del Cielo.9
Sin embargo, Guénon señala que si se quisieran
pasar a años normales la duración del Manvantara habría
que tomar como base el número 4320, que es un número cíclico
(su suma da 9), y como todos los números cíclicos está
relacionado con la división geométrica del círculo,
pues 4320= 360 x 12. Desde luego no es nuestra intención entrar
aquí en la explicación de algo que Guénon describe
con precisión en el estudio sobre la doctrina de los ciclos cósmicos.
Remitimos a dicho estudio a quien quiera investigar en el tema.10 Tan sólo decir que los ciclos cósmicos, y por tanto el Manvantara,
vienen determinados por el período astronómico llamado de
la precesión de los equinoccios, y más exactamente de su
mitad (12.960 años), medida de tiempo que era considerada el "gran
año" o "año cósmico" entre los caldeos y los griegos,
y seguramente entre otras muchas civilizaciones desde la más remota
Antigüedad.11
El período de la precesión de los equinoccios
viene motivado por un tercer movimiento muy lento que realiza la Tierra
en sentido retrógrado a los normales de rotación y traslación,
y en razón del cual el Sol en su recorrido aparente por la eclíptica
o banda zodiacal llega retrasado unos pocos minutos y segundos cada año
al punto vernal o equinoccio de primavera, tardando exactamente 2160 años
en recorrer a la inversa un signo zodiacal completo. Y es interesante advertir
que las eras zodiacales y la influencia que éstas proyectan sobre
el medio cósmico y terrestre determinan la impronta o sello de una
civilización, su "tendencia" general, así como su nacimiento,
auge y decadencia. Es esta una prueba más de las relaciones de correspondencia
y armonía que ligan entre sí el orden cósmico y el
humano, y que constituyen el fundamento mismo de la doctrina de los ciclos,
como ya se ha dicho, así como el de una cosmografía que encuentra
su reflejo en una geografía simbólica perfectamente conocida
por nuestros antepasados tradicionales.
La Geografía Sagrada
Desde este punto de vista la historia aparece entonces
como un inmenso mandala tridimensional que nos permite contemplar un orden
significativo, un tejido perfectamente tramado que constituye en sí
mismo un reflejo en el tiempo de las realidades arquetípicas y extratemporales,
las que también hacen posible el orden universal. Y naturalmente
en ese mandala se incluye también una geografía igualmente
simbólica, pues como dice Guénon, los lugares simbolizan
esencialmente estados del ser, y así comprendemos, por ejemplo,
lo que significan verdaderamente los centros espirituales de cualquier
tradición, los cuales señalan determinados puntos del espacio
geográfico consagrados por la manifestación de un poder divino,
que comunica su energía espiritual y convierte a ese espacio en
algo significativo, en armonía (es decir en conjunción) con
una grafía o mapa celeste que en su movimiento regular y perenne
revela el Alma universal y la Inteligencia que la hace posible.12
Ese espacio se convierte así en el Centro del Mundo,
o si se quiere en una imagen de él, pues a partir de cierto momento
éste se ha vuelto invisible por la propia marcha descendente del
ciclo, ocultándose en el interior de la caverna del corazón.
Centro del Mundo que es también el centro del tiempo, pues en él
lo sucesivo, lo histórico, lo que deviene por un impulso recibido
en el Origen, pasa a ser un símbolo vivo de ese mismo Origen, siendo
por tanto portador de la Memoria arquetípica, no del olvido, dándonos
la posibilidad de reconocer nuestra identidad en lo universal, donde nuestro
Ser verdadero se revela. Ese Centro o Corazón del Mundo ha recibido
diversos nombres en distintos períodos: Tula, Paradesha (de donde
provienen Pardés y Paraíso), Aztlan, Luz, Agartha, y siempre
ha designado a la "Comarca suprema",13 si bien por imperativos de orden cíclico dicha "Comarca" haya pasado
a ser "subterránea", entendiéndose esto en un sentido puramente
simbólico, pues también se dice que ella no puede alcanzarse
"ni por tierra ni por mar", indicando así la idea de una realidad
simultánea y central que está verdaderamente "fuera" de los
límites horizontales del tiempo y del espacio. Pensamos que a ello
se refiere la expresión evangélica: "No viene el Reino de
Dios ostensiblemente. Ni podrá decirse: Helo allí, helo aquí,
porque el Reino de Dios está dentro de vosotros". Es por eso que
también se la describe como la "Ciudad Divina" (Brahma-Pura en sánscrito), o la Jerusalén Celeste, o el "Santo Palacio
interior" de la Cábala, o el "Templo del Santo Espíritu"
de los Rosa-cruces, o la "Ciudad de los sauces" del Taoísmo, representadas
todas ellas por los centros espirituales de las diferentes tradiciones,
que eran por eso mismo una imagen de la verdadera "Tierra Sagrada", o "Tierra
Santa", o "Tierra de los Vivos" o "Tierra de los Bienaventurados", o "Tierra
de Inmortalidad".14
En esa Tierra arquetípica, o Comarca suprema, reside
aquel que en la tradición hindú se denomina el Manú,
el cual rige el ciclo del Manvantara desde su comienzo hasta su
fin, y que por tal motivo también ha recibido el nombre de "Rey
del Mundo", al que no habría que confundir, advierte Guénon,
con un personaje legendario o histórico.15 Se trata más bien de un Principio divino, y más exactamente
de la Inteligencia cósmica o Legislador universal "que refleja la
Luz espiritual pura, y formula la Ley (Dharma) apropiada a las condiciones
de nuestro mundo o de nuestro ciclo de existencia (en este caso de un Manvantara);
y es, al mismo tiempo, el arquetipo del hombre, considerado especialmente
en tanto que ser pensante".16 Se trata del Chakravartî o Monarca Universal, aquel que instalado
en el centro de la rueda cósmica la hace girar en su movimiento
perenne sin participar él mismo de ese movimiento, identificándose
así con el "motor inmóvil" o Unidad primordial. Esa Inteligencia
"que refleja la Voluntad divina y expresa el Orden universal" es, nos dice
Guénon, el Sanâtana Dharma, o Sofía Perenne,
o Doctrina metafísica, que permanece inalterable en su inmutabilidad
principial a lo largo de todos los ciclos cósmicos y humanos. Y
es precisamente al Sanâtana Dharma al que Guénon se
refiere cuando habla de la Tradición primordial, "que subsiste inalterable
y sin cambios a través de todo el Manvantara y posee así
la perpetuidad cíclica, porque su primordialidad misma la sustrae
a las vicisitudes de las épocas (o ciclos) sucesivos, y que sólo
así puede, en todo rigor, ser tomada como verdadera y plenamente
integral".17 Por otra parte, como consecuencia de la marcha descendente del ciclo y
del oscurecimiento espiritual que de ello resulta, la Tradición
primordial se ha vuelto oculta e inaccesible para la humanidad ordinaria;
ella es la fuente primera y el fondo común de todas las formas tradicionales
particulares, de la que proceden por adaptación a las condiciones
especiales de tal pueblo o de tal época".18
Esas formas tradicionales se han aglutinado siempre alrededor
de su centro espiritual respectivo, donde ha quedado conservada la Doctrina
y el Conocimiento, al estar dichos centros en comunicación permanente
con el Centro supremo o Tradición primordial. Conservación
que también ha hecho posible la transmisión de ese Conocimiento
a lo largo del tiempo (histórico) y del espacio (geográfico),
estando depositado éste en la autoridad espiritual de la correspondiente
forma tradicional, dentro de la cual la función de dicha autoridad
era (y sigue siendo allí donde ésta todavía existe)
como un reflejo de la función misma desempeñada por el Manú o el Rey del Mundo con respecto al conjunto del Manvantara.19 Tal fue el caso de los astrólogos-sacerdotes caldeos entre los antiguos
babilonios, de los druidas entre los pueblos celtas,20 de la casta sacerdotal entre los egipcios,21 de los patriarcas y profetas entre los hebreos,22 de los brahmanes entre los hindúes, de los toltecas23 entre las civilizaciones de la América Central precolombina, etc.
En Occidente la vinculación con el Centro supremo,
nos dice Guénon, estuvo vigente hasta la irrupción de la
era moderna, es decir hasta la fase más oscura de la "Edad Oscura",
precisamente cuando dejaron de existir las organizaciones iniciáticas
y esotéricas que, como es el caso de la Orden del Temple y de la
Orden Rosa-Cruz,24 conservaban todavía la suficiente autoridad espiritual para mantener
lo más íntegramente posible lo esencial del saber pretérito
e inmemorial. Es ese saber, ciertamente, el que ha fecundado, al iluminarlas
con un orden arquetípico, la vida y la cultura de las civilizaciones
tradicionales, que son las que han escrito la verdadera historia del hombre,
que entonces se nos aparece totalmente preñada de significados,
como un inmenso símbolo que se revela a sí mismo.
Y debemos agradecer precisamente a René Guénon,
quien se hizo llamar "el servidor del Unico", el habernos ofrecido a los
hombres de hoy en día la oportunidad de ver esa historia como una
enseñanza viva (no como letra muerta y fosilizada), que toma como
vehículo al tiempo y sus ciclos para la transmisión del Conocimiento
o Gnosis perenne. Conocimiento que según Guénon "está
más bien oculto que verdaderamente perdido, pues no está
perdido para todos y algunos lo poseen todavía íntegramente;
y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de volverlo a
encontrar, con tal que lo busquen como conviene, es decir que su intención
esté dirigida de tal modo que, por las vibraciones armónicas
que despierta según la ley de las 'acciones y reacciones' concordantes,
pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el Centro
supremo".25 Estamos convencidos que la obra de Guénon contribuye a despertar
esa intención interior en aquellos que realmente buscan el Conocimiento,
pues ella contiene en sí misma una influencia espiritual o intelectual
que facilita no sólo ese despertar, sino que ofrece los elementos
doctrinales necesarios para que una vez iniciado el camino éste
conduzca finalmente al Centro del Mundo. |