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S. Michelspacher, Cábala, Augsburgo 1654
La Tradición Viva: Nicolás de Cusa (*)
Francisco Ariza ︎⤤
Entre
los hombres de Conocimiento que han contribuido en el mantenimiento y transmisión
de la Tradición Unánime, destaca sin duda alguna el cardenal
Nicolás de Cusa (1401-1484). él aparece, en los albores del
Renacimiento, como uno de los herederos del neoplatonismo cristiano, corriente
tradicional que partiendo de la síntesis elaborada por los primeros
padres de la Iglesia (Orígenes, Clemente de Alejandría, Máximo
el Confesor, y especialmente Dionisio Areopagita, muy influenciado por
los neoplatónicos y pitagóricos Filón, Plotino, Porfirio,
Jámblico, Calcidio, y sobre todo Proclo) surca, vivificándola,
toda la Edad Media, en donde dicha corriente se nutre del pensamiento hermético
traído a Europa por los árabes, conformando así la
identidad del esoterismo y la gnosis occidental hasta nuestros días.
Nombres como Scot Erígena, Michel Psellos y los filósofos
de la escuela de Chartres y de Oxford, así como Tauler, Suso y el
gran Maestro Eckhardt son, en la Edad Media y entre tantos otros, los verdaderos
representantes de esa gnosis por medio de la cual se vehicula la Philosophia
Perennis, que es la que en realidad recibe Nicolás de Cusa,
y que él contribuye a mantener viva gracias a la influencia que
su obra ejerce sobre Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola, y a
través de éstos en los cabalistas cristianos del Renacimiento.
De hecho él viajó frecuentemente a Italia, por aquel entonces
el centro de irradiación más importante del pensamiento tradicional.
Precisamente, es en una ciudad italiana, Todi, situada en la región
de la Umbría, donde Nicolás de Cusa pasa sus últimos
días, descansando sus restos en Roma, si bien su corazón,
y siguiendo expresos deseos suyos, fue enviado a su ciudad natal, Cües
(latinizado Cusa), en Alemania, en donde todavía se conserva su
biblioteca, considerada una de las más importantes de su tiempo
por el saber en ella acumulado. Junto a las traducciones y comentarios
sobre Platón, Plotino, Proclo, Dionisio Areopagita, y todos los
neoplatónicos en general, en su biblioteca se encuentran también
las obras de San Alberto Magno, el Maestro Eckhardt, Ramón Llull,
así como numerosos tratados sobre astrología y la ciencia
hermética. En este sentido, se sabe que sus estudios sobre astronomía
influyeron en la teoría heliocéntrica desarrollada posteriormente
por Copérnico.
La esencia de su doctrina reposa en la idea de la "docta
ignorancia" (que es el título de su libro más conocido) la
que se presentó con la fuerza de una revelación durante el
transcurso de uno de sus viajes, siendo el fruto de años de búsquedas,
estudios e intuiciones acerca del insondable misterio de la Unidad, que
para Cusa es el verdadero principio que "concilia los opuestos" (la coincidentia
oppositorum), en donde las contradicciones inherentes a las cosas creadas
se "resuelven" en lo que por su naturaleza de orden puramente metafísico,
está más allá de cualquier determinación o
existencia polarizada y dual. Hombre de su tiempo, Cusa intenta llevar
la idea de la "coincidencia de los opuestos" a todos los niveles de la
vida, incluido el político, pues según entiende él
(en conformidad con todos los maestros herméticos del Renacimiento)
el gobierno de las cosas públicas ha de ser también expresión
de la "concordia y la armonía universal", y debe tender permanentemente
a ella. Esto le valió algunos disgustos (e incluso fue encarcelado
un tiempo) al tropezar con la actitud incomprensiva de ciertos gobernantes
que despreciaban esa visión del mundo verdaderamente católica
(en el sentido de universal) de lo que debe ser el Estado ideal regido
por los mismos principios y leyes que ordenan el cosmos y la harmonia mundi. La misma idea de concordia quiso llevarla al terreno religioso,
y sus intentos por reunir de nuevo la Iglesia de Oriente y Occidente (fue
enviado a Constantinopla para hacer gestiones en ese sentido) estaban inspirados
en su lema religio una in rituum diversitate. Asimismo, y según
señala Edgard Wind en su obra Los Misterios Paganos del Renacimiento,
Cusa inventó toda una serie de imágenes y juegos mágicos
(que él llamó serio tudere y que se encuentran descritos
en sus libros De ludo globi y De visione Dei) con los cuales
pretendía ejercitar la meditación en la "coincidencia de
los opuestos". Así, nos dice Wind que "Cusa observaba que si en
el retrato de un rostro los ojos están fijos para el espectador,
éstos le seguirán a través de una habitación
sin moverse. Si hay varios espectadores en la habitación, cada uno
sentirá los ojos fijos en él. Y sin embargo, pese a que los
ojos del cuadro parecen verlo todo y cada cosa, es evidente que no se mueven".
En esta imagen (fácil de comprobar) los contrarios representados
por lo inmóvil y lo móvil están perfectamente reunidos,
y es más, también nos hacen concebir la idea de lo inmóvil
como símbolo del centro desde el que todas las cosas se "ven" simultáneamente.
Como vemos, toda la obra, el pensamiento y la vida de
Nicolás de Cusa giran alrededor de esa coincidentia oppositorum,
de esa búsqueda de lo que estando por encima de toda dualidad (que
se da sólo en el orden de lo manifestado), puede por ello mismo
unificarla, devolviéndola así a la simplicidad no compuesta
de su origen y principio trascendente.(1) En tanto que seres manifestados y sometidos a esa dualidad, la Verdad (que
se identifica con la Unidad absoluta) no se encuentra en nosotros mismos,
pues como dice Cusa: "Sé que todo lo que sé no es Dios y
que todo lo que concibo no es semejante a él, sino que él
lo supera con mucho". De aquí surge la idea del Dios escondido,
que es el título de otra de las obras de Cusa, y al que pertenece
la cita anterior. Es el Dios oculto" o "desconocido", la "Unidad más
allá del Ser", de la que ya hablaban Plotino y Proclo, y que constituye
el fundamento de la "Teología Negativa" de Dionisio Areopagita,
según la cual el hombre sólo puede dirigirse a la Divinidad
Suprema en términos puramente negativos, indicando así que
no es nada de lo que podamos concebir, nada que pueda ser signado con un
nombre (que es siempre una determinación y, por consiguiente, una
limitación), estando incluso por encima de los principios ontológicos,
que se refieren al Ser o Unidad creadora, la primera determinación
del "Dios oculto" e innombrable.(2) Este se oculta en la "Tinieblas divinas más que luminosas" de que
habla el Areopagita, y que Cusa describe como lo inefable e inexpresable,
pero que sin embargo es el Principio indeterminado e infinito a partir
del cual surge todo lo que puede ser nombrado, expresado y determinado:
"Porque el mismo theos no es el nombre de Dios, que está
por encima de todo concepto. Pues lo que no puede ser concebido es inefable
o inexpresable". También señala Cusa que "Dios está
por encima de la nada y el algo, pues no es raíz de contradicción,
sino que es la misma simplicidad. Que no es-nombrado ni no-es-nombrado,
ni tampoco es nombrado y no-nombrado sino que todas las cosas que pueden
decirse disyuntivamente y copulativamente por medio del consenso o la contradicción
no se le pueden atribuir a él a causa de la excelencia de su infinitud.
Haciendo un inciso queremos señalar la semejanza que aquí
encontramos con la concepción metafísica de la no-dualidad
expresada por la Vedanta hindú y el sufismo islámico, sobre
todo en Ibn Arabi, en cuyo Tratado de la Unidad podemos encontrar
pasajes prácticamente idénticos al que hemos citado. Lo mismo
debemos decir en lo que respecta al Maestro Eckhardt, que tanto influyó
en Cusa. Esto se debe a que la doctrina tradicional es una sola en todo
tiempo y lugar, sin importar la forma específica que ésta
adopte para manifestarse.
Estas sucesivas negaciones de las negaciones de la infinita
Sabiduría de Dios, conducen finalmente a la "docta ignorancia",
que nace de la certeza que el hombre tiene de sus propios límites,
más allá de los cuales él sabe que nada puede saber(3) que sea distinto de la Unidad, que se conoce a Sí misma por Sí
misma. Por tanto, ese no saber es ya un grado de conocimiento, ya que no
se trata de la simple ignorancia que supone no saber una cosa cualquiera,
sino más bien de un estado de contemplación en el que ya
no hay preguntas ni respuestas, pues el "yo" que se las formula ha sido
reabsorbido o fusionado en la Unidad del Sí Mismo. Esto se da naturalmente
a diferentes niveles en el proceso del Conocimiento, pero cuando dicho
estado es permanente él equivale en cierto modo, a aquello que en
todas las tradiciones se denomina como la "infancia espiritual", o retorno
al "estado primordial" que viene a ser lo mismo, estado verdaderamente
"central en el que todas la distinciones inherentes a los puntos de vista
exteriores son superadas y en el que todas las oposiciones han desaparecido
y se resuelven en un perfecto equilibrio",(4) el cual no es otro que la "coincidencia de los opuestos". Quizás
convenga recordar lo que a este respecto también nos dice el Maestro
Eckhardt en uno de sus Sermones: "Escuchad bien la explicación
que voy a daros. Si yo fuera sólo razón, hasta el punto de
que todas la imágenes que la humanidad haya recibido alguna vez,
y que están en Dios mismo, estuvieran completamente espiritualizadas
en mí, y que yo fuera totalmente independiente de ellas para no
considerar ninguna en mí mismo como mi bien propio en los actos,
ni en las omisiones, ni en el pasado, ni en el futuro, sino que estuviera
en el instante presente libre y disponible para el amor de Dios y para
hacer constantemente su voluntad, verdaderamente sería 'virgen'
y tan poco entorpecido por ninguna imagen como lo estaba cuando no era
aún".
Por ello, los que "creen" que saben están limitados
por ese propio saber (por muy "erudito" que ese saber sea, o quizás
por ello mismo), y en realidad no serían sino, invirtiendo los términos,
"ignorantes doctos", aquellos que Nicolás de Cusa denomina "soberbios,
presuntuosos, que son sabios para sí mismos, que vivieron confiados
en su ingenio, que en un ascenso soberbio se creían semejantes al
Altísimo. todos éstos, digo, se equivocaron, estos tales
se cerraron ellos mismos el camino hacia la Sabiduría, cuando no
creían que existiera otra más que aquella que median con
su intelecto, y fracasaron en sus vanidades, y abrazaron el madero de la
ciencia y no aprehendieron el madero de la vida.(5) El fin, pues, de los filósofos que no honraron a Dios no fue otro
que perecer en sus vanidades".
Pero hasta alcanzar (valga la expresión) esa "docta
ignorancia", el hombre ha de recorrer un largo camino de purificación,
lo que es igual a un ascenso por la escala del Conocimiento, "para que
la meditación, nos dice Cusa, de cada uno de nosotros reciba una
incitación y con el ascenso intelectual, de forma sensible, de luz
en luz, se transforme el hombre interior, hasta que llegado a un claro
reconocimiento mediante la luz de la gloria, entre en el gozo de su Señor".
En De la búsqueda de Dios, Cusa nos ofrece una indicación
del camino que se ha de seguir en ese proceso de ascenso y gradual reabsorción
en la Unidad inmanifestada, estableciendo una relación entre el
nombre Theos (Dios) y theons, que significa "veo" y "corro":
"Así pues, el que busca debe correr por medio de la vista, de forma
que todas las cosas puedan tocar al theon vidente. La visión
lleva, pues, consigo la semejanza del camino por el cual debe avanzar el
que busca. En consecuencia, es necesario que dilatemos la naturaleza de
la visión sensible ante el ojo de la visión intelectual y
fabriquemos a partir de ella la escalera de ascenso". Está claro
que "el ojo de la visión intelectual" se refiere a la inteligencia
que reside en lo más oculto de la "caverna del corazón" (el
"ojo del corazón que todo lo ve"), expresión tradicional
que indica de dónde procede la verdadera intuición intelectual,
que siendo de orden suprarracional y supraindividual, permite aprehender
de forma directa y no mediatizada (sin reflejos ni imágenes) las
realidades invisibles y metafísicas. La visión sensible ejemplifica
la visión inteligible, interior, pues entre una y otra existe una
correspondencia simbólica que Nicolás de Cusa utiliza frecuentemente,
distinguiendo tres clases de visión, que él hace corresponder
con los tres niveles o planos del ser humano: la "región sensible"
(el cuerpo), la "región racional" (el alma o psiqué) y la
"región intelectual virtuosa" (el espíritu), las cuales,
y en razón de la analogía constitutiva entre el microcosmos
y el macrocosmos, se corresponden con los tres mundos o niveles cósmicos:
la Tierra, el Mundo Intermediario y el Cielo. Por encima de esas tres regiones
se encuentra el Ser Supremo que da el sentido y confiere todas las propiedades
y virtudes a cada una de ellas, la más alta de las cuales es la
"visión intelectual", -que en su universalidad y poder de síntesis
está fuera de la condición temporal, y por tanto sucesiva,
contemplando todas las cosas en la unidad de un presente eterno, es decir
en Dios. Así, nos dice Cusa que "de la misma manera que la vista
no discierne, sino que lo hace en ella el espíritu discretivo, así
nuestro intelecto, iluminado por la luz divina en su principio en la medida
de su aptitud en orden a dejarla entrar, no entenderemos o viviremos una
vida intelectual por nosotros mismos, sino que en nosotros vivirá
Dios su vida infinita. Y ésta es aquella felicidad eterna, en la
que, en una estrictísima unidad, de tal manera vive en nosotros
la vida intelectual eterna exaltando todo concepto de las criaturas vivientes
en una dicha inexpresable, como vimos vive en nuestros más perfectos
sentidos la razón discretiva, y en la esclarecidísima razón
el intelecto".
Todo el orden de lo creado (la cosmogonía) emana
de la luz suprainteligible que mora en las "Tinieblas divinas", y, en cuanto
que se manifiesta, esa luz (gracias a la cual nace la visión intelectual,
racional y sensible) se concibe como un "rayo luminoso", verdadero Eje
del Mundo que comunica el Principio con su manifestación y la manifestación
con su Principio. A través de ese "rayo luminoso" (llamado Buddhi -el intelecto Superior- en la tradición hindú, y que es idéntico
al Verbo o Logos espermático), el "Dios oculto" e inexpresable se
revela y expresa a su creación, estando al mismo tiempo ausente
de ella en su trascendencia. Esta ausencia y simultánea presencia
de Dios en la manifestación, Nicolás de Cusa la explica con
una antigua sentencia hermética: "Dios es un círculo cuyo
centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna". De
ahí que se trate "de la permanente paradoja de una ausencia siempre
presente, de una inmanencia trascendente. Cualquier punto de la circunferencia,
al transformarse en centro, todo lo abarca. Y cualquier punto de este círculo,
o sistema, lleva en forma inherente, constitutiva, esa misma posibilidad.
La unión de contrarios ha dado lugar a la simultaneidad de lo que
ya no se diferencia. Todo está en todo, y todo en uno".(6)
"Es, pues, ya evidente para nosotros, nos dice finalmente
Nicolás de Cusa, que somos atraídos hacia el Dios desconocido
por un movimiento de su gracia, ya que él no puede ser aprehendido
de otra manera que mostrándose él a sí mismo. Y quiere
ser buscado. Quiere asimismo dar luz a los que le buscan, esa luz sin la
cual no pueden buscarle. Quiere ser buscado, y quiere también ser
aprehendido, porque quiere abrirse y manifestarse a sí mismo a los
que le buscan". |