METAFISICA DE LA HISTORIA Y LA GEOGRAFIA
FRANCISCO ARIZA
VI
El Ejemplo Histórico de la Civilización Cristian
a
(cont.)
 

El Ciclo Medieval y Creación del Sacro Imperio (cont.)
No estamos hablando aquí de ningún "ideal" ni de ningún vago romanticismo; esto tuvo una realidad efectiva y concreta en determinados períodos de la civilización medieval, y es más: si no nos dejáramos mediatizar por los muchos prejuicios que existen sobre esa época, veríamos cómo en cada uno de aquellos territorios que estaban bajo la influencia del Sacro Imperio se reproducían a su nivel la misma estructura y la misma escala de valores y principios, es decir que la "parte reflejaba el todo".

Esto daba, en efecto, libertad y autonomía a esas "partes" que podían desarrollar sus potencialidades creativas en todos los ámbitos del saber y la cultura, pues como ya hemos dicho los distintos pueblos que componían la Edad Media europea eran sumamente heterogéneos al provenir de tradiciones muy diversas, y que no renunciaron a su pasado precristiano y pagano, sino todo lo contrario, y en muchos casos lo adaptaron a la tradición cristiana. Todo esto ayudaba a mantener la idea del Imperio como "centro" en su significado estrictamente espiritual, es decir como símbolo de una realidad metafísica que integraba dentro de sí todas las posibilidades de expresión (pues esto es lo propio del punto de vista metafísico), incluidas las más concretas y materiales, impidiendo rebajar esa idea al "centralismo" característico de los "Estados nacionales" que surgirían hacia el fin de la Edad Media, y del que saldría posteriormente, a partir del siglo XVII, el "absolutismo" como forma de gobierno, y con él todas sus derivaciones posibles, algunas de las cuales han tenido un triste y trágico protagonismo a lo largo de todo el siglo XX y a escala planetaria, ya vinieran, por otro lado, esas derivaciones de los regímenes fascistas o comunistas, los que hoy en día han sido sustituidos por los fundamentalismos religiosos de todos conocidos. Tanto unos como otros tienen como objetivo principal cercenar la libertad, el derecho y la justicia del ser humano.107

En efecto, la idea de libertad auspiciada por el Imperio está estrechamente unida a la de justicia, es decir al derecho, pues como señala el mismo Dante:

Todo aquel, por lo demás, que persigue el bien de la República, se propone como fin el derecho. Que sea de este modo, así se muestra: el derecho es una proporción real y personal de hombre a hombre, que cuando es mantenida por éstos, mantiene a la sociedad, y cuando se corrompe, la corrompe.108

Y más adelante:

El fundamento del Imperio es el derecho humano (…) no le es lícito al Imperio hacer nada contra el derecho humano. Y sería ir contra el derecho humano que el Imperio se destruyera a sí mismo. Luego no le es lícito al Imperio destruirse a sí mismo.109

Precisamente, el redescubrimiento del Derecho Romano en el siglo XII refuerza las ideas imperiales sobre la organización social y la administración de la justicia, es decir del gobierno de la "República Cristiana".

En realidad la justicia medieval que promovían los emperadores del Sacro Imperio reposaba en un equilibrio entre autoridad y libertad, que se desprendía de ese Derecho Romano conjugándose con el Canónico (eclesiástico) y el Feudal (caballeresco); pero esta idea de la libertad, de la que emanaba el espíritu que informaba a todos ellos, dándole un carácter singular, venía precisamente del Evangelio cristiano, de la concepción que en éste se tiene del ser humano, que en su esencia más íntima es un ser libre, cuyo modelo es el propio Cristo, el "Sol de Justicia", quien dejó dicho por intermedio de San Juan que la "Verdad os hará libres".

Por otro lado, no habría que desconocer tampoco la influencia bíblica en la gestación del derecho medieval, pues no debemos olvidar que estamos hablando de una sociedad que en gran medida fue de raigambre judeo-cristiana:

Aunque se ha reconocido así tan sólo en fecha reciente, la Biblia, y en especial el Antiguo Testamento, estaba fuertemente impregnada de materia legal, de ahí que, en consecuencia, un elevado número de principios de gobierno básicos en la Edad Media se modelaran sobre las enseñanzas de la Biblia. Para que una obra ejerza alguna influencia, debe estar escrita en un idioma accesible al hombre contemporáneo. Ello explica la crucial importancia que adquirió la Vulgata de san Jerónimo –la traducción latina de la Biblia hebrea y griega– a fines del siglo IV y comienzos del V. El lenguaje empleado por san Jerónimo era el de las clases cultas romanas del siglo IV, y su traducción contenía términos y nociones que tenían una estrecha correspondencia con el lenguaje de los juristas romanos (…) La influencia de la Biblia latinizada (o romanizada) sobre el surgimiento de las ideas referentes a la forma de gobierno resultó crucial.110

San Agustín, Clemente de Alejandría y el propio Dante hacen pedagogía de esta idea central de la metafísica judeo-cristiana incrustada en el derecho medieval. San Agustín:

La libertad consiste, precisamente, en este poder de usar bien el libre arbitrio. La posibilidad de hacer el mal es inseparable del libre arbitrio, pero poder no hacerlo es la contraseña de la libertad, y hallarse confirmado en la gracia hasta el punto de ya no poder hacer el mal, es el grado supremo de la libertad. El hombre que se encuentra dominado más plenamente por la gracia de Cristo es, pues, el más libre: libertas vera est Christo servire.

Clemente de Alejandría:

Unicamente por el Logos, gracias a la familiaridad con la virtud, nos hacemos semejantes a Dios. Pero esfuérzate sin descorazonarte. Serás como no te lo esperas y como no podrías imaginar. Al igual que existe la educación de los filósofos, y la de los retóricos, y la de los luchadores, también existe una libre disponibilidad del alma que se encamina hacia una voluntad libre, amante del bien, y que procede de la enseñanza de Cristo.

Y Dante, en su caso, llevando esta idea a la forma de gobierno auspiciada por el emperador, que según sus palabras, es el único y verdadero monarca que extrae su poder del Ser único:

Y el género humano, cuanto más libre es, tanto mejor vive. Esto resultará evidente cuando se comprenda el principio de la libertad (…) Puede afirmarse que dicha libertad, o principio de toda nuestra libertad, es el máximo don conferido por Dios a la naturaleza humana, según dije; por él somos aquí felices como hombres y seremos en el otro mundo felices como dioses. Siendo así, ¿quién será el que afirme que no vive mejor el género humano cuando más ampliamente puede disfrutar de ese principio? Pues bien, el que vive bajo un Monarca es el más libre. Para comprender esto, ha de saberse que la libertad consiste en ser por sí y no por otro (…) Pues el que existe por gracia de otro, está necesitado de aquél por quien existe, como el camino lo está de la meta. El género humano, cuando impera un solo Monarca, vive por sí y no por gracia de otro; sólo entonces se enderezan los regímenes tortuosos (…) que mantienen en la servidumbre al género humano (…) Y esto es así porque, siendo el Monarca quien más ama a los hombres, desea que todos lleguen a ser buenos, lo que no ocurre bajo los políticos tortuosos (…) Y así los buenos gobiernos procuran la libertad, es decir que los hombres existan para sí mismos.111 No, pues, los ciudadanos para los Cónsules, ni el pueblo para el Rey; sino, al contrario, los Cónsules para los ciudadanos y el Rey para el pueblo. Pues así como el gobierno no tiene por fin las leyes, sino que las leyes tienen por fin el gobierno, de igual modo, los que viven bajo la ley no se ordenan en razón del legislador, sino más bien éste en razón de aquellos (…) Esto significa que, si bien el Cónsul o el Rey, en razón de los medios, son señores de los demás, en razón del fin son servidores de los demás, y esto conviene principalmente al Monarca, que debe ser considerado, sin duda, el servidor de todos.112

Naturalmente en el orden social esta libertad nunca llegó a ser una realidad plena, como tampoco lo es ahora, e injusticia y violencia ha habido siempre en cualquier época, pero marcaba una tendencia a realizar, constituía una idea-fuerza que finalmente acabaría por encauzar el sistema de relaciones entre los distintos estamentos de la sociedad medieval, sustentados en la solidaridad de intereses que abarcaban a todos ellos, desde el campesino, el comerciante y el artesano, hasta el caballero, el clérigo y el hombre de Iglesia. Empezaron a concederse las "franquías" (palabra sinónima de libertad), tanto a las personas como a las agrupaciones de todo tipo, franquías que en el fondo eran privilegios que regulaban el uso de los poderes, los derechos y naturalmente los deberes u obligaciones.113

Tengamos en cuenta que el Sacro Imperio debía garantizar ese principio que aseguraba la libertad del hombre, pues como decimos éste es un reflejo de la propia divinidad, si bien aquí hay que recordar que esa libertad estaba ligada al compromiso de "fidelidad" y, sobre todo, a esa voluntad libre de "amar el bien" de que habla Clemente de Alejandría. En el orden social, la libertad era un derecho en la medida en que también se cumplía con los deberes, palabra que en el contexto que estamos hablando no entraña ningún tipo de obligación que sea contraria a la idea de equilibrio y armonía necesarios para el mantenimiento de ese orden, imagen del orden cósmico. En el ámbito tradicional los deberes estaban unidos estrechamente a los "límites" que no tenían que ser sobrepasados: el "respeto a los límites" de que hablaban los pitagóricos se constituía en uno de los principales deberes a cumplir por todo ser humano, y la obediencia íntima a este principio era también una expresión de esa "voluntad libre".

Una de las misiones inherentes a la función del emperador (en realidad la más importante) no era otra que la de crear las condiciones para que la humanidad encontrara la felicidad en la presente vida mediante la realización de todas sus cualidades, y de entre ellas la libertad era la más importante pues se encuentra en el ápice de su jerarquía. En esta concepción, el Imperio era el intento de concretar la idea misma de la Ciudad Divina en la Tierra, una forma en verdad de la realización de la Utopía en el terreno social y político, concepción cuyo origen en Occidente parte de las ideas expuestas por Platón en la República, obra de donde beben prácticamente todos cuantos en Occidente han buscado llevarlas a la práctica.114 Recordemos, en este sentido, lo que hemos dicho sobre el intento en Asia Menor de crear, en época de los Graco y los Escipiones, la "Ciudad del Sol", o el caso eminente de Julio César cuando "pensó" el Imperio Romano;115 y desde luego Dante, quien dice a este respecto que a tal puerto nadie o muy pocos pueden llegar si previamente:

… el género humano no reposa, aquietadas las olas de las pasiones, libre en la tranquilidad de la paz: éste es el fin máximo al que debe tender el curador del orbe, que llaman Príncipe romano, es decir, que en esta habitación de los humanos se viva en paz y libremente. Como la disposición de este mundo sigue la disposición inherente a la circulación de los cielos, necesario es también, por consiguiente, a fin de que los universales preceptos de la paz y la libertad se adapten a los tiempos y lugares, que el curador de éstos sea inspirado por Aquel que de una sola mirada abraza la total disposición de los cielos. Este será sólo Aquel que ordenó dicha disposición, para proveer por medio de ella a la ordenación de todas las cosas.116

Esa disposición del mundo de acuerdo al orden de los cielos está presente, como dijimos en su momento, en Dionisio Areopagita, que vio en ello una clara expresión de lo que debe entenderse por "jerarquía", idea que desarrolla ampliamente en toda su obra, y especialmente en la ya mencionada Jerarquía Celeste, que es precisamente una de las fuentes sapienciales en las que se inspiran las distintas formas de jerarquía, tanto eclesiásticas como civiles, durante la Edad Media. Es en este sentido por lo que creemos que Dante mismo estuviera influenciado por la obra del Areopagita. Los diversos órdenes celestes se corresponden perfectamente con los que el hombre establece en la tierra, y la idea del Imperio cristiano, en lo esencial, emana también de esos órdenes celestes y sus jerarquías. En la sumidad de la jerarquía del cielo se halla, en palabras de Dionisio, el "Principio de unidad", es decir el Ser supremo, y todo poder desciende de El recorriendo a lo largo del Eje del Mundo los indefinidos grados que componen la existencia universal, de tal manera que el grado (orden) inferior refleja (y obedece) al superior, constituyendo así finalmente la Armonía total.117

En efecto, y en relación con lo que estamos diciendo, tuvimos ocasión de mencionar anteriormente que la concepción tradicional del Imperio se inspiraba en esa idea metafísica que concebía al emperador como imitando el proceder de Dios mismo en el gobierno del Universo, que su cargo, en fin, le venía dado por un "don del Cielo", y añadiremos que esto, en efecto, en el plano del gobierno de los hombres, siempre se ha sustentado en los principios emanados de la Justicia y la Paz ("fundamentos de todos los reinos" según Federico II), o en cualquier caso esta era la intención que siempre debía guiar su proceder, en ausencia de la cual se incurre inevitablemente en el despotismo y la arbitrariedad. Era bien conocida la frase extraída del versículo de Isaías, que dice que "La paz será obra de la justicia",118 y que en consecuencia sin ésta no habría aquella. Sin embargo, para aplicar la Justicia y la Paz era imprescindible poner en práctica estas otras virtudes que proceden también directamente de la Deidad suprema, pues son tres de sus Nombres más excelsos: la Sabiduría, la Bondad y la Fuerza.

Por su fuerza, su potencia y su poder, potentia o potestas, el rey imponía a todos la justicia (…). Pero la fuerza y la bondad no eran, en definitiva, más que auxiliares de aquella virtud real por excelencia que era la sabiduría: "Por mí –dice la Sabiduría en los Proverbios– reinan los reyes y los príncipes administran la justicia", y toda la Edad Media lo fue repitiendo. Ahora bien, precisamente, los primeros siglos de la Edad Media, la época carolingia e incluso el siglo XI, continuaban concibiendo la sabiduría como el rey Salomón de los Proverbios: según ellos, no era más que virtud. Pero cuando, en el siglo XII, la cultura reemprendió verdaderamente su vuelo, el príncipe, para ser sabio debía añadir la ciencia a la virtud. Rex illiteratus quasi asinus coronatus, "un rey sin cultura es un asno coronado"; esta frase apareció en el siglo XII y fue repetida por todos los "Espejos de príncipes" antes de ser adoptada por los humanistas del Renacimiento (…) Smaragde ya había definido la prudencia, prudentia, como la virtud que permitía poner en práctica la sabiduría. Los hombres de gobierno y los administradores que poco a poco se impusieron en el poder hacia la segunda mitad del siglo XIII, llevaron al primer plano de las virtudes políticas aquella sabiduría práctica orientada hacia el futuro, aquella prudencia que permitía al príncipe orientar su acción hacia un objetivo claramente definido, como el arquero que no sabe dirigir su flecha sin ver el blanco (…) Vemos, pues, que la sabiduría no se definía en el siglo XIV como en el V; pero ello no impide que, en el XIV como en el V, la dicha y la felicidad se prometiesen sólo a aquellos jefes de Estado que hubieran sabido poner su fuerza, su sabiduría y su bondad al servicio de la justicia y la paz.119

El ya nombrado Benzo de Alba habla así de las atribuciones principales del emperador cristiano:

Después de Dios, tú eres rey, tú eres emperador. Manda, en medio de tu temible poder. Que el miedo a tus amenazas reduzca a la nada a aquellos que tienen confianza en su propia ferocidad. Porque tú, César, tienes la espada de la venganza, otorgada directamente por mano de Dios. Vicario del creador, la benevolencia de Dios te ha elevado a una sublimidad insigne y situado por encima de todos los poderes y de los derechos de todos los reinos… Mi oración es que el emperador proyecte su pensamiento en Dios y que introduzca en sus actos la sabiduría, madre de todas las virtudes. Y honro y glorío a Aquel que ha creado, en medio de las criaturas humanas, otro creador a su imagen y semejanza.

En verdad estas palabras pueden ir dirigidas a todo ser humano que tomando conciencia de su verdadero ser se hace emperador o rey de sí mismo, y este es, a nuestro entender, el sentido de lo que más arriba decía Dante. Desde luego que todo esto encierra una dimensión interior, esotérica, que no podemos soslayar: finalmente el emperador o el rey es un símbolo que expresa un estado del ser, y por lo tanto constituye una realidad que cuando se hace efectiva "dirige" nuestra inteligencia en la dirección vertical de acuerdo con la "Voluntad del Cielo". Esto ha de ser bien comprendido. Queremos decir que si el emperador, o el rey, o el caballero, o el guerrero, existen como una función exterior, es porque previamente son un estado del alma, y lo mismo con respecto a cualquiera de las demás castas que conforman la estructura jerarquizada de una sociedad tradicional: todas ellas son antes que nada estados interiores que conviven dentro del ser humano, en su ciudad interna, y esto, cuando en la humanidad existían civilizaciones y culturas verdaderamente tradicionales, tuvo necesariamente su reflejo en el orden social, reflejo a su vez del orden cósmico o dharma.

Dentro de una sociedad tradicional o arcaica el ser humano ocupaba aquel lugar que mejor correspondía a las tendencias y cualidades inherentes a su naturaleza, a su esencia individual, y de esta manera podía desarrollarlas con mayor amplitud. En consecuencia, es el estado interior el que crea la función exterior, y no al revés; y por lo tanto el que verdaderamente interesa es aquel, puesto que es en sí mismo una cualidad del Ser universal que está presente y da sentido al ser individual. Si el emperador y el papa eran pontífices ("hacedores de puentes") es porque dentro del hombre existe esa cualidad de intermediario capaz de unir y comunicar entre sí dos realidades, la suprahumana y la humana, el cielo y la tierra, sin que por ello tenga que ser obviamente "emperador" o "papa" en el sentido literal. Desde luego que nada de esto tiene que ver con lo que se conoce como "clases sociales", que representarían en cualquier caso una degradación total, o mejor dicho una parodia y una caricatura, de lo que auténticamente significan las castas en el sentido tradicional del término y que hoy en día están totalmente mezcladas, pudiéndose dar en una misma familia, y recibiendo la misma educación, tanto un sabio como un rufián.120

Volviendo pues a la función exterior del emperador, ésta comprendía también la protección de la Iglesia y del Papado, es decir de la autoridad espiritual, aunque en el caso de la tradición cristiana, y por todo lo que ya sabemos, esa autoridad se limitaba al plano estrictamente religioso y no metafísico y esotérico. En cualquier caso, y siempre según esa función exterior, el emperador estaba subordinado al papa, y en una relación muy parecida a la que pudiera existir entre discípulo y maestro, o hijo y padre,121 según palabras que recogemos de otro emperador ilustre, Otón III, quien tenía muy claro que el emperador no debía intervenir en los asuntos del papa, y éste en los del emperador, de acuerdo a la máxima dada ya por el mismo Cristo Jesús: "Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". Prestemos atención a las palabras de este emperador, que intentó resucitar las instituciones romanas dándoles un sentido cristiano y universal, y que defiende a la Iglesia incluso de algunos papas que precisamente negaron esa máxima evangélica con su comportamiento:

Otón, siervo de los apóstoles y, según la voluntad de Dios Salvador, Emperador Augusto de los Romanos. Nos proclamamos a Roma capital del mundo, Nos reconocemos que la Iglesia romana es madre de todas las Iglesias, pero también que la incuria y la incapacidad de los pontífices han empañado los títulos de su claridad desde hace largo tiempo. En efecto, no solamente han vendido y enajenado, por ciertas prácticas nada honrosas, posesiones de San Pedro fuera de la ciudad, sino que, y lo afirmamos con dolor, bienes que tenían en la propia ciudad imperial los vendieron por dinero… Con desprecio de la Iglesia romana y de los preceptos pontificios, algunos Papas llevaron su arrogancia al extremo de confundir la mayor parte de nuestro Imperio con su poder apostólico… Rechazando, en consecuencia, estos privilegios falsos, conferimos, sin embargo, dada nuestra liberalidad, a la sede de San Pedro bienes que son nuestros. E igualmente, por cuanto por amor a San Pedro hemos elegido Papa a nuestro maestro Silvestre, y por la voluntad de Dios le hemos llevado al supremo pontificado, por afecto a él ofrecemos a San Pedro bienes que son de nuestro dominio público, de tal modo que el maestro posea, gracias a su discípulo, todo lo que ofrece a San Pedro. Donamos, por lo tanto, ocho condados para que el papa Silvestre los tenga por amor de Dios y de San Pedro, en pos de su salvación y de la nuestra, y para que los administre a mayor prosperidad de su Pontificado y de nuestro Imperio.

Sobre esta "división de poderes" se asentaba toda la Cristiandad, evitando por un lado caer en los aspectos puramente negativos de la teocracia (en el caso del papa), y por otro en el absolutismo y la tiranía (en el caso del emperador). La historia demuestra, sin embargo, que este equilibrio no siempre se mantuvo, y llegaron a ser famosos los enfrentamientos entre la sede pontificia y el trono imperial, salvo en momentos en que entre ambos poderes existía una clara voluntad de conciliación, dando lugar a los períodos más fecundos de la Edad Media.

Y aquí hemos de decir que no fue por casualidad que esa armonía se diera entre aquellos emperadores y papas que tenían, como dice Guénon, un conocimiento del esoterismo cristiano, y

considerado más especialmente en su relaciones con el hermetismo; sin los conocimientos de este orden, los poderes del Papa y del Emperador, tal y como los hemos definido, no podrían tener su realización plenamente efectiva.122

Justamente, el emperador Otón III y el papa Silvestre II (938-1003) representan un feliz ejemplo de lo que estamos diciendo. Este papa no era otro que Gerberto de Aurillac, el cual formaba parte de los más íntimos consejeros de Otón III. Arzobispo de Reims y de Ravena, fue un hombre vivamente interesado en la Ciencia Hermética, pues conocía perfectamente la astrología y la alquimia, con las que toma contacto seguramente durante su estadía en Cataluña (la "Marca Hispánica") entre 967 y 970. Recordemos de nuevo que España en su conjunto empezaba a ser en ese momento un centro importante de irradiación de la cultura hacia toda Europa.123 A Silvestre II se atribuye además la introducción en Europa del astrolabio y del ábaco pitagórico.

Pues bien, no es necesario decir que este dato proporcionado por Guénon es fundamental, pues finalmente es en la esencia misma de la doctrina (que en Occidente se manifiesta en esa imbricación entre el esoterismo cristiano y el hermetismo, a los que se incorpora posteriormente la Cábala, a partir del siglo XII) donde debemos buscar el origen de la efectividad de ambos poderes, el imperial y el pontifical. En efecto, es en el esoterismo, en su núcleo más interior y central, donde éstos "coinciden" y quedan "absorbidos" y "transmutados", y por eso puede hablarse de una "Iglesia Secreta", o del "reino del Preste Juan" (el "Rey del Mundo"), allí "donde imperan la pureza y la justicia",124 y que en las leyendas medievales se identifica con el propio Paraíso, es decir con el "Centro del Mundo".

La idea, la esencia, del Imperio tiene entonces una lectura que va más allá de su función específicamente política y social, entrando en una dimensión que sobrepasa con mucho esta función exterior para convertirse en un "modelo" de la realización iniciática, en la medida misma en que, en efecto, constituye un símbolo primordial del "Centro del Mundo". Conviene recordar en este sentido que aquello que se denominaba antiguamente la translatio Imperii (la "traslación del Imperio") tiene también una transposición en sentido superior, vertical, y no sólo horizontal e histórico. Concebido así el Imperio se identifica con la idea de "Polo", es decir de "Eje Universal" y en consecuencia con todo aquello que significa "estabilidad", "quietud" y "firmeza", una imagen de lo cual es la montaña o la pirámide.125

Por eso mismo, en el momento en que se rompe esa comunicación entre la parte esotérica y metafísica de la tradición y la parte exotérica de la misma, el desequilibrio y el desorden se irán manifestando cada vez con mayor notoriedad e intensidad, tanto en el orden social como en el individual. Es decir que en la misma proporción en que ese vínculo se debilita se irán creando las condiciones sociales y mentales, el enmarque podríamos decir, que permitirán que en un momento dado Occidente se vea abocado a romper a su vez con su propia tradición.


El fin de un ciclo y repliegue momentáneo de las organizaciones iniciáticas

NOTAS
107 Aunque a algunos pudiera sorprender, las Constituciones liberales que surgieron a lo largo de los siglos XVIII y XIX en numerosos países de Europa y sobre todo de América (imbuidas de El Espíritu de las Leyes de Montesquieu, y que surgen para poner precisamente freno a esas tendencias absolutistas), se inspiraron también en ciertas ideas sobre la libertad y el derecho (sin olvidarnos del principio de la "división de poderes", genuino del Cristianismo) que se expresaron en la Edad Media y se propagarían durante el Renacimiento, en donde se ampliaron y adaptaron. Pero naturalmente las Constituciones a las que nos referimos están huérfanas de ese sentido de lo sagrado y trascendente que impregnan las leyes de cualquier civilización tradicional. Sin embargo, lo que nos importa subrayar en este momento es el hecho de que entre la época medieval y la época moderna existe un hilo de continuidad que no acabó de romperse definitivamente, pues entre ambos se dio el Renacimiento, y hemos de recordar que tanto la Edad Media, como el Renacimiento y la Edad Moderna, y pese a las diferencias que existen entre unas épocas y otras, es obvio que pertenecen a la misma civilización y cultura.
108 De la Monarquía, II, 5.
109 Ibid., III, 10.
110 Walter Ullmann: Historia del Pensamiento Político en la Edad Media, cap. I. Ed. Ariel, Barcelona, 2004.
111 Lo cual, por otro lado, no niega la validez de otras formas de gobernar la res pública. Como nos recuerda Federico González (Las Utopías Renacentistas, cap. II) hablando de la República de Cicerón: "Después de tratar en profundidad las distintas opciones [monarquía, aristocracia, democracia] se llega a la conclusión sencilla de que cualquier régimen puede ser bueno si son capaces y virtuosos los que ejercen el poder."
112 Resuenan aquí las palabras evangélicas: "El que quiera ser el primero, que antes sea el servidor de todos".
113 Por ejemplo, en el ámbito de la Universidad recién creada hemos de decir que a ésta tenían acceso todos los estamentos sociales, tanto los que ejercían la docencia como los alumnos. Pese a la opinión generalizada hoy en día, la Universidad en la Edad Media era totalmente popular, pues acogía también a hijos de campesinos y de artesanos, "quienes –gracias a algunos privilegios, como la exención de las tasas académicas, las bolsas de estudio y el alojamiento gratuito– podían llevar a cabo los severos cursos de estudios. Una vez que habían entrado en la universidad desaparecían las diferencias sociales entre los estudiantes: los goliardos y los clérigos constituían un mundo autónomo, en el que la nobleza ya no estaba representada por la clase de origen sino por la cultura adquirida". (Giovanni Reale y Darío Antiseri: Historia del Pensamiento Filosófico y Científico, T. I, págs. 418-419. Ed. Herder, Barcelona, 1999).
114 Y no sólo evidentemente en ese terreno sociopolítico, que en cualquier caso es una primera lectura de lo que significa cosmológica y metafísicamente la idea de la Utopía. Precisamente, Federico González señala en el capítulo II de Las Utopías Renacentistas algo muy importante a este respecto y acerca de la República de Platón nos dice que en ella, paradigma de la Utopía (como asimismo son Las Leyes, el Critias y el Timeo), y además de lo estrictamente sociopolítico, se "encuentra también el famoso mito de la caverna, la teoría de las ideas, el estudio de la Dialéctica como actividad suprema, la alegoría del sol, su pensamiento acerca del filósofo y el conocimiento, y sobre todo la equiparación entre el Estado, o sea la ciudad, y el alma humana".
115 Recogiendo el término utilizado por Federico González (Ibid., cap. X). para denominar al Imperio Inca (el Tahuantisuyo, "o sea 'el lugar de los cuatro cuartos', imagen cruciforme del imperio"), podríamos decir que el Imperio romano y su continuador el Sacro Imperio cristiano fueron también un "realismo utópico".
116 De la Monarquía, III, XVI.
117 Precisamente, uno de los filósofos herméticos y neoplatónicos más emblemáticos del primer Renacimiento, el bizantino Jorge Gemisto Pletón, expuso en su Tratado sobre las Leyes y Memorial a Teodoro una serie de ideas de cómo el gobierno de los hombres ha de estar inspirado en el orbe celeste, gobernado por los dioses; en definitiva que la res publica sea la aplicación en la práctica de los principios metafísicos. Acerca de El Tratado sobre las Leyes ver Ibid., cap. XI.
118 "La paz será obra de la justicia, y el fruto de la justicia, el reposo y la seguridad para siempre" (32, 17).
119 Bernard Guenée: Occidente durante los siglos XIV y XV.
120 Sobre todo esto ver René Guénon: Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, cap. VI de la tercera parte.
121 Dice Dante en De la Monarquía (III, 16): "César, pues, debe usar con respecto a Pedro la misma reverencia que el hijo primogénito debe usar con su padre, para que, ilustrado por la gracia paterna, con más virtud irradie sobre el orbe terrestre, que le ha sido encomendado por Aquel que es el único gobernador de todas las cosas espirituales y temporales". Es decir por el Cristo Jesús.
122 Autoridad Espiritual y Poder Temporal, cap. VIII.
123 Fundamentales fueron en este sentido las ya citadas escuelas de traductores, que comenzaron su actividad a partir del siglo XI en Toledo. Además de las obras científicas, se tradujeron también importantes textos neoplatónicos, de alquimia y de astrología. Recordemos entre otros a Juan Hispano, Juan Hispalense y a Domingo Gundisalvo; a Gerardo de Cremona y al inglés Robert de Chester, ambos formados en Toledo. En el siglo XIII-XIV destacan las figuras del mallorquín Ramón Llull con su Ars Magna, y el alquimista valenciano Arnau de Vilanova.
124 En el judeo-cristianismo, el "Rey del Mundo" (equivalente del Manú hindú) no es otro que Melkquisedek, que significa "Rey de Justicia", y también "Rey de Paz", pues reside en la mítica Salem, palabra que precisamente significa Paz.
125 Es interesante advertir que cuando esa idea polar y central se "traslada" de la vertical a la horizontal, es decir al tiempo sucesivo, ella da lugar a las civilizaciones, hayan sido éstas imperios o no en algún tramo de su historia. Desarrollaremos un poco más este punto cuando hablemos del simbolismo geográfico en relación con las eras zodiacales, verdadero "reloj cósmico" que regula el ritmo de aparición y desaparición de las civilizaciones.
 
 
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