Simbolismo de la Iniciación Masónica (*)
Francisco Ariza
En
lo fundamental, la estructura iniciática de la Masonería
en nada difiere de la de cualquier otra organización esotérica
y tradicional. Su división en tres grados -aprendiz, compañero
y maestro- conforma un esquema perteneciente a toda vía iniciática
regular, constituyendo una síntesis del proceso mismo del Conocimiento
y su realización efectiva.1 Igualmente, este ternario iniciático es análogo a los tres
planos o niveles de la manifestación cósmica: el Corpus
Mundi, el Anima Mundi y el Spiritus Mundi, según
la terminología del hermetismo cristiano medieval. El Cuerpo, el
Alma y el Espíritu universal se corresponden así con los
grados de aprendiz, compañero y maestro, respectivamente. De ahí
que la realización iniciática reproduzca etapa por etapa
el proceso mismo de formación del cosmos o del orden universal,
motivo por el cual, y en razón de la analogía existente entre
el macrocosmos y el microcosmos, dicho ternario es también el de
la constitución del ser humano considerado en toda su integridad.
Utilizando el simbolismo geométrico, los tres mundos (y los tres
grados iniciáticos) se representan como otros tantos círculos
concéntricos, en donde, naturalmente, el más periférico
y exterior se correspondería con el plano corpóreo, el intermedio
con el anímico o psicológico, y el más interior con
el espiritual.2 El punto que tácita o explícitamente está representado
en el centro de este último círculo simbolizaría al
Ser o Unidad primordial, que en lenguaje masónico no es otro que
el Gran Arquitecto del Universo (idéntico al "motor inmóvil"
aristotélico), que aunque en sí mismo no manifestado –como
el punto, que en realidad no existe en el espacio– es no obstante el
principio a partir de cuya emanación o expansión se genera
toda la manifestación, que depende enteramente de él en todo
lo que ella tiene de realidad.
En este sentido la transmisión de la influencia
espiritual recibida por la iniciación masónica es análoga
a la acción del Fiat Lux emanado del Verbo divino "en el
Principio", dando lugar al orden cósmico. Y así como ese
orden fue "sacado del caos" por la acción de la Palabra luminosa
y espermática, el hombre es rescatado del mundo profano, o de las
"tinieblas exteriores",3 por la irradiación clarificadora que se genera en su conciencia
gracias al poder creador de la influencia espiritual o "iluminación"
iniciática, lo que acontece en el corazón, es decir en el
centro mismo de su ser. De esta manera, y semejante a esa cosmogénesis,
se produce una antropogénesis espiritual, lo que equivale a la generación
o nacimiento del hombre nuevo. Esa Palabra luminosa, Logos o Sonido primigenio
que insufla la vida y el ser a la materia amorfa es también un "ritmo"
cuya cadencia vibracional la articula y ordena. Y este ritmo creativo es
el gesto o rito cósmico por excelencia, prototipo de todos los ritos
iniciáticos, lo cual explicaría por qué éstos
son imprescindibles para vehicular la influencia espiritual, que en el
fondo lo que persigue es transmitir al ser la energía de la Inteligencia
y del Conocimiento por mediación del código simbólico
y su ritualización, despertándole a sus posibilidades superiores
de acuerdo a lo que fue hecho "en el Principio", e insertándole
por consiguiente en el tiempo mítico y verdadero.
Siendo la Masonería una tradición procedente
de las antiguas organizaciones y gremios iniciáticos de constructores
"libres" (los franc-masones y compañeros medievales), ésta
concibe a la Unidad como un Arquitecto u Ordenador Supremo, y al cosmos
como su obra más perfecta y elocuente, lo que hace posible que el
hombre pueda tomar a esta última como un símbolo vivo que
le permite re-conocer (porque los contiene en sí mismo) los
principios o arquetipos que determinan todo lo creado, tanto en el Cielo
como en la Tierra. Esos principios y leyes universales, y el orden visible
e invisible, tangible y sutil que de ellos emana, se expresan mediante
las proporciones, medidas, ritmos y estructuras de los números y
las figuras geométricas, fundamento de todas las artes y ciencias
cosmogónicas, y sobre todo de la arquitectura sagrada, síntesis
de todas ellas. Si la Masonería (como la Alquimia) es llamada el
"Arte Real", éste no consiste en otra cosa que en la actualización,4 en el plano del hombre y de la vida, de todas las posibilidades de manifestación
concebidas y contenidas eternamente en la Mente y la Sabiduría del
Creador, que "todo lo dispuso en número, peso y medida",5 lo que nos da la idea de la existencia de un modelo prototípico
reiterado en cualquier gesto creativo, ya se trate ese gesto de la creación
de un mundo, de un ser o de una obra de arte, siendo ésta última
la que el hombre finalmente pueda hacer consigo mismo en su interior. Es
por eso que el aprendizaje, conocimiento y encarnación de ese modelo,
que el cosmos entero simboliza, hacen del masón un obrero de la
construcción universal, en la que él colabora conscientemente,
pudiendo leer así en el "Libro del Mundo" o "Libro de la Vida".
Acceder a esa cosmovisión, a ese orden armónico, conduce
a la contemplación de la Belleza, que es un nombre divino y por
consiguiente una poderosa energía de transmutación y regeneración.6
Esto nos lleva a considerar que, además del Verbo
que insufla la vida a la materia amorfa, o substancia nutricia original,
también existe la acción de un "gesto" divino en la creación
del mundo. Y ese gesto misterioso7 es el que establece precisamente la analogía antes mencionada entre
el proceso cósmico y el iniciático. En efecto, la transmisión
de la influencia espiritual en la Masonería es vehiculada por la
ritualización de determinadas palabras y gestos sagrados, dividiéndose
estos últimos en "signos" y en "toques".8 En este sentido, debemos recordar que esas palabras y gestos rituales no
son sino la propia energía del símbolo puesta en acción,
lo que hace posible que la idea que el propio símbolo transmite
se revele con toda su fuerza y fecunde al ser que la recibe, haciéndolo
pasar, como antes hemos dicho, de la "potencia al acto" o de las "tinieblas
a la luz". El código simbólico no es algo que pueda aprehenderse
desde el exterior, como si uno mismo no estuviera incluido ni formara parte
de la idea que éste transmite. El hombre comienza a tener conciencia
de su ser en el mundo cuando comprende que él mismo es un símbolo,
es decir que debe verse como en un espejo donde se refleja el Ser –y
la vida– universal. En realidad todo rito es un símbolo, o idea,
en movimiento, y todo símbolo, a su vez, no es sino la fijación
de un gesto ritual cumplido conforme al orden, esto es, conforme al modelo
de lo que fue hecho "en el Principio". El rito es la "vivencia" de la idea
simbólica porque de hecho el propio rito no es sino esa misma idea
articulada en el espacio y el tiempo, es decir en la totalidad de nuestra
existencia, que así adquiere pleno sentido al integrarse en la cadencia
de la armonía y del ritmo universal, siempre idéntica a sí
misma por constituir la expresión de la Unidad indiferenciada, alfa
y omega de todo lo creado. A este respecto, es bastante significativo que
la palabra gesto tenga también el sentido de "gestación",
y por tanto de "generación", que en el contexto iniciático
y simbólico se vincula al renacimiento espiritual, de un "volver
a nacer" por y en el Conocimiento.9
Cada uno de los grados masónicos de aprendiz, compañero
y maestro, posee sus propias palabras y gestos rituales, los cuales, aun
recibiéndose por etapas, están no obstante perfectamente
coordinados, conformando finalmente una sola palabra y un único
gesto inseparables e indistintos, análogos a los que fueron emitidos
en el origen, que de esta manera se actualiza y se hace presente. De todo
esto se desprende que la culminación en una vía como la que
propone la iniciación masónica no es otra que la total identificación
con el acto creador (generador) del Gran Arquitecto, identificación
que sólo se hace efectiva con la llegada a la maestría, o
lo que es lo mismo cuando la individualidad humana se universalice al quedar
absorbida, por la atracción nacida del amor al Conocimiento, en
la unidad de su Principio divino, de la que sólo se separó
ilusoriamente.10Lo
que decimos guarda estrecha relación con lo que en la Masonería
se denomina la "búsqueda de la Palabra perdida", que es el verdadero
Nombre del Gran Arquitecto, y que el hombre ha de recomponer "reuniendo
lo disperso" de su ser, pues al fin y al cabo ese Nombre es el cosmos entero
considerado en su esencia inmutable e imperecedera.
La Tradición nos enseña que el despertar
a la realidad del Conocimiento es simultáneo a la apertura de los
diversos centros sutiles (o chakras, según la tradición
hindú) localizados simbólicamente a lo largo de la co lumna
vertebral. Cada centro es receptor de una determinada energía cósmica
vivenciada en el hombre como un estado de conciencia, y ello en virtud
de la ley de correspondencia y analogía entre el macrocosmos y el
micro cosmos, correspondencia y analogía que constituyen el fundamento
mismo de la ciencia simbólica, pues gracias a ellas podemos reconocer
lo universal en lo individual, y lo individual en lo universal, comprendiendo
que ambos no son sino una sola y misma realidad, tal cual nos dice la Tabla
de Esmeralda hermética: "lo de abajo es como lo de arriba, y lo
de arriba como lo de abajo, para obrar el milagro de una cosa única".
Asimismo, el que dichos centros estén jerárquicamente dispuestos
a lo largo de la columna vertebral (una imagen del Eje del Mundo), nos
indica la idea de ascenso gradual y escalonado: desde aquel que está
situado en la base misma de la columna-eje, y vinculado a las energías
telúricas y terrestres, hasta el que se ubica en la sumidad de la
bóveda craneana, por donde se produce el pasaje a los estados superiores,
supra-cósmicos y metafísicos. Si el hombre, al igual
que el universo o el cosmos, es un atanor alquímico, el desarrollo
espiritual se va cumpliendo en la medida misma en que se produce la cocción,
destilación, purificación y transmutación de las energías
inferiores en las superiores.

Cuadro de la Logia de Aprendices
Le Parfait Maçon, 1744
El número de estos centros, e incluso el orden de
su disposición, varía en las diferentes tradiciones. En el
caso de la Masonería dichos centros se ubican en puntos concretos
señalados por signos gestuales realizados mediante una determinada
posición de las manos, signos que son llamados de "reconocimiento"
y de "penalización", y cuya posición es distinta en cada
uno de los tres grados. En el primer grado el signo se realiza a la altura
de la garganta, en el segundo en la del corazón y en el tercero
a la altura del ombligo –o entre las dos caderas–, y finalmente
en la sumidad de la cabeza. A esto hay que añadir la vocalización
de las palabras de paso y las palabras sagradas propias de cada grado,
y que en sí mismas revelan un sentido simbólico directamente
relacionado con la búsqueda de la "Palabra perdida", es decir con
las etapas vividas durante el proceso de la realización interior.
Naturalmente, no podemos desarrollar aquí todo lo que sugiere esta
rica simbólica, y tan sólo indicaremos que tanto los signos,
como los toques y palabras simbólicas en la Masonería son
semejantes a los mu dras (gestos manuales) y los mantrams (pronunciación de nombres, palabras y sílabas sagradas) pertenecientes
a las vías de realización hindú y budista, lo que
prueba la perfecta concordancia existente entre las diversas formas iniciáticas
en lo que respecta a la constitución o arquitectura interna del
ser humano, ejemplo claro de la universalidad y coherencia de la doctrina
tradicional allí donde ésta se manifieste.
En el discurso de la existencia la iniciación impone
un centro, un eje alrededor del cual todo comenzará a ordenarse
y a tener sentido, a ser significativo. Dicho centro está siempre
presente en el corazón del hombre, y es, como el altar en el Templo,
el punto de comunicación cielo-tierra; o para decirlo en términos
taoístas, donde se ejerce "la atracción de la Voluntad del
Cielo" en la individualidad humana. Establecer contacto con el radio que
lleva a ese centro supone, en primer lugar provocar una ruptura de nivel
o escisión en el tiempo ordinario, y recuperar la memoria del tiempo
mágico, sagrado y mítico donde todo es verdadero y siempre
es aquí y ahora, y nada se somete a la sucesión causa efecto
que es la ley kármica del mundo sublunar o samsara. Y si bien es
muy difícil escapar totalmente a esa ley, en tanto que seres todavía
sumidos a las condiciones y limitaciones de la existencia individual, sí
se puede, en cambio, conciliar las acciones y reacciones que ellas provocan
en la psiqué (a la que conforman), pues en el laberinto que urden
en torno nuestro se halla ese espacio vacío y virginal donde el
jardín del alma florece y la regeneración es posible. Así,
pues, solo a partir de esa primera ruptura puede decirse con toda propiedad
que se inicia el camino del Conocimiento, lo cual conlleva un intenso trabajo
con uno mismo.

Cuadro de los Compañeros
Le Parfait Maçon, 1744
Las mutaciones de la Piedra simbólica
En la Masonería ese trabajo consiste en desbastar
y perfeccionar la "piedra bruta", que es el símbolo del aprendiz,
mientras que la piedra "cúbica" pertenece al compañero, y
la "piedra cúbica en punta" al maestro. Esta sucesiva mutación
de la piedra simbólica, análoga a la transmutación
alquímica, indica tres momentos claves del trabajo masónico.
Ya se habló de la piedra bruta como un símbolo de la firmeza
e inmutabilidad del Espíritu. Sin embargo, y como los símbolos
se prestan muchas veces a un doble sentido, en la masonería –que
no olvidemos procede de una tradición de constructores–, y sin
perder totalmente esa significación, la piedra bruta deviene más
bien un símbolo del caos pre-cósmico, y en cierto modo
puede verse como una imagen del mundo profano, de donde el aprendiz procede
y al que tiene que superar en su intento de ir de las "tinieblas a la luz".
En este contexto simbólico, las asperezas y aristas de la piedra
bruta representan las deformaciones del alma humana sometida a las influencias
egóticas e ilusiones mentales de todo tipo, las cuales suponen un
obstáculo en la evolución espiritual. Se impone, pues, una
ascesis purificadora que, al mismo tiempo que lime las asperezas de la
piedra bruta de la conciencia, de lugar a un desarrollo ordenado de las
posibilidades superiores en ella incluidas, y en tanto que no se manifiesten
permanecen en estado embrionario y latente. En la iniciación masónica
los primeros trabajos del aprendiz se llevan a cabo con el mazo y el cincel,
herramientas que respectivamente simbolizan la fuerza de la voluntad y
la facultad de la inteligencia, la cual distingue, separa y determina lo
que en el ser es permanente y coesencial a su naturaleza (aquello que ese
ser "es" en sí mismo), de lo que constituye sus añadidos
superfluos y exteriores. En lenguaje masónico esta acción
clarificadora recibe el nombre de "despojamiento de los metales", que en
el fondo es idéntica a lo que en Alquimia se denomina "separar lo
espeso de lo sutil", es decir lo profano de lo sagrado. Entendida de esta
manera, la voluntad es ese fuego sutil que generado por la acción
iluminadora de la influencia espiritual, promueve en el hombre el amor
o la pasión por el Conocimiento, siendo en este sentido que los
términos querer, creer, y crear son exactamente lo mismo. Empero,
y a fin de que no se disperse, esa fuerza interior ha de estar bien dirigida
por una recta intención, o rigor intelectual, que la encauce y concentre
en vista a la comprensión teórica y efectiva de los principios
universales, los cuales, volvemos a repetir, se revelan mediante las leyes,
ritmos y ciclos que regulan el orden armónico de la Creación.
Sólo así, conjugando en un acto único, que deviene
ritual y permanente porque se ha "incorporado" a la naturaleza del ser,
la fuerza del amor y el rigor de la inteligencia, la "materia caótica"
irá siendo pacientemente tallada, hasta que el aprendiz, intuyendo
la Belleza o "forma" ideal oculta en esa materia deforme,11 se "eleve" a un grado superior de su jerarquía interna, es decir,
a compañero.
En esta nueva etapa de su viaje al iniciado a los misterios
del Sí mismo le son necesarios otros símbolos –herramientas
para proseguir con la obra de la regeneración. De esta manera, y
para que la piedra bruta se acabe de pulir, es imprescindible la ayuda
de la escuadra, la cual le va señalando –enmarcando– el
perfecto tallado y cubicaje. La escuadra, al ser también un símbolo
de la rectitud interior, está asociada a la idea de axialidad, pues
su forma resulta de la unión por su vértice de un eje vertical
y otro horizontal. Es precisamente la toma de conciencia de estas dos coordenadas
geométricas (que expresan principios universales), como la piedra
bruta, se convertirá, o mejor se "transmutará" en piedra
cúbica. Además, hecho evidente, la piedra cúbica es
la más apta para la construcción, es decir, la que hace posible
"levantar" la obra a partir de sus cimientos. Mas ese levantamiento se
efectuará con la intervención de otras dos herramientas,
por lo demás complementarias: el nivel y la plomada. Con la primera,
el compañero se asegurará que la base no tenga desnivel,
o dicho de otra manera, que la purificación con el mazo y el cincel
se hayan llevado a cabo de manera efectiva, asegurando así la firmeza
y estabilidad de la obra interior. Es ésta una simbólica
que expresa la acción conjunta de las cuatro virtudes cardinales,
las cuales, efectivamente, "nivelan" y equilibran los impulsos de las pasiones
inherentes a la naturaleza humana: "Preparad el camino del Señor,
enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y
colina rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán
caminos llanos" (Lucas, III, 4-5). En este sentido, las virtudes cardinales
corresponden, arquitectónicamente, a las cuatro piedras de fundación
situadas en las cuatro esquinas o ángulos del templo, sosteniéndolo
en su elevación vertical.
A su vez, con la plomada se comprobará la perpendicularidad
de la edificación, según señala un eje invisible,
pero no por ello menos real, que cohesiona y mantiene en equilibrio la
estructura de nuestro universo y de todas las cosas en él contenidas,
incluido naturalmente el hombre. La verticalidad de la plomada, suspendida
simbólicamente de la mano del Gran Arquitecto, "cae a peso" en dirección
al centro de la tierra, señalando la profundidad del Conocimiento
que penetra hasta lo más recóndito del alma humana, "iluminando"
los aspectos más oscuros de ésta, pues allí, en esas
profundidades se halla el "fuego secreto" del Espíritu, artífice
verdadero de toda la obra de transmutación. Ciertamente, no es otro
el significado de las siglas alquímicas V.I.T.R.I.O.L. grabadas
en la "Cámara de Reflexión", simbólicamente situada
"debajo" mismo de la Logia: "Visita el Interior de la Tierra (de tí
mismo) y Rectificando encontrarás la Piedra Oculta", que es la verdadera
"medicina" de la que hablan los maestros alquimistas.
Esa rectificación es simultánea a la reintegración
de lo individual en lo universal, lo cual conlleva una total reconversión
psicológica que propicia el nuevo nacimiento. Aquello que estaba
disperso se ha re-unido y "cristalizado" en una forma, una estructura
que refleja (al haberse "con-formado" a la armonía del orden
cósmico) su modelo prototípico e imperecedero. El compañero,
al comprender y vivir los misterios de la cosmogonía, que son los
de él mismo, volvemos a repetir, hace de su oficio (cualquiera que
éste sea) un ministerio, y de su vida un arte, ejecutando y transmitiendo
libremente las órdenes recibidas del Gran Geómetra, que es
como se designa en este grado al Gran Arquitecto o Principio de la Construcción
Universal. Asimismo, ese renacimiento, ese volver a nacer de nuevo en y
por el Conocimiento, está simbolizado por la estrella pentagramática
o "Estrella flamígera". Las cinco puntas de esta estrella indican
que el hombre ha accedido a su "quintaesencia", lo que quiere decir que
ha realizado y desarrollado todas las posibilidades comprendidas en el
estado humano. De otro lado, la quintaesencia es el centro de la cruz de
los cuatro elementos, y por consiguiente el punto de conciliación
y superación de las energías contrarias que esos elementos
representan en el plano de la materia y de la psiqué. Es evidente
que en el simbolismo constructivo la quintaesencia está figurada
por la "piedra fundamental", situada en el centro mismo del cuadrado señalado
por las cuatro piedras de las esquinas, llamadas corner stones, literalmente
"piedras de esquina o de ángulo", y que son como un reflejo cuatripartito
de la piedra fundamental del centro, equivalente al ara o altar del templo.
En medio de la Estrella flamígera figura la letra "G", curiosamente
la inicial de Geometría y de Dios en inglés (G od),
letra de la que Guénon dice que sustituyó al Iod hebraico,
que es el símbolo de la Gran Unidad. Así pues, en el centro
del estado humano, en su corazón, lo que en realidad habita es el
Principio divino, que teniendo como soporte en nuestro mundo a la individualidad
humana regenerada, irradia su luz a todas las cosas.12

Cuadro de la Logia de Maestros
Le Parfait Maçon, 1744
Lo que hace inteligible al cosmos, lo que le da todo su
sentido y realidad, es precisamente lo que está "más allá"
de él, lo inmanifestado, "...pues es el vacío del centro
lo que hace útil a la rueda" ( Tao-te-King, XI). En ese centro
alrededor del cual se efectúan todas las revoluciones de la rueda
del mundo, se sitúa simbólicamente la "Cámara del
Medio" del maestro masón. En dicha Cámara tienen lugar los
misterios de la "segunda muerte" y el "tercer nacimiento", ejemplificados
por la muerte ritual del maestro Hiram, su posterior enterramiento, su
búsqueda, y finalmente su "resurrección", simbolizada por
la rama de acacia. Habiendo realizado el viaje horizontal que le ha conducido
al altar o corazón del santuario, el ser pasa del cuadrado al círculo,
o de la escuadra al compás. Se produce así el pasaje de la
Tierra al Cielo, o lo que es lo mismo, una "exaltación" por el eje
vertical hasta la clave de bóveda situada en el centro de la cúpula
(o cabeza) del templo–cosmos–hombre. A la piedra cúbica
(símbolo del cosmos), se le añade una pirámide en
su parte superior, pasando a llamarse a partir de entonces la "piedra cúbica
en punta", que simboliza el acabamiento y perfección de la obra,
su "coronamiento" vertical y celeste.13 Esta idea de coronamiento referida a la piedra cúbica en punta,
encaja perfectamente con la simbólica cristiana de la "piedra angular",
la cual, por su forma, sólo podía ser colocada cuando finalizaba
la construcción, concretamente en la clave de bóveda u "ojo
del domo".14
Pero en realidad, ya se trate de la clave de bóveda,
del vértice de la pirámide, del centro del círculo
o de la rueda, lo que reside en todos estos símbolos es el secreto
del Nombre inefable, el punto de no-manifestación donde mora
el "Uno sin segundo" que sólo se conoce a Sí mismo por Sí
Mismo. Esta es la última puerta a franquear por el hombre, el cual
"a la pregunta ¿quién eres tú?, que se le formula
cuando llega a esa puerta, puede responder con verdad: 'Yo soy Tú'".15 |