METAFISICA DE LA HISTORIA Y LA GEOGRAFIA
FRANCISCO ARIZA

I
La Historia como Símbolo (2)

Lo que Virgilio cuenta del héroe Eneas se puede trasladar en lo esencial a los mitos fundadores de todos los pueblos y sociedades antiguas, mitos que constituyen la irrupción de lo auténticamente suprahistórico en el tiempo, y que tienen como protagonistas principales a los dioses, héroes y sabios (los que conforman las genealogías míticas), cuyas acciones se convierten en los "modelos ejemplares" que han cumplido siempre una función de "centros" o "ejes" articuladores de la vida de esos pueblos, dándoles la plenitud de su sentido y significado, y además permitiéndoles desarrollarse de acuerdo a los principios y las leyes del Cosmos, las que reproducen a su vez las de una Cosmogonía Arquetípica, siempre presente. Lo que decimos de los hechos históricos también podríamos afirmarlo de determinados personajes, pues en verdad las biografías son parte constitutiva de la historia sagrada. En este sentido, las vidas de personas, seres o entidades que a lo largo de la historia han encarnado estados espirituales son importantes precisamente por ser simbólicas,

es decir como reveladoras de determinadas pautas esotéricas, perfectamente asimilables –en cuanto son ejemplares– al hombre en general, por ser universales y no sujetas por eso al espacio y al tiempo sino de modo secundario. Tienen también otra función: la de ir preparando el camino para el conocimiento y comprensión de otra historia, secreta para los que no son capaces de profundizar y establecer relaciones entre símbolos y se sienten satisfechos con las inverosímiles historias oficiales. La verdadera historia es otra cosa. Y los occidentales podemos leer en la nuestra como en una simbólica de ritmos y ciclos, una danza de cadencias y entrelazamientos, no casuales por cierto, y donde todos y cada uno de los hechos adquieren un significado en la armonía del conjunto, que se contempla bajo una lectura diferente, bañada por una nueva luz.8

En efecto, los "hechos" de la historia sagrada protagonizados por esos seres humanos y entidades espirituales constituyen verdaderos centros de irradiación de las realidades superiores insertadas en el seno del devenir temporal. Podríamos decir que la historia sagrada hace referencia siempre a una realidad vertical secuenciada en el tiempo, que se torna así un instrumento de liberación de los condicionamientos individuales (horizontales) al hacernos partícipes de esa realidad. A este respecto hemos de decir que la Historia, contada con los detalles de sus hechos, no se contradice con el trasfondo metafísico que subyace en la leyenda y el mito. Recogiendo de nuevo el simbolismo de la rueda, podríamos decir que los hechos y datos históricos constituyen la periferia del "acontecer humano", mientras que la vivencia del tiempo mítico nos traslada a un ámbito de la conciencia donde las referencias temporales son ya de un carácter más universal, y el ser humano puede comunicarse con su genealogía espiritual o "cadena áurea" (habitantes de la ciudad celeste), que se le revela coetánea con su existencia presente.

Por eso mismo, y como nos recuerda a este respecto Federico González en otra obra fundamental, El Simbolismo Precolombino, las genealogías míticas, aun no siendo estrictamente históricas no tienen por qué contraponerse con la historia, ni por supuesto con la geografía, y pone como ejemplo las genealogías bíblicas por todos conocidas, las edades y los acontecimientos que allí se narran, así como los lugares simbólico-geográficos presentes en los mitos griegos. Y añade a continuación algo sumamente importante que está relacionado con todo lo que estamos diciendo:

Todos estos niveles de lectura del mito (o de cualquier realidad) se superponen sin que se produzca ningún problema en ello, y cada uno habla un lenguaje directo con aquéllos que son capaces de comunicarse con él. Va de suyo que se puede conectar con todos sus planos jerárquicos ya que éstos no se eliminan entre sí sino que coexisten armónica y simultáneamente expresándose en múltiples significados. De allí la importancia del mito como factor sintético aglutinante e intermediario entre los distintos planos de la realidad, a los que conecta, por ser él, como el símbolo, la unidad analógica que religa un mundo con otro, el tiempo con la eternidad, lo visible con lo invisible, lo finito con lo infinito.9

Así ha sido siempre en cualquier sociedad tradicional, que inaugura su ciclo de existencia, y su destino dentro de la Historia Universal, bajo el designio de determinadas influencias suprahumanas, las que para ser realmente ideas-fuerza ordenadoras han de concretarse en los actos cotidianos que conforman la vida misma del hombre de esa sociedad. Es por eso precisamente que no existía nada de profano en las sociedades tradicionales, sobre todo en los orígenes de las mismas, en donde el elemento espiritual, sagrado y numénico estaba unido a todas las manifestaciones de la vida y los actos de los hombres, así ese elemento se manifestase a través de la contemplación extática de la belleza y la armonía, o bien mediante lo que aparentemente aparece como su contrario, lo disímil, lo monstruoso, paradójico o extravagante, pues los dioses celestes y más altos se relacionan permanentemente con los terrestres  e infraterrestres, los que constituyen sus reflejos invertidos. Y todos ellos han sido siempre para el hombre antiguo, que vivía insertado en un cosmos pluridimensional, expresiones del Misterio insondable, del "Dios oculto", aquel que no tiene nombres ni atributos, y por ello mismo absolutamente incondicionado. Esa integración, esa íntima comunión entre lo "extraordinario" y lo "cotidiano", entre lo vertical y lo horizontal, entre lo infinito y lo finito, constituye en verdad el acontecer mismo de la historia humana, el crisol donde se ha gestado el prodigio de la Cultura en cualquiera de sus formas y manifestaciones, las que de manera invariable testifican la comunicación fecunda entre lo de "arriba" y lo de "abajo", entre el cielo y la tierra, con el hombre como intermediario entre ambos. Precisamente, esta posición intermediaria del hombre dice mucho acerca de nuestra verdadera naturaleza, que en efecto participa de las influencias superiores e inferiores, motivo por el cual en muchas tradiciones, como por ejemplo la hermética, la extremo-oriental, o la precolombina,10 ha sido llamado el "hijo del cielo y de la tierra", lo que quiere decir que tanto puede recibir esas influencias, como actuar justamente de puente que permita que las que proceden del cielo se comuniquen con la tierra, y a la inversa: que las que proceden de la tierra se comuniquen con el cielo.

Dicho de una manera muy esquemática, esta es para nosotros la razón principal de lo que algunos historiadores contemporáneos han dado en llamar "la causa de la génesis de las civilizaciones", pues en ella subyace la idea de una relación permanente entre los distintos planos de la realidad, en donde el hombre siempre ha actuado de matriz receptora de las energías sutiles y suprahumanas, comprendiéndolas y conjugándolas en su alma, creando así las formas simbólicas, rituales y míticas con que se ha podido expresar y transmitir la Ciencia Sagrada o Filosofía Perenne a lo largo del tiempo, y cuyo origen y causa suprema como ya dijimos está siempre en el misterio del Dios innombrable, o de las "Tinieblas más que luminosas" según el lenguaje de ciertos místicos cristianos. Además, todo esto es lo que ha dado verdaderamente "unidad a la Historia" entendida en su sentido más universal, pues por encima de las diferencias que han podido existir entre los distintos pueblos y civilizaciones, la Ciencia Sagrada ha actuado siempre de eje interior en todos ellos, manteniendo activo ese vínculo con las verdades trascendentes e inmutables (la Doctrina Metafísica) y su expresión por intermedio de una Cosmogonía siempre viva y actual.

Esa labor intermediaria de recepción, conservación y transmisión de la Filosofía Perenne ha sido llevada a cabo sobre todo por los auténticos sabios y jefes espirituales de todos los pueblos tradicionales, los que efectivamente han actuado de puentes (pontifex) o radios que han conectado el Centro Arquetípico con la realidad histórica siempre cambiante, dándole a ésta su propia realidad y sentido. Sin duda esta sería una de las lecturas posibles de lo que significa la idea de la "alianza" entre la Deidad y el hombre en el sentido bíblico del término. Y desde luego que existen otras causas que intervienen en la génesis de una civilización (y tendremos ocasión de ir desgranando varias a lo largo de estas páginas), pero éstas son realmente secundarias; la principal, la causa suprema, la constituye dicha alianza.

Con esto que decimos no estamos de ninguna manera minusvalorando las diferencias entre las distintas civilizaciones y culturas, entre otras razones porque son ellas las que generan la variedad de las mismas. Esas diferencias las encontramos sobre todo en las mentalidades y modos de pensamiento propias de cada una, y de las que derivan por ejemplo sus lenguas y sus alfabetos (escritura), vitales, entre otras formas simbólicas como las que se expresan por medio de los números y la geometría, para la transmisión de la Tradición, y que pueden tener su origen en motivos muy diversos, entre los cuales debemos destacar los de tipo geográfico y racial. Pero también afirmamos, en conformidad con lo que dijimos más arriba, que por encima de esas diferencias siempre ha existido en todas las culturas antiguas una clara distinción entre lo que por su naturaleza pertenece al ámbito de lo sagrado y lo metafísico, y aquello que por el contrario pertenece a otros ámbitos de la realidad mucho más restringidos y limitados, y que son los que en un momento dado de la Historia crearon las condiciones para el nacimiento de la mentalidad profana, lo cual supuso la ruptura definitiva de un equilibrio que hasta entonces se había mantenido en el seno de todas las sociedades humanas, siendo el mantenimiento de ese equilibrio una de las funciones principales asignadas a los ritos y símbolos sagrados.

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Naturalmente el surgimiento de esa mentalidad no se da en todas partes al mismo tiempo, pero lo cierto es que manifiesta los síntomas de un desequilibrio que se irá generalizando por doquier a lo largo del tiempo y a partir de un momento dado de la Historia (que se suele datar en torno al siglo VI a.C.),11 hasta alcanzar en nuestra época su "globalización" total. En efecto, es esta mentalidad la que está instalada en el mundo moderno, y la que lo signa pues no en vano es hijo de ella. Nuestra época es con mucho la más desacralizada de la Historia, pero que no por ello su existencia deja de responder a una cierta lógica cíclica dentro del conjunto del Manvántara. Más adelante, en otro capítulo, hablaremos del mundo moderno más ampliamente viéndolo también como una simbólica, como no puede ser de otra manera.

Por eso mismo, el debilitamiento de esa comunión, de ese "cordón umbilical sutil" que las mantiene unidas a la realidad de lo sagrado, señala la indefectible decadencia y finalmente la muerte y desaparición de las culturas y las civilizaciones. Ese debilitamiento es la causa principal de dicha decadencia, lo que algunos han llamado "el colapso y desintegración de las civilizaciones", pues mientras subsiste aquella energía interior que las predispone a estar en armonía con la "Voluntad del Cielo" es muy difícil que sucumban, aunque naturalmente hay excepciones a esta regla, como lo demuestra, por ejemplo, la desaparición de dos grandes civilizaciones, los aztecas y los incas, en plena juventud y esplendor de su civilización. En efecto:

Tanto los aztecas como los incas constituían sociedades militarizadas que conformaban dos grandes imperios que, cuando la conquista, apenas si llevaban unos pocos siglos de vida –estaban en su apogeo guerrero, organizativo y comercial–, habiéndose llegado a constituir como tales gracias a la degradación generalizada de los pueblos de su entorno, lo que señaló su destino histórico sin restar méritos a sus valores y conquistas. En realidad, el extraño mundo precolombino visto como un todo vivía en ese momento un drama interno, un desgarramiento que hizo posible la conquista europea, y que fue profetizado unánimemente por sus sacerdotes, como es notorio en el caso de México y Perú (así como en las Antillas, el Brasil y en Norteamérica antes del arribo del capitán Coronado, etc.).12

Esto último nos indica que también existen otras causas diferentes de ese colapso y desintegración, una de las cuales estaría vinculada con el ciclo cósmico en el que éstas se integran, y que afecta de hecho a un ámbito cultural mucho más extenso geográficamente y dentro del cual dichas civilizaciones han nacido y están contenidas. A esto último se refiere precisamente el último punto de la cita anterior, pues efectivamente las civilizaciones mexicana e incaica estaban integradas en el amplio marco del mundo y la cultura precolombina. En cualquier caso, y trasladado al plano de la Historia y de acuerdo también con las leyes cósmicas que regulan su acontecer, ese debilitamiento desencadena en muchas ocasiones lo que algunos historiadores antiguos denominaron la aparición de los "peligros internos y externos", es decir los peligros que proceden de esa propia civilización en descomposición por un lado, y por otro de las presiones ejercidas por otros pueblos en expansión, los que acaban por lo general absorbiendo a la civilización moribunda.

Sin embargo, esa decadencia tiene sus propios ritmos y ciclos internos y en ocasiones puede extenderse por largos períodos de tiempo, durante los cuales el elemento propiamente humano se hace cada vez más predominante en detrimento del elemento suprahumano y divino, que poco a poco va desapareciendo del escenario de la historia, o mejor dicho va ocultándose, pues en verdad no desaparece nunca (por la misma condición inmortal de los dioses), siendo más bien el hombre el que a partir de un momento dado se muestra cada vez más incapaz de tomar contacto con las realidades superiores que porta en sí mismo y que actúan también en el mundo, lo que le lleva indefectiblemente a desarrollar sus aspectos más inferiores en consonancia con la fase decadente de su civilización, a la que él contribuye y que por lo general constituye un "residuo" de las épocas más luminosas de la misma. El ejemplo del mundo moderno es aquí otra vez muy ilustrativo.

Esto no quiere decir que la posibilidad de "religar" nuevamente con dichas realidades superiores desaparezca en las épocas de decadencia. Esa posibilidad existe siempre para el hombre, solo que ésta encuentra una tierra más fértil para germinar en unos períodos más que en otros, debido sobre todo a las condiciones cíclicas imperantes en cada momento; aunque nunca deberíamos olvidar que la "revelación" de la verdadera identidad del hombre es coetánea con el tiempo, y siempre puede darse debido a la propia naturaleza metafísica de esa revelación, que no conoce de condición temporal alguna.

De ahí que dentro de esos períodos crepusculares el agotamiento de las energías creadoras (energías que hasta entonces se manifestaban en un grado u otro en todos los ámbitos de la cultura y que pese a la decadencia no habían roto definitivamente el vínculo con los orígenes de esa civilización), acaben por propiciar en su fase última la entrada en escena de sus posibilidades más inferiores, que de alguna manera permanecían en potencia esperando el momento cíclico propicio para manifestarse. En esto, como en tantas otras cosas, la estructura cíclica de una civilización reproduce la del ciclo más grande, en este caso el del Manvántara en términos hindúes, al final del cual también se manifiestan sus posibilidades más bajas. Y no deja de ser interesante recordar que así como el nacimiento de una cultura o de una civilización viene acompañada muchas veces por señales aparecidas en el cielo, así también ocurre cuando sobreviene su decadencia, lo que nos habla una vez más de las correspondencias y relaciones sutiles entre los distintos planos de la realidad.13

Dentro de una misma cultura o civilización, y según el lenguaje utilizado en algunas tradiciones, la "era de los dioses" deja paso a la "era de los hombres", lo que corre parejo a un declinar de la "Luz de la Inteligencia" en consonancia con el declinar del ciclo propio de esa cultura o civilización, y que se manifiesta por todos lados y bajo todas las formas posibles. Por ejemplo, en la sustitución del punto de vista metafísico por el religioso o exotérico; o la virtud (la virtus tal como la entendían los romanos, sinónimo de valor y energía espiritual) por la moral, etc. Por otro lado, y si observamos nuevamente el símbolo del círculo o de la rueda, la "era de los dioses" se correspondería con la mitad ascendente de la misma y la "era de los hombres" con su mitad descendente.

En efecto, en la era de los dioses todo lo que sobreviene en el curso de la existencia humana está regido por ellos, y sus acciones son imitadas por los hombres porque en verdad éstas son siempre arquetípicas, y por lo tanto una fuente permanente de conocimiento que finalmente desemboca en la identificación con el Ser Universal, que en sí mismo es absolutamente incondicionado y no interviene para nada en el curso de la Historia. Mientras esto fue así los actos de los hombres respondían siempre a sus modelos divinos, y la civilización que éstos creaban estaba inspirada por completo en ellos.14 Por eso mismo, y en tanto que esta era predomina, esa civilización desarrolla sus propias posibilidades y cualidades más altas, y puede decirse que la "ciudad terrestre" refleja en todo a la "ciudad celeste".

En los seres humanos integrantes de las antiguas civilizaciones existía el convencimiento íntimo de esa verdad: su cultura estaba viva y desarrollaba lo mejor de sí misma porque en ellos, en su conciencia, el vínculo con la realidad de lo sagrado, con la "ciudad celeste", permanecía igualmente vivo, y constituía una realidad impalpable que sin embargo impregnaba todos los actos de su existencia. Dicho de otra manera: el eje de su vida pasaba por la percepción cierta de esa realidad. Es en el momento en que ese vínculo se rompe, o comienza a deshacerse, que se inaugura el comienzo de un nuevo ciclo dentro de esa civilización, signado inevitablemente por esa circunstancia, lo cual trae aparejado un cambio profundo que afecta a diversos órdenes, entre ellos precisamente a la forma como el hombre encara los problemas esenciales inherentes al hecho mismo de su existir.

Bajo este punto de vista, no deja de ser altamente significativo y revelador que en muchas civilizaciones (sobre todo, repetimos, las que se han dado en el área de Occidente a partir del siglo VI a. C.) sus épocas de decadencia tengan como una de sus características principales el fenómeno del "racionalismo" en sus diferentes variantes, entendiendo por éste lo que es en realidad: el exceso de la facultad de la razón, que aunque en sí misma constituye evidentemente una cualidad inherente a la naturaleza humana, un instrumento de su pensamiento cuya máxima virtud es reflejar la luz del Intelecto superior, del Espíritu, sin embargo, cuando su predominio llega a ser exclusivo, va en perjuicio de otras cualidades (por ejemplo la memoria) inherentes a esa misma naturaleza, con lo cual impide a éstas manifestarse y desarrollarse en su plenitud, conduciendo así a su empobrecimiento. Pero bien es cierto que en ninguna época como en la nuestra, el mundo moderno, ese exceso del racionalismo ha sido tan abusivo y perjudicial para el ser humano, lo cual tiene su lógica, porque el período cíclico con el que se corresponde dicho mundo es el último de la actual humanidad, y en él encuentra las condiciones mentales más óptimas para desarrollarse a sus anchas.15

Creemos que todo lo dicho hasta aquí nos permitirá comprender que cada cultura y cada civilización es una pieza importantísima dentro de ese cuerpo inmenso que es la Historia Universal, y que en el "plan de la Providencia divina", al que nos referiremos más adelante, todas tiene un destino que cumplir dentro de esa Historia, como cada ser humano ciertamente. También, como el ser humano mismo, pueden tener una corta vida, quedarse a medio camino de su ciclo vital, y desarrollar tan sólo algunas de sus posibilidades latentes. Pero así habrá sido su paso por este mundo, o por este grado de la Existencia Universal, antes de ser reabsorbida en el seno de la Deidad, volviendo así a su origen increado.


II. La Idea de la Cultura y su Realización en el Hombre

NOTAS
8 Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (SYMBOLOS Nº 25-26, acápite "Biografías"), de Federico González y colaboradores. Ejemplos de biografías míticas y espirituales los encontramos abundantemente en Presencia Viva de la Cábala (Libros del Innombrable, Zaragoza, 2006) y La Cábala del Renacimiento. Nuevas Aperturas, obras de Federico González y Mireia Valls. Remitimos asimismo a los trabajos de J. Godwin reunidos bajo el título de "Anales del Colegio Invisible" aparecidos en varios Nºs de SYMBOLOS a partir del 11-12.
9 El Simbolismo Precolombino. Cosmovisión de las Culturas Arcaicas, cap. XVIII. Ed. Kier, 2004.
10 "Pues siendo hijo de la madre tierra –como el maíz–, que ha sido fecundada por el cielo, se yergue como intermediario que reúne ambos principios, lo que lo hace capaz de ascender, de retornar nuevamente al cielo –y desde allí volver a retornar si fuera menester– ejecutando el cumplimiento de la ley cíclica". Federico González: Ibid., cap. XII. Recordemos en este sentido que en muchas culturas el héroe mítico y civilizador por antonomasia (y modelo ejemplar para todos los que viven dentro de esa cultura, tal el caso de Hércules), es hijo de un dios y una mortal. Para retornar a la "casa del Padre", a su origen celeste y olímpico, o al "jardín de las Hespérides", Hércules ha de realizar enteramente el ciclo de sus doce trabajos iniciáticos.
11 Ver René Guénon: La Crisis del Mundo Moderno. Mosca Azul Editores. Lima, 1975.
12 Federico González: Ibid., cap. V, p. 59-60.
13 El caso del emperador romano Constantino es un ejemplo de ello. Su conversión al cristianismo tras recibir la señal de la cruz dibujada en el cielo en realidad está indicando el surgimiento de una nueva civilización, la cristiana, que regiría los destinos de Occidente. Otro ejemplo sería el referido en este caso a la civilización islámica: "Para los musulmanes [en el momento de invadir la Península Ibérica], la estrella del Islam estaba en el ascendente: la estrella Suhail, que nosotros llamamos Canope. Tenían una profecía según la cual el Islam triunfaría dondequiera que se pudiera ver Suhail. Se trata de una estrella del sur, con una declinación de menos 52 ½º, pero en aquellos tiempos era visible hasta un punto tan al norte como Zaragoza –el punto del imperio árabe consolidado situado más al norte de Europa. Con el paso de los siglos, volvió a ocultarse con la precesión de los equinoccios, y en 1492, cuando desapareció el último reino moro de España, era apenas visible en Europa. Hoy en día está por debajo del horizonte en la Punta de Tarifa, y España no volverá a verla". Angus Macnab: España Bajo la Media Luna (Olañeta, 1988). Añadiremos que también en torno a esa fecha (1492) comienza para el conjunto de la civilización islámica su decadencia, si exceptuamos al imperio otomano liderado por los turcos, que en cualquier caso tenía unas características propias (étnica y culturalmente hablando) distintas a las del mundo árabe, y cuyo período de esplendor habría que situarlo entre los siglos XV y XVII, coincidiendo prácticamente con el Renacimiento en Europa.
14 Resumiendo un poco todo esto y acudiendo para ello a la teoría hindú de los tres gunas (es decir a las tendencias, en desigual proporción, que existen en todos los seres manifestados), podríamos decir que en la "era de los dioses" se manifiesta en toda su plenitud la energía ascendente de sattwa; a su vez, durante la "era de los hombres" lo hace la energía expansiva de rajas, mientras que las últimas fases del ciclo se manifiesta la tendencia descendente y en cierto sentido infrahumana, de tamas. Dentro del ciclo particular de una civilización la "era de los dioses" se correspondería con el predominio de la casta sacerdotal (o autoridad espiritual), mientras que la "era de los hombres" se correspondería con el predominio de la  casta guerrera (el poder temporal), a la que seguiría la artesanal o comerciante y por último la de los siervos. Ver más adelante.
15 Hablaremos más extensamente de esta simbólica cuando tratemos de "Las Barreras de la Historia", tema clave en la doctrina de los ciclos. Como dijimos anteriormente es en estas épocas de predominio racionalista donde lo económico también adquiere un estatus eminente por encima de otros valores de la cultura, es decir que lo uno va íntimamente ligado con lo otro.
 
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