METAFISICA DE LA HISTORIA Y LA GEOGRAFIA
FRANCISCO ARIZA

II
La Idea de la Cultura y su Realización en el Hombre

La noción de la unidad espacio-temporal ha sido conocida por todas las sociedades antiguas, que fundaron las estructuras de su cultura y civilización gracias precisamente a la concepción metafísica que tenían del tiempo y del espacio, es decir gracias a la coexistencia que esas mismas coordenadas mantienen perennemente con sus orígenes a-temporales y a-espaciales. Y esto es lo que hace posible que las analogías que existen entre el tiempo y el espacio, o entre la historia y la geografía, no se agoten en el plano exclusivamente horizontal, sino que lo verdaderamente interesante es la posibilidad que ellas tienen de enlazar permanentemente con las realidades superiores (verticales por definición), pues de lo contrario nunca podríamos "salir" de ese plano y de "la corriente del devenir" o "mundo de las formas" que él ejemplifica, o sea del samsara dicho en términos hindo-budistas.

Si esto lo trasladamos a la historia el resultado no es otro que el nacimiento de la Cultura, pero de la Cultura con mayúsculas para distinguirla de las múltiples parodias que sobre ella circulan hoy en día hasta el punto de que su significado verdadero ha desaparecido casi por completo de nuestro horizonte intelectual, diluyéndose en la puerilidad característica de nuestro tiempo, con lo cual la consecuencia de esa pérdida no puede ser otra que una caída más acentuada en lo infrahumano. Por ejemplo, de la forma más natural se llega a hablar hoy en día de la "cultura de la violencia", lo cual no deja de ser una contradicción en los términos, sobre todo cuando se trata sin más de la violencia por la violencia, expresión de un nihilismo cada vez más dueño de la conducta humana. Es la ausencia de los principios y valores que presiden la gestación y desarrollo de una verdadera cultura lo que en realidad rige la época en que vivimos, y de ahí la decadencia a que hacemos referencia, aunque esa tremenda realidad aparezca enmascarada por la fuerza hipnótica que sobre nuestras conciencias ejercen los "fenómenos" de la técnica actual.

Como venimos diciendo, el origen de toda cultura es sagrado, suprahumano, y así lo atestiguan todos los pueblos tradicionales y arcaicos sin excepción, que como hemos sugerido anteriormente no siempre se constituyeron en una civilización propiamente dicha, pero sí vivían de acuerdo a unas ideas y valores que derivaban directamente de los principios metafísicos, en base a los cuales los pueblos antiguos organizaron su sociedad, su cosmogonía y su concepción del mundo. Es el caso de las culturas arcaicas, que salvo alguna excepción nunca vivieron en estado "salvaje" o "semisalvaje" como lo creen quienes acreditan todavía en esa fábula de la "teoría de la evolución",16 de cuya influencia por cierto tampoco estaban exentos la gran mayoría de los filósofos de la historia e historiadores de las religiones del siglo XVIII y XIX que inauguraron, para la época contemporánea, los estudios sobre el pasado de la humanidad, y dentro de los cuales hemos de incluir a la Arqueología y otras disciplinas similares (Geología, Zoología, etc.), que también tienen otra lectura bien distinta cuando son contempladas desde la perspectiva de la Ciencia Sagrada. Hoy sabemos que casi todos esos filósofos e historiadores, a los que sin embargo reconocemos muchas de sus aportaciones para la comprensión de ese pasado, estaban presos de idénticos prejuicios, nacidos por un lado de un injustificado "sentimiento de superioridad" muy característico del Occidente moderno orgulloso de su "progreso" (circunscrito, eso sí, casi exclusivamente al plano material), y por otro debido a los efectos nocivos que el racionalismo cartesiano imprimió en la conciencia colectiva a lo largo de varios siglos, racionalismo que al igual que la "teoría de la evolución" es una consecuencia de la tendencia hacia la solidificación en todos los órdenes del último período del Kali-yuga, o "Edad Sombría".

Esto les impidió reconocer no sólo el valor que en sí mismo tienen otras formas de expresión cultural distintas a la occidental, sino lo que es más importante: la identidad de fondo que en verdad existe entre esas otras culturas y la nuestra, puesto que todas ellas en su origen son ramas de un tronco común y unánime: la Tradición Primordial. Pero afortunadamente muchos de esos prejuicios han sido desmontados desde el plano mismo de las ideas gracias sobre todo a la labor que desde hace más de un siglo vienen realizando distintos investigadores de la Simbólica Universal y las Tradiciones y Religiones Comparadas, incluidas también la Etnología, la Antropología, la Arqueología y la más reciente Arqueoastronomía, y que se ha tornado vital para el conocimiento verdadero del hombre y la cultura. Muchos de esos investigadores, y movidos por su interés en la Filosofía Perenne, han tenido acceso directo a las fuentes mismas de su estudio, penetrando en el alma y el espíritu de las antiguas civilizaciones y las culturas arcaicas (algunas de ellas todavía vivas en distintos lugares del planeta), y gracias al conocimiento (no sólo teórico sino vivido y experimentado) de sus códigos simbólicos, de sus ritos y sus mitos nos han hecho partícipes de la complejidad y riqueza de un pensamiento forjado en la contemplación y vivencia directa de los misterios de la existencia, es decir en la permanente comunicación con sus dioses, o con la Deidad, ordenando su concepción del mundo y de sí mismos de acuerdo a lo revelado por ellos.

Frente a las estrechas concepciones que sobre la historia tenía en general, y con raras excepciones, el siglo XIX, se levanta hoy en día el enorme aporte de esos investigadores para el esclarecimiento de nuestro pasado, y con ello traer al presente las "semillas espirituales" que engendraron a aquellas culturas, y naturalmente también la nuestra, la occidental, semillas que no son otras que la propia potencialidad del Símbolo como vehículo del Conocimiento expresándose en el tiempo y el espacio. Que esas antiquísimas culturas y civilizaciones sumergidas en el océano del olvido hayan emergido, y sigan emergiendo en nuestra época, es un dato para nada superficial ni anecdótico, y que ha de hacernos reflexionar sobre su significado, que no deja de ser igualmente todo un símbolo de los tiempos, y que guarda sin duda relación con el hecho, señalado por muchas tradiciones, de que al final del actual ciclo todo el pasado de la humanidad saldrá a la luz del día (en conformidad con el texto evangélico que asegura que la verdad misma será gritada desde los tejados), y que contribuirán a crear los gérmenes espirituales que se desarrollarán en el ciclo siguiente, el correspondiente al próximo Manvántara.

Pero de entre esos investigadores destacaremos especialmente a aquellos que han recuperado para Occidente la perspectiva salvífica del esoterismo y la metafísica enterrada bajo la dura costra tejida pacientemente por el racionalismo y todos sus derivados en la ciencia y la filosofía modernas. La recuperación de esa perspectiva creó una auténtica revolución en la conciencia de muchas personas, que vieron cómo se les fueron abriendo las puertas de la percepción para comprender no sólo a las "otras culturas", sino a la propia, que desde hacía siglos permanecía ajena a la realidad del hombre occidental, tremendamente empobrecida por el alto grado de "materialismo" y de "solidificación" a que se había llegado bajo el predominio racionalista.

Esa "solidificación" alcanzó su punto culminante en la "Gran Guerra" de 1914 (también llamada Primera Guerra Mundial porque involucró a potencias no sólo europeas), a partir de la cual podría decirse que se inicia un período de creciente inestabilidad que afecta a todos los órdenes de la existencia, y sólo hay que observar la realidad del mundo actual para darse cuenta que esa inestabilidad está llegando al punto en que "este mundo se encamina hacia la disolución", en palabras de René Guénon, que es precisamente, y como saben todos los lectores de SYMBOLOS, el autor que ha sido decisivo, aunque no es el único, para restablecer en Occidente, y en esta etapa terminal del Kali-yuga, el vínculo con la Filosofía Perenne y la Tradición Unánime. Por consiguiente, el interés hacia el conocimiento de la Filosofía Perenne bajo sus diversas formas respondió en aquel momento, y responde hoy también, a una "necesidad" imperiosa para quienes en su fuero interno no se identifican con "este mundo" y buscan el modo de salir de él, salida que únicamente puede realizarse "por lo alto", por la vertical.17 Es interesante advertir que la obra guenoniana comienza a publicarse pocos años después de 1914, concretamente a partir de 1920, y puede ser considerada en este sentido como "providencial", pues llegó en plena crisis del mundo moderno. Todos los autores más importantes que desde entonces difunden la Ciencia Sagrada han tenido de una u otra manera la influencia intelectual de René Guénon, como por ejemplo A. K. Coomaraswamy, entre muchísimos otros, aunque hemos de decir que en este caso la influencia fue mutua. Pero no menos providencial es hoy en día la obra de nuestro director, Federico González, destinada a la difusión de la Cultura, el Hermetismo y la Tradición Unánime en el cada vez más extenso ámbito de la lengua castellana (aunque está siendo traducida también a otros idiomas), la cual abarca no sólo a toda Hispanoamérica y España, sino que es ya prácticamente la segunda lengua en Brasil y U.S.A. Y más que nuestras palabras queremos traer aquí lo que a este respecto ha dicho el investigador del esoterismo Jean-Pierre Laurant en un libro recién publicado, René Guénon. Les Enjeux d'une lecture: 18

América Latina ha sido visitada por el pensamiento de Guénon llevando una nueva mirada sobre la tradición que enseguida alcanzó a España (...) Una de las claves maestras de este movimiento es Federico González que publica en 1985 Introducción a la Ciencia Sagrada: Programa Agartha, de nombre evocador, inaugurando un ciclo de enseñanza tradicional destinada a la Argentina, Brasil, Colombia y Ecuador, así como a México y Costa Rica. Federico González edita en Guatemala la revista SYMBOLOS desde 1991; ella difunde en lengua española los textos de René Guénon y los trabajos concebidos en el espíritu tradicional en francés y en inglés principalmente (...) La franc-masonería y el hermetismo ocupan un lugar privilegiado en la visión de la tradición universal de Federico González, como se puede constatar en el balance establecido con Esoterismo Siglo XXI.

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Por poner un ejemplo sencillo acerca de los tópicos instalados en el inconsciente colectivo de todos los que formamos parte de las sociedades contemporáneas, todos estos autores han desmontado aquel que gira en torno a la vida de los "hombres prehistóricos", que para muchos vivieron en un "estadio todavía poco evolucionado", quizás porque se tiende a creer de manera inconsciente que lo prehistórico es sinónimo de "pre-humano", cuando como su misma palabra indica se trata de lo que es anterior a la historia, al menos en el sentido que ésta tiene para nosotros, ligado a la computación cronológica. Este tópico es el resultado de haber recibido una concepción lineal de la historia que nos hace "creer" (casi como un dogma religioso) que nuestra genealogía se enraíza en el estado animal o infrahumano, en el simio, y no en los estados superiores y espirituales, que nos dicen con toda claridad que esa genealogía es vertical, arraigada en la tierra celeste, como han sustentado todas las tradiciones desde tiempo inmemorial, y el mismo Platón nos dice en el Timeo que el hombre es una planta invertida, pues sus raíces están en el cielo. Nos han sugestionado para aceptar sin más que los mitos de todos los pueblos tradicionales, arcaicos y prehistóricos son "cuentos" e invenciones de mentalidades infantiles todavía en proceso de desarrollo hacia la "racionalidad",19 y en cambio no nos han enseñado a ver lo que son en verdad: expresiones de una sabia y sutilísima relación del hombre con las fuerzas más profundas de la naturaleza y la vida universal, vertidas a través de imágenes y símbolos que el alma humana puede reconocer en sí misma, y que entretejidos entre sí conforman la trama espiritual e intangible de una cultura. En efecto, como afirma Federico González:

Las llamadas 'altas civilizaciones' han sido también sociedades 'primitivas', y de su 'época mitológica' es que se ha extraído el meollo de su cultura. Para ellas era ésa su Tradición, recibida de modo completo y no incipiente o defectuoso. Eso explica la aparición aparentemente repentina de grandes monumentos y ciudades y la irrupción en la historia de sistemas consumados de pensamiento, comunicación, lenguaje, etc.20

En efecto, la civilización surge en el momento en que una determinada cultura decide organizarse en el espacio previa "fijación" o "cristalización" en estructuras simbólicas (el templo o casa cultual, la ordenación urbanística, social y política, etc.) de ideas arquetípicas que ya estaban incorporadas en el pensamiento de quienes las construyeron, pues les fueron reveladas directamente por sus dioses y númenes, según podemos constatar en las mitologías de todos los pueblos sin excepción, donde siempre la ciudad exterior y terrestre (o la aldea estructurada en torno al pilar central), es una proyección de la Ciudad Celeste, es decir de la idea arquetípica de ciudad, y por tanto de la idea misma de civilización, que ya está en el hombre al haberla recibido y encarnado como una "presencia" que abarca la totalidad de su ser, por lo que esa proyección exterior es como una emanación de ese arquetipo primordial vivido interiormente, en la conciencia, y que toma formas concretas para manifestarse, así sean las de la ciudad y la civilización que ella forja una vez irradia su influencia en el espacio (geográfico) y en el tiempo (histórico).

La Cultura es entonces consubstancial al ser humano y los valores que ella conserva le otorgan a éste su verdadero status en el concierto del Orden Universal, su lugar en el Cosmos dicho de otra manera, revelándole su auténtica naturaleza y un destino que cumplir dentro de ese Orden, como vehículo imprescindible para conocer sus posibilidades supracósmicas y metafísicas. La auténtica Cultura es la que pone en comunicación al hombre con los principios y verdades más altas, o sea un vehículo apto para acceder al Conocimiento, capaz por su misma virtud de transformarlo radicalmente y en lo profundo, haciéndole partícipe de su verdadera naturaleza, que es de esencia suprahumana.

Por eso mismo Tradición y Cultura son términos que se corresponden y complementan entre sí, puesto que si la Tradición es la transmisión y recepción por parte del hombre de esas verdades y principios eternos, la Cultura es el resultado de hacerlos operativos y actuantes en el mundo y en su conciencia, de "cultivarlos" y hacer que fructifiquen (recordemos que la palabra cultura procede de cultivo), y como si de una planta o árbol se tratase permitirle crecer en profundidad, anchura y verticalidad, realizando la plenitud de todas sus posibilidades, tanto individuales como supraindividuales y supracósmicas. Lo que queremos decir en definitiva es que la Cultura y la Tradición, siempre consideradas desde el punto de vista metafísico, son inherentes a la propia condición y naturaleza del ser humano cuando éste se realiza en toda su integridad, es decir cuando todas las facultades y cualidades de su naturaleza participan y son una en conformidad con su arquetipo celeste, el Hombre Universal, el Anthrôpos hermético o Adam Qadmon cabalístico, y que podría asimilarse a su vez a esa entidad que la tradición hindú denomina Manú, la Inteligencia cósmica.

Esto nos hace ver cuán lejos estamos hoy en día de esa concepción del tiempo y del espacio, de la historia y la geografía, tan propia de todas las culturas y civilizaciones anteriores a la nuestra, las cuales nunca han tenido la necesidad de "explicarse" su propia realidad histórica con los parámetros con que lo hacemos hoy en día, entre otras razones porque la propia noción de "historia" les era por completo ajena, o al menos por ello entendían otra cosa bien distinta, al estar penetradas las conciencias de nuestros antepasados de un sentido de lo sagrado y lo mágico-teúrgico que hoy en día nos falta por completo;21 o para ser más exactos, lo tenemos enormemente disminuido, prácticamente virtual o en potencia, por lo que se requiere de nuestra parte un esfuerzo inmenso, un verdadero "trabajo de Hércules", para poder recuperarlo y participar así de nuestros estados superiores, los que efectivamente se manifiestan como una aspiración hacia las ideas más elevadas y sutiles, promoviendo de esta manera la búsqueda y verdadera identidad de nuestro ser.

Precisamente es para eso, para recuperar y despertar ese sentido de lo sagrado y lo mágico-teúrgico dormido en lo profundo de la conciencia, que tiene para nosotros interés investigar en la simbólica de la historia y la geografía, las que nos pueden servir de soporte para llevar a cabo un trabajo de orden interno y de realización espiritual-intelectual donde la protagonista principal es nuestra memoria, que se reconoce a sí misma en un tiempo y un espacio significativos, cuyos contenidos son paradigmáticos, haciéndose éstos presentes en nuestra vida y cotidianidad como lo único necesario y real en un mundo en permanente cambio y devenir.

Una Leyenda Mazdea
A este respecto, hemos de decir que la palabra "devenir" a la que hemos aludido y seguiremos aludiendo, y que se asocia, con razón, a la idea de cambio, de aquello que deviene y progrede indefinidamente en un sentido horizontal y terrestre, contemplada desde la Filosofía Perenne (y puesto que todas las cosas tienen distintos niveles de lectura) también posee otro sentido ligado más bien a la idea de evolución espiritual según la dirección vertical del Eje del Mundo, es decir en un sentido orientado hacia la trascendencia y el encuentro con nuestro verdadero origen, que es también nuestro Destino final, por encima de todas las circunstancias personales y las "revoluciones de la rueda del mundo". Recordemos que en Grecia, durante el rito de iniciación en los Misterios, el fin consistía en "devenir uno con el dios". El hombre deviene lo que "es" (o aquello con lo que se identifica) en todo momento, pues como también se ha dicho: "uno es lo que conoce". No otra cosa parece indicar el siguiente fragmento extraído de un texto de la antigua tradición mazdea (o irania),22 que trata de una serie de preguntas cuyas respuestas debe conocer todo ser humano llegado a la edad de quince años:

¿Quién soy y a quién pertenezco? ¿De dónde he venido y adónde volveré? ¿De qué linaje y de qué raza soy? ¿Cuál es mi vocación propia en la forma de existencia terrena? [...] ¿He venido del mundo celestial o he comenzado a ser en el mundo terrenal? ¿Pertenezco a Ohrmazd o a Ahrimán? ¿A los ángeles o a los demonios?

Las respuestas son las siguientes:

He venido del mundo celestial (mênôk), no es en el mundo terrenal (gêtîk) donde he comenzado a ser. He sido originalmente manifestado en el estado espiritual, mi estado original no es el estado terrenal. Pertenezco a Ohrmazd (Ahura Mazda, el Señor Sabiduría), no a Ahrimán (el Espíritu del Mal y las Tinieblas); pertenezco a los ángeles, no a los demonios [...] Soy criatura de Ohrmazd, no de Ahrimán. Mi linaje y mi raza proceden de Gayômart (el Hombre primordial, el Anthrôpos). Tengo por madre a Spandarmat (el Angel de la tierra), tengo por padre a Ohrmazd [...] El cumplimiento de mi vocación propia consiste en esto: pensar en Ohrmazd como Existencia presente (hastîh), existente desde siempre (hamê-bûtîh) y para siempre (hamê-bâvetî); pensar en él como Soberanía inmortal, como Ilimitación y como Pureza; pensar en Ahrimán como Negatividad pura (nestîh), que se agota en la nada (avîn-bûtîh), como el Espíritu Maligno que antaño no existió en esta Creación y que un día dejará de existir en la Creación de Ohrmazd y se hundirá en el tiempo final; considerar mi propio yo como perteneciente a Ohrmazd y a los arcángeles.

Estas respuestas, que seguramente forman parte de un ritual de iniciación, revelan, entre otras cosas, un hecho fundamental que está en el núcleo de la metahistoria y la geografía sagrada: la pertenencia del hombre a una genealogía espiritual cuyo padre o Esencia primera es el "Señor de la Sabiduría" revestido de la Luz de la Inteligencia, y cuya madre es la Tierra celeste,23 el Arcángel femenino Spandarmat, a quien podríamos identificar con la Shekinah de la Cábala,24 considerada como el espacio o Morada sagrada (el "Centro del Mundo") donde reside la Deidad. El nacimiento del hombre como ser hecho de luz, el "hombre interior", acontece en ese espacio mítico, y es precisamente el "hombre exterior", que vive entre tinieblas, el que, una vez "recuerda" su origen verdadero asistido por las musas de la memoria inicia el camino de retorno hacia él; y ese tiempo de retorno es esencialmente cíclico, es decir constituye un período de tiempo que el hombre arcaico y tradicional vivía como sagrado, o sea no como indefinidamente recurrente sin posibilidad de salir de él (el "eterno retorno" de Niestzche), sino como "un tiempo de retorno a su origen eterno", y es en este sentido que podemos decir con Platón que "el tiempo es la imagen móvil de la eternidad".

Para quien efectivamente recupera la memoria de su origen sabe que ese tiempo es su tiempo, el que le ha sido asignado por la Deidad para el desarrollo de todas sus posibilidades. Es la perfecta "sincronía", si se nos permite la expresión, entre el tiempo cósmico y humano (cíclico) y lo auténticamente atemporal y eterno, de ahí que en la misma tradición mazdea se hable del "tiempo sin orillas", sin origen, que constituye el Arquetipo por excelencia en el que se inspira el Dios Supremo (Zervan Akerene)  para organizar el "tiempo de largo dominio", o tiempo limitado, estructurado en ciclos, períodos y eras (dando lugar al calendario sagrado y civil de todos los pueblos),25 teniendo cada una de ellas una duración, cualidad y significación distintas, y en donde se inscribe y articula la vida de las culturas y las civilizaciones, y por lo tanto del hombre mismo, pues como dijimos anteriormente los principios y valores que fundan toda cultura y civilización están ya contenidos en el hombre, receptor del Mensaje Eterno.


III. Hermes: "Guía de los Pueblos"

NOTAS
16 La "teoría de la evolución" se vio favorecida indudablemente por el clima intelectual de la época en que nació, pues Darwin (y posteriormente sus discípulos) sólo trasladó al terreno de la biología y de la "selección natural" la idea de un "progreso indefinido", sustentada filosóficamente en el "mecanicismo" cartesiano, que ha acabado por imponer su sello característico a nuestra época. Si se observa con atención, la "teoría de la evolución" aplicada al hombre es profundamente antimetafísica y contra-tradicional, pues pretende extraer lo que es más (lo humano) de lo que es menos (lo animal). En otras épocas de mucho mayor calado intelectual y espiritual dicha "teoría" no hubiera triunfado de ninguna manera, y ni tan siquiera hubiera sido formulada, hasta tal punto todo está ya tan invertido.
17 Sobre la obra de René Guénon ver los monográficos de SYMBOLOS correspondientes a los números 9-10 y 23-24.
18 Ed. Dervy 2006. Cap. X, p. 353-4. Sobre la obra de Federico González ver el anterior Nº de SYMBOLOS 29-30.
19 Hegel, que vivió entre los siglos XVIII y XIX, no cae en el error de atribuir al hombre un origen anclado, según sus palabras, "en una rudeza animal"; pero, hijo de su tiempo, sí admite que el hombre parta de una "humanidad animal", e implícitamente compara a la humanidad prehistórica con el niño, el cual "no tiene razón, pero sí la posibilidad real de ser racional". Y añade a continuación algo que demuestra la fuerte implantación que en él, como en tantos otros, tenían las creencias racionalistas y evolucionistas (si bien en su caso no en el terreno de lo biológico), llegando incluso a presuponer una "evolución del espíritu", y que el seguimiento de esa evolución sería el objeto supremo de la Historia Universal. Dice Hegel: "El hombre ha sido siempre inteligente; pero quien quiera por ello sostener que debe haber vivido en aquel estado, en la pura conciencia de Dios y de la naturaleza, en el centro, por decirlo así, de cuanto nosotros solo penosamente alcanzamos, en el centro de todas las ciencias y artes, ese no sabe lo que es la inteligencia, lo que es el pensamiento. No sabe que el espíritu es infinito movimiento (...), no sabe que el espíritu nunca cesa, nunca reposa y es un movimiento que, después de una cosa, es arrastrado a otra, y la elabora y en su labor se encuentra a sí mismo. Solo mediante este trabajo pone el espíritu ante sí lo universal, su concepto. Solo entonces se hace real. Esto no es, pues, lo primero, sino lo último. Los usos, las leyes, las instituciones, los símbolos de los pueblos antiguos encubren, sin duda, ideas especulativas, puesto que son productos del espíritu. Pero esa realidad interna de la idea es cosa harto distinta de conocerse y comprenderse a sí misma en la forma de la idea. La idea especulativa conocida no puede haber sido lo primero, porque es el fruto del supremo y más abstracto esfuerzo del espíritu. Lo único propio y digno de la consideración filosófica es recoger la historia allí donde la racionalidad empieza a aparecer en la existencia terrestre; no donde solo es todavía una posibilidad en sí, sino donde existe un Estado, en el que la razón surge a la conciencia, a la voluntad y a la acción." (Lecciones Sobre la Filosofía de la Historia Universal, cap. III).
20 Federico González: Simbolismo y Arte, cap. II, nota 7. Ed. Symbolos, 1998.
21 Se ha dicho que "los pueblos felices no tienen historia". Y no la tienen "...porque su modo de pensar, su cultura, no hace hincapié ni subraya lo sucesivo, fragmentado e individualizado –salvo en el señalamiento de ciertos acontecimientos cíclicos manifestados en sus genealogías y sucesos míticos– sino lo simultáneo, y viven así un presente indefinido, siempre nuevo, pues constantemente se regenera". Federico González: El Simbolismo Precolombino, cap. VI.
22 Recogido por Henry Corbin en Tiempo Cíclico y Gnosis Ismailí, cap. I. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 2003.
23 Todo esto recuerda evidentemente lo que se dice en la Tabla de Esmeralda hermética: "Su padre es el sol y su madre la luna", la que es considerada en muchas tradiciones como una "tierra celeste".
24 Esta misma analogía entre Spandarmad y la Shekinah existiría entonces entre Ordmazd y Metatrón. En el mito mazdeo Ahriman, las tinieblas y el 'mal', surge de la "duda" que le acaece a Zervan-Akerene en el momento de crear el mundo. Precisamente la creación, el cosmos, nace continuamente de ese delicado equilibrio entre la luz y la oscuridad bajo todas sus manifestaciones.
25 Ver los dos últimos capítulos de El Simbolismo Precolombino. Allí Federico González nos habla extensa y sintéticamente de la simbólica de los calendarios como uno de los más excelsos artefactos culturales elaborados por el hombre tradicional (en este caso el mesoamericano), en donde se plasma la esencia del "tiempo vivo", mítico, manifestado a través de las pautas, medidas y módulos que establecen las estrellas y los astros, conjugadas con las de la tierra y el ser humano, "creando de continuo el asombroso universo".
 
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