LOS CICLOS EN LA
HISTORIA Y LA GEOGRAFIA (final)
FRANCISCO ARIZA

El último período del Kali-Yuga
Sin embargo, y teniendo en cuenta que nos encontramos en la "edad sombría" del Manvántara, a lo largo de las dos primeras sub-edades del kali-yuga (que abarcan prácticamente cuatro mil años) existieron diversas crisis que afectaron con mayor o menor intensidad a casi todas las civilizaciones. Pero ninguna de ellas se puede comparar con la que existió en torno al siglo VI a. C., hasta el punto de que algunos autores (entre ellos Guénon) sitúan en dicho siglo una de esas "barreras de la historia" que de tanto en tanto se han ido dando a lo largo del Manvántara, indicando los momentos más críticos en el mismo. Además esas "barreras" siempre señalan un antes y un después en lo que se refiere a la orientación espiritual de la humanidad. En verdad, el paso de un yuga a otro constituye en sí una de esas "barreras", pero también éstas se dan en el interior de cada yuga, como fue el caso, por ejemplo, de la desaparición de la Atlántida, que recordaremos ocurrió hacia la mitad del dwâpara-yuga.

Pero en lo que respecta concretamente al siglo VI a. C. la crisis que se desencadena no afecta ya a una u otra tradición en particular, sino que se trata de algo generalizado y que incumbe a casi todos los pueblos de la tierra, reflejo todo ello del descenso cíclico y la inevitable solidificación que lo acompaña. En algunos casos esas crisis se resolverán mediante las necesarias adaptaciones a las nuevas circunstancias cíclicas, pero en otros conllevarán la pérdida irreparable de una parte importante de la tradición.60

En cierto modo, y salvando las distancias, la crisis del siglo VI a. C. podría ser comparable a la que aconteció con el "Gran Cambio" producido tras la salida de la Edad de Oro. Pero si en esos momentos la humanidad comenzaba a alejarse de su Principio, y en consecuencia todavía era posible recuperar con relativa facilidad la conciencia de la Unidad perdida, en este caso, y en razón de la fase muy avanzada del ciclo, esa posibilidad sin embargo tan sólo estaba ya al alcance de unos pocos, mostrándose por el contrario la gran mayoría cada vez más impermeable a las realidades superiores.

Teniendo esto en cuenta observaremos también que si tomamos como fecha del fin del ciclo el año 2.030, tenemos que entre esa fecha y el siglo VI a. C. (es decir el año -600) los "tiempos históricos" comprenderán 2.630 años, o en números redondos 2.600, lo que correspondería a la décima parte de un gran ciclo de 25.920 años (26.000 en el redondeo), es decir de un período completo de la precesión de los equinoccios, el mismo que comprendió la totalidad del satya-yuga o edad de oro. Existiría por tanto una cierta analogía entre la primera edad del Manvántara y el "ciclo histórico" de 2.600 años, pero en el sentido de que este último constituiría un diez por ciento de aquella, disminución que también ha de extenderse a la propia capacidad del ser humano para "captar" ciertos aspectos de la realidad de las cosas.

En efecto, en el "ciclo histórico" el horizonte espiritual e intelectual de la humanidad se ha reducido considerablemente, y la percepción que el hombre tiene de sí mismo y del mundo se ha vuelto más "externa", más volcada hacia el exterior. Aparece lo que se ha dado en llamar la "conciencia histórica", esto es, la idea de pertenecer a un tiempo privado de su dimensión vertical. El hecho acontecido en el tiempo ya no tiene la misma "carga" simbólica y comienza a aislárselo de su realidad mítica, supratemporal y transhistórica.61 El hombre se encierra aún más en la "esfera" de lo temporal, y como decimos tan sólo una minoría es capaz de penetrar el sentido profundo del símbolo, estableciéndose con ello una clara distinción entre el aspecto interior (esotérico y metafísico) y el aspecto exterior (exotérico y social) de lo que siempre constituyó un saber y un conocimiento esencialmente unitario, vertebrador de todas las manifestaciones culturales de las sociedades antiguas.62 Esa "conciencia histórica" encaja perfectamente con las condiciones cíclicas de este nuevo período de la humanidad, pues precisamente al siglo VI a. C. se remontan, según los datos tradicionales, el comienzo de los "tiempos históricos", cuyo fin coincidirá también con el del kali-yuga y por tanto del Manvántara.

Dentro también de esa "exteriorización", hacia esa época debemos ubicar la aparición del fenómeno religioso, sobre todo en Occidente, y más particularmente en Grecia y en Roma, aunque en esas civilizaciones la religión estará siempre ligada con los ritos sociales y familiares (algo muy parecido a lo que es el confucianismo en China o el sintoísmo en Japón), y no tendrá las connotaciones sentimentales y morales propias del judeo-cristianismo y el islam durante el período de decadencia de estas tradiciones, aunque ese elemento sentimental está en el origen mismo de la religión, y constituye aquello que la diferencia esencialmente de la metafísica, hasta el punto de que podría decirse, con Guénon, que ese elemento representa "una decadencia con relación al pensamiento metafísico".63 Recordando también que "la perspectiva religiosa está por necesidad relacionada a determinadas contingencias históricas, mientras que el punto de vista metafísico se refiere exclusivamente al orden principial".64 De hecho, la forma religiosa fue el resultado de una adaptación especial de la propia doctrina tradicional a la mentalidad de los hombres de Occidente nacidos en el "ciclo histórico", mentalidad en la que "prevalecía la sentimentalidad sobre la inteligencia, predominio que alcanzó su más alto grado en los tiempos modernos", y es el resultado, por consiguiente, "de un desfallecimiento intelectual de la colectividad humana a la cual se dirige".65 La religión participa, pues, del descenso cíclico y de la solidificación general del mundo, y está siempre supeditada a esa circunstancia, por lo que resulta manifiestamente absurdo hablar de una "Religión Perenne" como algunos han hecho, pretendiendo de esta manera confundirla con la verdadera Sabiduría Perenne, o Sanatana Dharma.66

Por otro lado, el "ciclo histórico" es también la época en que se acentúa la preponderancia del poder temporal sobre la autoridad espiritual, afectando a casi todas las tradiciones y constituyendo la "impronta" misma de la era crepuscular. Como señala Guénon a este respecto "los detentadores del poder temporal se vuelven cada vez más independientes de toda autoridad superior, pretendiendo obtener su propio poder de ellos mismos, separando así completamente lo espiritual de lo temporal",67 o lo que es lo mismo lo interior de lo exterior. Pero hemos de decir que esto representa el aspecto "negativo" de esa preponderancia, y además, como más adelante veremos, esa completa separación, acompañada por una subversión anti-tradicional, se dará en una fase ya avanzada del "ciclo histórico".

En primer lugar, hemos de tener en cuenta que para esa época, y prácticamente de forma generalizada, la autoridad espiritual, la casta sacerdotal, había entrado en una fase de "debilitamiento", pues en un mundo cada vez más exteriorizado su influencia se iría reduciendo proporcionalmente. Huelga decir que ese debilitamiento para nada afecta a la esencia misma de la doctrina, de índole metafísica y no sujeta a los cambios del devenir cíclico como ya sabemos, pero sí que ésta sufre un "ocultamiento" aún mayor debido a ese cambio acontecido en la orientación espiritual de la humanidad, que se torna más "excéntrica" en el verdadero sentido de la palabra. De alguna manera, y debido a esa circunstancia, el poder temporal, la casta guerrera, debió sustituir en algunas de sus funciones a la autoridad espiritual. Quizás esto pueda explicar también el hecho de que los fundadores de algunas de las tradiciones aparecidas durante el "ciclo histórico", nazcan o procedan genealógicamente de la casta guerrera, como es el caso del príncipe hindú Shakya-Muni (que devendrá el Buda). El mismo Jesús desciende de la tribu real de Judá (a la que también pertenecieron los reyes David y Salomón) y no de la tribu sacerdotal de Leví.68 Lo mismo puede decirse de Mahoma, nacido en el seno de las tribus nómadas y guerreras del desierto arábigo. Podríamos poner algunos ejemplos más, pero pensamos que estos son suficientes para darnos cuenta de que por algún motivo la conservación y la transmisión del Saber primordial "necesitó" del aporte procedente de la casta guerrera, de su "fuerza" y su entrega sacrificial puesta al servicio de la Verdad.69

Podemos afirmar que es en gran medida gracias a esa aportación que la "cadena áurea" portadora de los símbolos y los ritos de la Ciencia Sagrada continuará estando presente en los momentos más difíciles de la última fase del kali-yuga, con lo cual la posibilidad de "encarnar" el Conocimiento seguirá siendo una realidad, y bajo cualquier circunstancia, para todos aquellos que se sientan llamados a su realización.
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En verdad, no es sino hacia la mitad más o menos del "ciclo histórico" cuando aparece con toda su crudeza el aspecto negativo de esa preponderancia del poder temporal anteriormente mencionado, el cual viene dado, como dice Guénon, por la pretensión de una casta guerrera, desviada de sus verdaderas funciones, de obtener su propio poder de ella misma, lo cual implica de hecho una "subversión" y una "rebelión" en toda regla contra la autoridad espiritual, pues no sólo pretende ocupar el lugar de ésta, sino que intenta suprimirla totalmente en una acción claramente anti-tradicional. En este caso cuando hablamos de autoridad espiritual no nos estamos refiriendo al sacerdocio eclesiástico, ligado con el punto de vista religioso y cuya máxima autoridad, en el catolicismo, era el papa de Roma. Estamos ya lejos de los primeros tiempos del cristianismo, cuando ese sacerdocio estaba, en palabras de San Pablo, investido "según el orden de Melquisedeq", es decir de una presencia de la propia Tradición primordial pues, como vimos, Melquisedeq no es otro que Manú, el Rey del Mundo. Al final de la Edad Media europea el oficialismo religioso poco transmite ya del espíritu contenido en el mensaje evangélico, expresión viva de la Tradición Unánime, naciendo una teología escolástica que salvo honrosas excepciones acabará reduciendo ese mensaje a meras formulaciones "dogmáticas", y que poco tendrá que ver ya con lo que fueron sus orígenes y la influencia supra-humana que lo constituyó.

En esa época la verdadera autoridad espiritual la ostentaban justamente quienes eran los auténticos depositarios del esoterismo cristiano, especialmente la Orden del Temple y otras organizaciones vinculadas a ésta, como los "Fieles de Amor" o la "Fede Santa".70 Ese esoterismo está asimismo presente en las diferentes escuelas, que como la de Chartres, la de Oxford o la de los "místicos de Munich" (por poner sólo tres ejemplos), recogieron también la herencia de la tradición platónica y la gnosis alejandrina, tan presentes durante todo el Medioevo. Como se sabe a los "Fieles de Amor" y a la "Fede Santa" perteneció nada menos que Dante, cuya "Divina Comedia" es en realidad un tratado de esoterismo cristiano, y en el que no faltan tampoco elementos simbólicos recogidos de la cosmogonía hermética (ver El Esoterismo de Dante, de Guénon). Y de entre los "místicos de Munich" baste evocar la figura insigne del Maestro Eckhart, cuyas obras, de contenido metafísico, acabaron siendo censuradas por la jerarquía eclesiástica.

Por otro lado, es cierto que la Orden del Temple era una organización caballeresca, y en este sentido estaba más relacionada con la casta guerrera que con la sacerdotal, pero también es verdad que éste fue su aspecto exterior (desde luego importante), el cual, por así decir, servía de "cobertura" y protección a un núcleo más interno en el que residía un auténtico poder espiritual, que es el que mantenía el vínculo efectivo con el "Centro supremo", como Guénon mismo ha repetido en tantas ocasiones y en diversos pasajes de su obra.71 Por todo ello no es de extrañar que la sublevación anti-tradicional del poder temporal se dirigiera principalmente contra la Orden templaria, pues atacando a ésta se iba directamente al corazón mismo de lo que se llamó la Cristiandad, considerada como la última expresión de una civilización verdaderamente tradicional en Occidente, y en la que el esoterismo y el exoterismo convivían perfectamente.72 Y no deja de ser significativo que esa sublevación se hiciera con el consentimiento del Papado, aunque ese consentimiento fuese en realidad el resultado de una previa imposición del rey de Francia Felipe el Hermoso. Pero el hecho es ése, que la destrucción de la Orden templaria (culminada en el 1.314) para llevarse a cabo necesitó de una cierta complicidad de los más altos representantes de la jerarquía eclesiástica, lo que indica, efectivamente, que la autoridad religiosa tenía ya poca conciencia de su verdadera función "pontifical".73

Esa destrucción supuso además una cierta ruptura del vínculo que durante el Medioevo unía a Occidente con el "Centro del mundo", vínculo que sin duda habría desaparecido totalmente si las diversas corrientes esotéricas e iniciáticas (pertenecieran o no al esoterismo cristiano) que permanecieron tras el final de la Edad Media hubieran seguido la misma suerte que la Orden templaria y otras afines a ella. Fue a partir de entonces cuando la transmisión de la enseñanza tradicional en Occidente recayó en quienes fueron los últimos representantes de la Filosofía Perenne, entre los cuales se encontraba "la antigua y noble estirpe de los hijos de Hermes", el Dios que propicia la búsqueda y obtención del Conocimiento. Estamos convencidos de que si durante ese período de la historia europea la tradición continuó estando viva ello fue debido sobre todo a la presencia de esa estirpe, que entronca con los orígenes primordiales y que es constitutiva por tanto de la "cadena áurea" portadora de la Ciencia Sagrada, adaptándola a las circunstancias históricas y a la mentalidad de sus contemporáneos.74 De ahí que esas corrientes no sólo fueran herederas del legado medieval, sino también de todo cuanto representó hasta ese momento la tradición iniciática y esotérica en Occidente (en el sentido amplio del término, que abarca también lo antediluviano, como apuntamos en la nota 59), siendo la encargada de prolongarla durante todo el Renacimiento, e incluso más allá de éste.75

Pero el Renacimiento fue una época de grandes contrastes, pues junto a la permanencia de esas corrientes herméticas y tradicionales, comenzaban a darse por doquier las primeras manifestaciones de la mentalidad moderna. De hecho la sublevación del poder temporal degradado es ya una expresión manifiesta de esa mentalidad, profundamente anti-tradicional y negadora en lo más íntimo de todo aquello que representa verdaderamente el símbolo como vehículo de Conocimiento. Por otro lado esa desviación está perfectamente enmarcada dentro de las leyes cíclicas, pues recordaremos que según el cuadro de G. Georgel, los "tiempos modernos", que constituyen la última sub-edad del kali-yuga, se inician justamente tras el fin de la Edad Media, fechada por este autor en el año 1.382.

Esos tiempos llegaron finalmente, y el mundo entero iba a conocer a partir de entonces la época más siniestra de todo el Manvántara, llegando a constituirse al final de éste una sociedad enteramente invertida en relación a lo que ha sido siempre una civilización verdaderamente tradicional, es decir ligada al Origen. Y sin embargo, hasta en los momentos más oscuros de esta época (que coinciden con los nuestros) la tradición no ha llegado a desaparecer por completo, pues ésta es coetánea con la vida misma, y el hombre siempre tendrá la posibilidad de restablecer el lazo que lo une con su Principio. Por eso los esfuerzos por destruir todo vestigio de la tradición no llegarán a triunfar, aunque a veces pueda parecer lo contrario. La expresión "cuando todo parece perdido es cuanto todo será salvado", y referida a un momento determinado del proceso en la vía del Conocimiento, puede aplicarse perfectamente a este momento final del ciclo.

Somos conscientes de que las pocas tradiciones que han llegado hasta el fin del kali-yuga (y entre las que incluimos aquellas que han sido agrupadas bajo la denominación de "las iglesias dispersas", entre las que hay que contar a los "pueblos sin tradición escrita", y que en realidad son los que han conservado, en plena "era electrónica" el pensamiento tradicional más arcaico y "primitivo", y por ello mismo más próximo a los orígenes) lo han hecho en unas condiciones extremadamente disminuidas, pues no han podido sustraerse a la degradación en que vive sumida la totalidad del género humano, situación ésta que ya previeron nuestros lejanos antepasados.76 Mas esto forma parte de los "signos de los tiempos" de un mundo o ciclo que agoniza. Pero igualmente es cierto que su legado simbólico es ajeno a esa degradación, que afecta sobre todo a las formas exteriores con que aquellas se revisten, pero no al fondo y al espíritu mismo de sus enseñanzas metafísicas y cosmogónicas. Como hemos dicho, la "cadena áurea", el linaje humano mediante el cual se ha expresado la Sabiduría Perenne a lo largo de todo el Manvántara y presente en el corazón de toda cultura tradicional, es el símbolo de la "cadena áurea" celeste, supra-humana y vertical. Por eso dicho linaje permanecerá hasta el fin.

Por lo tanto, se puede hablar, como dice Guénon, "de algo que está más bien oculto que verdaderamente perdido, pues no está perdido para todos y algunos lo poseen todavía íntegramente; y, si es así, otros tienen siempre la posibilidad de volverlo a encontrar, con tal de que lo busquen como conviene, es decir que su intención esté dirigida de tal modo que, por las vibraciones armónicas que despierta según la ley de la 'acciones y reacciones concordantes', pueda ponerlos en comunicación espiritual efectiva con el Centro supremo".77 Y en nota añade: "Lo que acabamos de decir permite interpretar en un sentido muy preciso estas palabras del Evangelio: 'Buscad y encontraréis, pedid y recibiréis; golpead y se os abrirá'".78

El "Viento sopla donde quiere", y se "oye su voz", pero no sabemos "de dónde viene y a dónde va".79 Así ha sido, es y será siempre.

 

Temas: Symbolos
(Revista Nº 21-22)

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NOTAS
60 Acerca de los cambios habidos durante el siglo VI a. C. recomendamos al lector el cap. I de La Crisis del Mundo Moderno, de Guénon. Por nuestra parte añadiremos que hacia esa época desapareció totalmente la antigua civilización de Tartessos, ubicada en el sur de la península Ibérica, y de la que se cree era una de aquellas colonias atlantes que se establecieron en dicha península tras la desaparición del continente. Como dato significativo diremos que se han descubierto textos tartésicos que remontan a unos seis mil años a. C.
61 Esa "conciencia histórica" no tiene por qué ser intrínsecamente negativa, pues asumiendo que esto es así para los hombres que hemos nacido en el "ciclo histórico", ese sentirse pertenecientes a la historia es también asumir todo el pasado de la humanidad, pero no ya como una "carga" sino como una herencia que puede ser un vehículo de conocimiento simbólico que nos permite ir remontando las épocas históricas reconociendo en todas ellas la presencia indeleble de una sola y única Tradición, manifestada a través de las cosmogonías y formas culturales de todos los pueblos. Aludiendo a ese modo de considerar la "conciencia histórica", Nicolás Berdiaeff afirma: "Cada hombre, por su misma naturaleza íntima, es un gran mundo, un microcosmos donde se refleja y permanece todo el mundo real, con todas sus grandes épocas históricas. No es el fragmento de un universo que contuviera aquel trozo de mundo, sino una especie de mundo grande, que, según el estado de conciencia del individuo, aún puede permanecer cerrado, pero que se revela interiormente a medida que se ilumina y ensancha esta conciencia suya. En este proceso de ahondamiento de la conciencia se revelan todas las grandes épocas históricas, toda la Historia del Mundo". El Sentido de la Historia, cap. II. 
62 En la tradición china esa separación entre el aspecto interior y metafísico de la doctrina y su aspecto exterior y social, tomó la forma del taoísmo y del confucianismo, respectivamente. También en la escuela Pitagórica las enseñanzas tenían una parte más interna (reservada a los discípulos que estaban más cualificados), y otra más externa, de la que participaban todos los miembros de la cofradía sin distinción. 
63 Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, "Tradición y Religión", cap. IV de la segunda parte. En el cristianismo la decadencia de que hablamos se produce desde el momento en que su exoterismo interrumpe toda comunicación con la parte esotérica y metafísica de su propia tradición, lo que acontece al final de la Edad Media como veremos más adelante. En cuanto al islam esa decadencia es también el resultado de esa incomunicación entre su vertiente religiosa y la metafísica o iniciática, representada por el sufismo. Pero en el islam ambos dominios siempre han estado muy diferenciados (bastante más que en el judaísmo y el cristianismo), lo que de alguna manera ha propiciado una cierta independencia del uno con respecto al otro. En este caso esa degradación vendrá por la exacerbación de su exoterismo, que acabará aplicando la "ley islámica" de una manera cada vez más burda y literal, desembocando en ese integrismo intolerante y fanático característico de una gran parte del mundo musulmán actual. En el exoterismo católico también se da ese fenómeno de intolerancia fanática, como lo demuestra históricamente el de la Inquisición. Pero hoy en día, y aunque ciertas formas inquisitoriales sigan existiendo, la mayoría de sus representantes se han convertido en esos fariseos que con tanto ardor denunció y combatió el propio Cristo Jesús. 
64 Esta cita de Guénon está incluida dentro del artículo de F. González "Breve sobre la necesidad del exoterismo", p. 283 del Nº 9-10 de SYMBOLOS. Debe quedar claro que aquí entendemos la religión no en el sentido que le da la historia de las religiones, para la cual lo religioso es muchas veces sinónimo de lo sagrado. 
65 Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, cap. VI de la segunda parte. Recomendamos asimismo la lectura de "Religión y Metafísica en el Fin de ciclo", de F. González, aparecido en el Nº 15-16 de SYMBOLOS.
66 Esto último es el caso de F. Schuon y sus acólitos "tradicionalistas", que olvidan que para Guénon "cuanto es religioso, comprendido en ello el misticismo, toca a las posibilidades individuales, en la extensión indefinida de la que son susceptibles, y no va más allá. Tal es, por otra parte, su razón de ser, como, por el contrario, la de la realización metafísica consiste en ir más allá" ("Breve sobre la necesidad del exoterismo", p. 283). El Sanatana Dharma nada tiene de religioso ni de sentimental pues se refiere al conjunto de la doctrina metafísica y a todas las aplicaciones secundarias que de ella se han hecho en el orden de las ciencias y las artes en todas las civi-lizaciones tradicionales desde tiempo inmemorial, incluida la organización social de las mismas.
67 Autorité Spirituelle et Pouvoir Temporel, cap. VI.
68 Este hecho, dice Guénon, "puede legítimamente explicarse por las condiciones especiales de una cierta época, condiciones que resultan de las leyes cíclicas", cap. VI de Ibid., p. 76, n. 2. 
69 Pensamos que a esto se refiere Guénon cuando recuerda la antigua fórmula "la fuerza al servicio del derecho", y que caracteriza precisamente el papel esencial del poder real. Ver El Rey del Mundo, cap. VI. Asimismo, la presencia del espíritu guerrero está implícita en estas palabras de Jesús: "no vengo a traer paz sino espada", o también cuando en los Evangelios se hace alusión a la necesidad de "hacer violencia" al Reino de los Cielos para poder acceder a él. Creemos que estas expresiones han de entenderse en el sentido de que es necesario, por las condiciones solidificantes del ciclo, invocar las virtudes guerreras como motores en la búsqueda del Conocimiento, tal el sentido profundo de la justicia, la nobleza, el coraje y el valor. 
70 Añadiremos que en el esoterismo cristiano pervivían también determinados conocimientos procedentes de las culturas y civilizaciones pre-cristianas, como la celta, de lo cual da fe el simbolismo contenido en la "leyenda del Graal". En este sentido es interesante señalar que el personaje central de esa leyenda, el rey Arturo, forma parte de la genealogía de la caballería heroica y espiritual, representada por los que se llamaron "los Nueve Valientes", o "los Nueve de la Fama", a saber: Héctor, Alejandro Magno, César, Josué, David, Judas Macabeo, Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon. Dos eran emperadores (César y Carlomagno), tres reyes (Alejandro, David y Arturo), y cuatro príncipes o caballeros (Héctor, Josué, Judas Macabeo y Godofredo de Bouillon). Decir, en fin, que este último fue uno de los fundadores de la Orden del Temple. Ver Gérard de Sorval, Le Langage Secret du Blason, cap. II. Biblióthèque de l'Hermetisme, Ed. Albin Michel. 
71 La existencia de ese núcleo interior es lo que hacía posible la comunicación de la Orden templaria con otras organizaciones iniciáticas, especialmente con las del esoterismo islámico, cumpliendo así una función de puente entre Oriente y Occidente.
72 El interés que mostró el rey francés Felipe el Hermoso por la destrucción del Temple escondía algo más que la obtención de un botín crematístico y material. Ver, a este respecto, el cap. VII de Autorité Spirituelle et Pouvoir Temporel. También "La degeneración de la moneda", en El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos.
73 Nos referimos concretamente al papa Clemente V. Se da la circunstancia de que tanto Felipe el Hermoso como Clemente V murieron el mismo año de la desaparición del Temple. El primero como consecuencia de un envenenamiento, y el segundo en un ataque provocado por un jabalí, animal asociado simbólicamente con la autoridad espiritual, lo cual no deja de ser bastante significativo. Sobre lo que fue en realidad la Orden del Temple así como las consecuencias que se derivaron de su destrucción, recomendamos la lectura del cap. II de la obra de Denys Roman René Guénon et les Destins de la Franc-Maçonnerie, titulado "El Temple, orden iniciática cristiana".
74 La tradición hermética, desde sus comienzos en la Alejandría de los siglos I, II y III de nuestra era, siempre ha tenido un carácter popular, en el sentido de que a ella han pertenecido, y pertenecen, hombres y mujeres procedentes de todas las capas de la sociedad. Además, su carácter no-religioso (que ni mucho menos quiere decir anti-religioso, pues lo esotérico, como hemos visto, no niega lo exotérico) no ha impedido que numerosos hombres de Iglesia formaran parte de ella. La lista es extensa pero baste recordar, y sólo en el Renacimiento, a Nicolás de Cusa, a Egidio de Viterbo (ambos cardenales) y al dominico veneciano Francesco Giorgi. Para conocer la enorme influencia del hermetismo en la cultura europea recomendamos los libros de Frances Yates, especialmente Giordano Bruno y la Tradición Hermética, El Arte de la Memoria, La Filosofía Oculta en la Epoca Isabelina y El Iluminismo Rosa-Cruz. Asimismo, de Edgar Wind, Los Misterios Paganos del Renacimiento.
75 "La tradición hermética ha estado presente en Occidente desde sus orígenes históricos e ideológicos, manifestándose a través de distintos grupos, personas e instituciones. No nos referimos exclusivamente a la filosofía griega, Pitágoras y Platón, Plotino y Porfirio, Proclo, ni a la soteriología de los romanos (Virgilio, Apuleyo), tampoco a los verdaderos gnósticos, ni a los primeros padres de la Iglesia, sino que queremos destacar el enorme cúmulo de hermetistas occidentales cristianos y esoteristas judíos e islámicos, que tanta influencia tuvieron sobre los constructores de la Edad Media y entre alquimistas, rosacruces y algunas órdenes caballerescas de diferentes tipos, de los cuales deriva la Masonería, organización iniciática nacida históricamente en el siglo XVIII, aunque de orígenes mucho más antiguos -incluso míticos-, que afortunadamente ha permanecido hasta la fecha". F. González, La Rueda. Una imagen simbólica del cosmoscap. IV
76 Para tener un conocimiento cabal de la situación en que se encuentra hoy en día el esoterismo ver la serie de artículos de F. González titulados "Esoterismo y Fin de ciclo", aparecidos en los dos últimos Nos. de SYMBOLOS.
77 El Rey del Mundo, cap. VIII. 
78 Mateo, VII, 7.
79 Juan, III, 8. 
   

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