METAFISICA DE LA HISTORIA Y LA GEOGRAFIA
FRANCISCO ARIZA
VI
El Ejemplo Histórico de la Civilización Cristian
a
(cont.)
 

El Ciclo Medieval y Creación del Sacro Imperio
Esto nos lleva directamente a la segunda razón fundamental que condujo a la necesidad de fundar esa entidad supranacional que fue en verdad el Sacro Imperio, razón que no podemos obviar por considerarla de vital importancia dentro de una concepción metafísica de la historia, en este caso de la historia de Occidente. Así, cuando hablamos de la creación del Imperio Romano por obra de Julio César, señalando su importancia en y para la historia de Occidente, no indicamos que para los Padres de la Iglesia de los primeros siglos y algunos autores cristianos, como por ejemplo el obispo e historiador Eusebio de Cesárea (neoplatónico que buscó conciliar a Platón con Moisés y que vivió entre los siglos siglo III y IV) el Imperio Romano fue elegido por la Providencia para poner freno a la llegada del Anticristo, queriendo decir con esto que sólo una estructura civilizadora lo suficientemente fuerte y poderosa desde el punto de vista tradicional podía impedir la llegada y contener el triunfo momentáneo del Adversario, es decir de la contra-iniciación, pues al fin y al cabo esta entidad, ante todo estúpida, se opone o está "a la contra" de todo lo que representa y emana de la Filosofía Perenne. Esos Padres de la Iglesia interpretaron de esta manera lo dicho por San Pablo en una de sus Epístolas:

Y ahora sabéis qué es lo que le contiene hasta que llegue el tiempo de manifestarse. Porque el misterio de iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que le retiene sea quitado del medio.94

A esta idea pensamos que se refería también Benzo de Alba, un partidario del emperador Enrique IV, cuando manifiesta que:

San Pedro y San Pablo adquirieron el Imperio y lo hicieron pasar para que fuera administrado en su nombre a los griegos, a los galos, a los lombardos y, por fin, a los germanos, para que éstos lo tengan por siempre jamás.

En efecto, los Padres de la Iglesia estaban diciendo en el fondo lo mismo que señalaba R. Guénon cuando más arriba hablaba que sin una estructura tradicional Occidente caería inevitablemente en la barbarie, ¿y qué otra cosa es el "reino del Anticristo" sino eso precisamente, es decir la barbarie en sus aspectos más viles? Entiéndase aquí por barbarie la extirpación, en todos los órdenes de la existencia, de aquellos valores que permiten al hombre vivir de acuerdo a unos principios de orden trascendente que contribuyen decisivamente al desarrollo de sus cualidades innatas, al "ejercicio de sus virtudes propias", y consecuentemente sustituirlos por otros que son su parodia y le estimulan para todo lo contrario: para desarrollar sus posibilidades más inferiores y perderse en ellas sin remisión. El arma principal del Adversario es fomentar la división en el hombre, consigo mismo y con sus semejantes, es decir impedir la posibilidad de recuperar el estado de Unidad, en suma de "difundir la luz y reunir lo disperso."

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En primer lugar, hemos de considerar que con la creación del Sacro Imperio entramos en el período que dentro del ciclo cristiano se va a distinguir por el predominio de la realeza y los principios que ésta encarna. Es decir, que entramos en la segunda edad de dicho ciclo, el cual dura un poco menos que el anterior: en torno a los 600 años, que es la franja de tiempo que va del año 800 al 1400, prácticamente la totalidad de la Edad Media.

En efecto, se trata de la época donde van a prevalecer sobre todo las cualidades inherentes a la naturaleza de la casta guerrera y caballeresca, de la nobleza en definitiva.95 Y son precisamente esas cualidades las que siempre se han requerido para realizar la ingente labor de construir una civilización, llevando a la práctica los principios contenidos en la doctrina metafísica y ontológica. En este sentido muchos de los emperadores y reyes cristianos fueron hombres conocedores de su tradición y su cultura, y aquellos que de manera particular estimularon e hicieron posible la creación de centros, escuelas y universidades que permitirían canalizar toda esa formidable energía espiritual aportada por el ciclo sapiencial de los siglos anteriores, que como hemos visto tan sólo fueron "oscuros" en las apariencias externas, pues oculto tras las enormes convulsiones provocadas por el fin histórico de la Antigüedad Clásica latía un ferviente "amor a la Sabiduría" que se concretaba en obras y que testimoniaba que la Tradición continuaba estando viva.

En toda esta labor hemos de destacar el papel descollante del Imperio Carolingio, que es el que verdaderamente, y a lo largo de sus cien años de existencia (y con los altibajos propios de toda empresa humana) creó las bases para que todo ello fuese una realidad fecunda, convirtiéndose además en modelo de lo que debería ser la puesta en práctica, si así pudiera decirse, del Sacro Imperio más allá del territorio franco, y que empezaría a afianzarse y tomar cuerpo cuando a mediados del siglo X, pero sobre todo el XI, aparecen los emperadores germánicos con Otón I, inaugurándose así una dinastía (la de los Otones), que duraría otros cien años más, y que junto a la de los Staufen (con sus tres emperadores más emblemáticos: Federico I Barbarroja, Enrique VI y Federico II), se esforzarían por lograr la unidad del Sacro Imperio con la incorporación de todos los reinos de la Cristiandad, inspirándose en la idea del Imperio Universal como "Dominiun Mundi",96 esfuerzo que no dio totalmente sus frutos teniendo en cuenta las dificultades que tenía que encontrar una obra de esta envergadura espiritual y política, pero que sí desencadenó un formidable despliegue de energías creadoras que no se conocían en Europa desde los mejores tiempos de la República romana y del Imperio que le sucedió.

En este sentido, es de notar el interés que en las cortes imperiales se dio a la renovación de la cultura, del arte y la ciencia, en consonancia también con la renovación y restauración del Imperio. Por ejemplo, en la corte carolingia y otónida, se crearon centros que acogieron a la élite intelectual de la época, entre ellos el ya mencionado Juan Scoto Erígena, originario de Irlanda como dijimos. Este origen es interesante de ser destacado, pues de las islas Británicas (sobre todo Irlanda e Inglaterra) acudieron a la llamada de los emperadores carolingios numerosos sabios y filósofos enraizados en la tradición platónica y clásica a través de la obra de Dionisio Areopagita, San Agustín y Boecio. Ellos tuvieron un papel importante en la organización de los estudios en la corte de los emperadores francos y pusieron los fundamentos para su desarrollo posterior.

La cultura intelectual es una pieza integrante de la noción del imperio, tal y como lo concibió Carlomagno (…) Si un lugar de honor es dado a la enseñanza de las letras, de las ciencias y la filosofía, es sólo en razón del interés que estas disciplinas pueden tener para el conocimiento de las cosas divinas. No es de la Galia ignorante, en la que se había perdido incluso el conocimiento del latín, de donde debía venir la iniciativa de semejante reforma. El único país [se entiende que del Occidente europeo] donde se había mantenido la cultura desde el siglo VI, era, como se ha visto, Irlanda e Inglaterra; y es a los Anglosajones a los que Carlos llama cuando manifiesta, desde 769, la voluntad de organizar en su reino los estudios preliminares indispensables para el conocimiento de las Escrituras. En 785 contacta con Alcuino, maestro de la iglesia episcopal de York, que, con muchos de sus alumnos, vino a Francia a organizar la enseñanza, tanto la enseñanza elemental como la enseñanza en uso entre los clérigos. Esta enseñanza es agustiniana de espíritu (…); por otra parte, no se trata de inventar, sino de aprender aquello que ha sido descubierto anteriormente por los hombres sabios (…) Existe, en las siete artes liberales cuyos trazos están fijados ya por una larga tradición, una impersonalidad que no deja ningún lugar a la intrusión de un progreso individual; la obra personal no puede ser más que una obra de organización y transmisión.
La cultura celta y anglosajona, de la que se aprovecha el continente, estaba muy amenazada en su país de origen; ella fue destruida a lo largo del siglo IX por la invasión de los vikingos llegados de Noruega, primero a Irlanda en 832, después a Inglaterra de 835 a 867. De ahí que, bajo los sucesores de Carlomagno, muchos monjes "scots" pasaran a Francia; con ellos se introduce un espíritu nuevo que se distingue por sus obras originales y discusiones dogmáticas; por ellos, sobre todo por los que saben leer en griego, se introduce, junto al agustinismo, la influencia completamente nueva de la obra de un cristiano neoplatónico de Oriente, la de Dionisio Areopagita; encontramos en Juan Scoto Erígena, el traductor de Dionisio, una inspiración de origen neoplatónico; era del todo nuevo, en Occidente, ver una obra de construcción metafísica, tal como su De divisione naturae.97

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Haciendo un paréntesis, y acerca de la palabra scots mencionada en esta cita, hemos de añadir que Irlanda se denominaba en aquella época Scotia Maior. De ella salieron, efectivamente, los "Scotos", apelativo de varios filósofos medievales importantes como estamos viendo. No podemos pasar por alto el papel relevante que las Islas Británicas en su conjunto desempeñaron en este primer período de la Edad Media, lo cual no fue por casualidad, pues en ellas existieron desde antiguo importantes centros de la cultura celta y también anteriores a ésta que desarrollaron una espléndida civilización, la cual aún estaba viva cuando arribaron los primeros cristianos, con José de Arimatea y Nicodemo a la cabeza, ambos discípulos también de Cristo. Ellos fundaron en la campiña inglesa de Glastonbury la primera iglesia cristiana, consagrada a Santa María, pero conocida también con el nombre de la "Jerusalén inglesa", apelativo que vaticina de alguna manera el importante papel que cumplirá la antigua Albión en la historia de la civilización europea. Esta "nueva Jerusalén" estaba construida según el modelo zodiacal, es decir en correspondencia con los doce signos del zodíaco, lo que evidencia claramente que allí se constituyó un centro espiritual, pues en muchas tradiciones el número doce, cuando está referido a los signos o constelaciones zodiacales, alude siempre a la constitución de un centro semejante (imagen proyectada en el tiempo y el espacio del "Centro del Mundo"), que a su vez se constituye en la referencia principal para una cultura o civilización. No olvidemos, en este sentido, que José de Arimatea y Nicodemo traían consigo la esencia misma de la doctrina tradicional en clave cristiana,98 y que se establecieran precisamente en Glastonbury tiene que ver con el hecho de que allí existía desde tiempos remotos lo que probablemente fue el centro sagrado más importante de las islas Británicas, también relacionado con la simbólica zodiacal,99 y cuya influencia irradiaba en toda aquella civilización, que se extendía no sólo por esas islas, sino también por la costa occidental de Francia, especialmente la Normandía y la Bretaña.100

De ese primer asentamiento cristiano surgiría la llamada "Iglesia Culdea", en la que habría que ver el resultado de una síntesis entre el mensaje evangélico original y la tradición druídica, síntesis una de cuyas expresiones es el esoterismo contenido en la historia arquetípica del Grial. El Cristianismo, que trae el mensaje renovado de la Buena Nueva, absorbe así la esencia de la tradición anterior y la incorpora a su doctrina, conservándose un depósito iniciático que va a eclosionar en la Edad Media a través de las organizaciones encargadas de transmitirlo; y aquella tradición que tuvo que "sacrificarse" y "descender" al dominio exotérico para que continuara existiendo una sociedad tradicional en Occidente, ve cómo resurge dentro de ella su dimensión iniciática al contacto con los vestigios, pero no por ello menos importantes, del celtismo.

Sin ir más lejos, San Patricio fue un druida cristianizado del siglo V que no rompió con la tradición de sus antepasados, y desde Inglaterra, de donde era oriundo, pasó a Irlanda (llegando a ser el patrón de la misma) estableciendo allí su sede episcopal. Fundó monasterios por toda la isla, como el de Clonard (en torno al año 512-520), y más tarde sus sucesores (como San Columba) fundaron en la isla de Iona (Escocia) el más grande de los monasterios cristiano-celtas. Es a partir de entonces, en efecto, que la influencia de los sabios y filósofos celtas y anglosajones pasaría a Francia llegando hasta Italia, donde se levantó el monasterio de Bobbio, al norte de Génova a finales del siglo VI.

Las islas Británicas se convertirían así en un polo de la geografía sutil de Europa, y en torno a él gravitará con intensidad la cultura tradicional en determinados momentos de su historia101 (como gravitará también en Alemania, Francia, Italia y España, etc.). Precisamente la época en la que estamos ahora situados es uno de esos momentos, pues mientras los monjes irlandeses y anglosajones salen hacia el continente llevando su saber a los distintos monasterios que encuentran, y construyen, a su paso, hacia las islas no ha parado el flujo constante de la cultura grecolatina; primero, motivado por las invasiones bárbaras, y posteriormente, y casi sin tregua, por las invasiones islámicas de la ribera sur del Mediterráneo.

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Volviendo de nuevo a Scoto Erígena, vemos que éste se integró completamente en la corte carolingia de Carlos el Calvo, acometiendo por encargo de este emperador nada menos que la traducción al latín de la obra en griego de Dionisio Areopagita (y también de Boecio, de Máximo el Confesor y Gregorio de Nisa), y no sólo eso sino que se convierte en un comentador de dicha obra (Jerarquía Celeste, De los Nombres Divinos, Teología Mística, Jerarquía Eclesiástica, Epístolas, etc.). Sin embargo, Scoto Erígena no es el único que traduce e introduce a Dionisio en la Edad Media. Anteriormente a él, en el 758, el papa Pablo I envía a Pipino el Breve, padre de Carlomagno, las obras del Areopagita, aunque no se sabe a ciencia cierta si fueron traducidas en su corte; pero posteriormente, en el 827 el emperador Miguel el Tartamudo sí contribuye a ello mandándolas a Luis el Piadoso, otro descendiente de Carlomagno, quien las remite a su vez al monasterio que fue fundado precisamente en honor de Dionisio Areopagita (en aquel momento patrón de Francia), y que lleva su mismo nombre: Saint-Denis. Es el abad de este monasterio, Hilduino, el que traduce la obra del Areopagita (escribió una Passio Sanctissimi Dionysii), incluidas sus cartas y epístolas, acompañando todo ello de sus propios comentarios. Es en esta traducción, y sirviéndose de esos comentarios, en la que se apoyará más tarde Scoto Erígena. En fin, daría para mucho seguir el rastro que lleva a las traducciones de las obras de Dionisio y otros padres de la iglesia y autores cristianos y grecolatinos en las cortes de estos reyes y emperadores, y sobre todo cómo todo ello sirvió para que la tradición renaciera nuevamente en Europa tras la desaparición de la Antigüedad Clásica. No obstante una cosa queda bastante clara: la existencia de un canal permanente de comunicación intelectual que en ese momento histórico se estaba produciendo entre las islas Británicas y Francia, lo que resultaría vital para dicho renacer, y también para la consolidación de la idea de Europa.

Por otro lado, hemos de tener en cuenta otro aspecto importante dentro de la renovación carolingia: el auge que conoce la arquitectura. Sin duda Carlomagno fue enormemente clarividente al hacer traer de la Lombardía italiana (que estaba bajo sus dominios en ese momento) a los llamados "maestros comacinos" (pues procedían del lago de Como, y también del Lugano y Maggiore), es decir aquellos arquitectos que habían conservado las técnicas de construcción de los Collegia Fabrorum romanos, herederos de los pitagóricos. Los maestros comacinos construyeron en el 805 la basílica carolingia de Aix-la-Chapelle (considerada como el corazón del Sacro Imperio de Carlomagno),102 aunque ya anteriormente, y a partir del siglo VII, habían viajado a Inglaterra y a muchos otros lugares del continente, y debido a su asentamiento en los territorios donde edificaban y por su contacto con las tradiciones locales, con las que se fundieron, poco a poco se fueron creando las nuevas cofradías de constructores, las guildas o "asociaciones libres de masones", ya completamente integradas en la Cristiandad, quienes edificaron no sólo las iglesias y catedrales sino toda la arquitectura civil que gestó las urbes medievales. Nació así el Arte Real de los constructores, nombre que precisamente es también el de la Alquimia, y en definitiva del Hermetismo, dentro del cual estaban integradas todas aquellas cofradías.

Asimismo, no debemos dejar de señalar que sin el importante desarrollo cultural que hubo en esos primeros siglos del Sacro Imperio (del IX al XI), y la aparición en ellos de la figura del filósofo que abraza la totalidad de las ciencias y las artes, no podía haberse dado, por ejemplo, un hecho crucial en la historia del Occidente europeo como fue el advenimiento de la Universidad a partir del siglo XII. Naturalmente, otro tanto podríamos decir del Imperio de Bizancio con respecto al Cristianismo oriental, con el que los emperadores carolingios primero y los otones posteriormente intentaron restablecer la unidad de los dos imperios cristianos. Y aunque esa unidad no pudo realizarse sí se produjo un intercambio fructífero entre ambos, pero que benefició más al Imperio occidental, en la medida en que éste estaba recién comenzando y absorbía con mayor interés los conocimientos que recibía, mientras que el de Bizancio, que no había tenido solución de continuidad desde la desaparición de Roma al no sufrir apenas las invasiones bárbaras, estaba entrando en su fase de decadencia. Bizancio, o Constantinopla, fue ese otro "refugio", en este caso de la Cristiandad oriental, que conservó prácticamente intacta la cultura clásica tras la desaparición de Roma, y esto fue más cierto aún cuando acabó por apagarse definitivamente la potente luz intelectual que irradiaba de Alejandría y su sucesora la Academia de Atenas. La existencia de Bizancio fue esencial para el Occidente medieval, y de manera particular para el Renacimiento, como más adelante veremos, aunque sí anotaremos la importancia del neoplatónico Miguel Pselos (siglo XI), "descubierto" por Marsilio Ficino, quien como ya sabemos fue uno de los más importantes precursores del Renacimiento y director de la Academia Platónica de Florencia.

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Todo lo dicho hasta aquí acerca del emperador nos indica que éste no era simplemente un "jefe temporal", y no competía con los reyes por el dominio de un determinado territorio, sino que él era el representante de una entidad, el Sacro Imperio, cuyo fin no era otro que instaurar en la tierra una imagen de la Ciudad divina. Su autoridad reposaba por tanto en el carácter espiritual de su cargo, que es el que legitimaba cualquier función temporal y política que pudiera ejercer. Como se ha afirmado:

El Emperador tenía derecho a la obediencia de la cristiandad no como jefe hereditario de un pueblo victorioso, ni como señor feudal de una parte de la tierra, sino en tanto que estaba solemnemente investido de su cargo. No sólo superaba en dignidad a los reyes de la tierra, sino que la naturaleza de su poder era diferente, y lejos de suplantarlos y rivalizar con ellos, les dominaba y devenía la fuente y la condición necesaria de su autoridad sobre sus diferentes territorios, el lazo que los unía en un conjunto armonioso.103

Como podemos ver, de estas palabras también se desprende el enorme valor del rito en una sociedad tradicional. En efecto, era el rito sagrado de su entronización el que otorgaba al emperador no sólo la legitimidad sino la eficacia de su función. Extendiéndonos un poco más en esta cuestión para nada baladí, podemos decir que ese "lazo que los unía en un conjunto armonioso" reposaba en la idea de la "fidelidad", de la "lealtad" o de la "adhesión", que en la Edad Media tenían un carácter sagrado incuestionable (sacramentum fidelitatis), y sobre él se establecían las relaciones no sólo entre los reyes con respecto al emperador, sino en todo el ámbito caballeresco, y en realidad en toda la sociedad medieval en sus distintos niveles, pero no como una obligación sino como resultado de una elección libre por parte de la persona, que acataba la autoridad de otra con un pacto firmemente cimentado en la confianza mutua y a prueba de cualquier circunstancia, es decir con un pacto que quedaba rubricado en lo más íntimo de ambos. No había "contrato escrito" de por medio: éste se basaba en la palabra dada y el juramento de fidelidad que la sellaba ante su conciencia.

La fidelidad al Imperio estaba basada en las mismas premisas y respondía a idénticas intenciones: no existía ningún contrato por el que los reinos o estados estuviesen "atados" a él, sino que éstos se adherían libremente y en conformidad con lo que el Imperio (y el emperador como cabeza visible) en realidad representaba desde el punto de vista no sólo material sino esencialmente desde el punto de vista espiritual: una imagen del "Centro" y de un poder verdaderamente trascendente otorgado por la Deidad a través de la sacralidad del símbolo y del rito. El Sacro Imperio se imponía en razón de sus virtudes innatas recibidas de lo más alto, nunca por la fuerza, y eran éstas las que ciertamente atraían a los reinos y demás entidades territoriales (principados, ducados, condados, feudos, etc.) a formar parte de él. En justa reciprocidad, y mientras existió esa dimensión trascendente, el Sacro Imperio constituía una referencia vertical imprescindible que transmitía de manera sutil e invisible esas virtudes innatas a todo el andamiaje horizontal de la organización política y social, y en consecuencia la sensación de pertenecer a un "todo unitario" estaba vigente por todas partes de la Cristiandad occidental, pues si bien el Sacro Imperio no se extendió por todos los países, el halo de su influencia se dejaba sentir de una u otra manera en todos ellos. Pongamos dos ejemplos: Inglaterra y España.

En el primero la influencia del Sacro Imperio es pareja con la que ejerció el Imperio bizantino, ya que también existieron vínculos entre los reyes ingleses, y en general británicos, con los emperadores o basileus bizantinos. El rey inglés Athelstan (siglo X) es llamado precisamente Basileus o Imperator, y el rey Eduardo (también en el siglo X) es nombrado "emperador augusto de toda Albión". Es interesante destacar que esta idea de un "orbe imperial británico" quedó latente hasta su despertar con el advenimiento de la época Isabelina, lo cual forma parte de uno de los episodios más importantes del Renacimiento desde el punto de vista del simbolismo histórico.104

En cuanto a la península Ibérica ya emplean el título de emperador los primeros reyes leoneses y astur-leoneses (herederos directos de la civilización visigoda impregnada de la herencia hispano-romana) en torno a los siglos IX y X; pero es sobre todo a partir de que León y Castilla conforman un solo reino cuando este título aparece con mayor frecuencia: por ejemplo en Fernando I y Alfonso VI (siglos XI-XII), que a partir de la reconquista de Toledo –la antigua capital del reino visigodo– se denomina a sí mismo "emperador toledano", "emperador de toda Hispania", "emperador establecido sobre todas las gentes de Hispania", "emperador tanto de todos los reinos cristianos como de todos los paganos de Hispania". Estas dos últimas denominaciones son particularmente interesantes, pues nos indican la vocación que anidaba en el alma de estos reyes castellanos e hispanos de congregar bajo su manto a las distintas culturas (cristiana, judía y árabe) que habitaban, y convivían muchas veces, por todos los lugares de la Península, es decir que consideraban que su función estaba por encima de los intereses particularistas y religiosos, demostrando así una vocación auténticamente universal propia de la idea imperial.

Esta misma vocación integradora y universal se muestra en dos de los más grandes reyes hispanos: Fernando III el Santo y su hijo Alfonso X el Sabio (siglos XII-XIII), acerca de los cuales habría mucho que decir en lo que se refiere a la inmensa obra cultural que auspiciaron en su reino, como por ejemplo el impulso que dieron a la conocida "Escuela de Traductores" (con sedes en Toledo, Murcia, Sevilla y otras ciudades).105 En lo que se refiere concretamente a Alfonso X, éste persiguió, sin conseguirlo, durante casi todo su reinado el trono del Sacro Imperio que quedó vacante tras la muerte de Federico II y con el cual tenía vínculos de sangre. Este evento fue conocido como el "fecho del Imperio", lo que acabó por convertirse en lo más importante para el rey sabio, y no sólo por cuestiones de mero poder, sino por el alto concepto que tenía del Imperio, del que según dice en su obra Crónica General (en realidad una Historia Universal) tiene por origen a Júpiter, el Padre de los dioses.

En efecto, todos aquellos reinos, feudos, estados, principados, ducados, etc., que reconocían la autoridad del Imperio tenían la íntima certeza de pertenecer a una unidad política, pero también sabían que ésta era un reflejo de una realidad suprapolítica, y aquí residía precisamente el "poder espiritual", y no meramente material, de esa autoridad, y como afirmaba el propio Federico II era esto precisamente lo que les permitía a cada uno de ellos gozar de una gran libertad y autonomía, emancipados de los intereses particulares y egoístas que sólo conducen a la desunión y finalmente a la disolución. Se pueden evocar aquí estos versículos del Tao-Te-King:

No hay mayor desgracia que dejarse arrastrar por los deseos / No existe mayor mal que estar insatisfecho / No hay peor calamidad que entregarse a la codicia / Sólo el que sabe lo que es suficiente, tendrá siempre lo suficiente.106

Continuación

NOTAS
94 II Epístola a los Tesalonicenses (2, 5-7).
95 Hay que hablar aquí de la leyenda que alude a los "Nueve Valientes", los que se constituyeron en el modelo de la caballería iniciática. Estos eran los "tres buenos paganos": Héctor, Julio César y Alejandro Magno; los "tres buenos judíos": Josué, David y Judas Macabeo; y los "tres buenos cristianos": Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon", siendo este último el primer soberano del reino de Jerusalén tras la primera Cruzada, y por ello mismo protector del "Santo Sepulcro". Fijémonos que estos "nueve Valientes" pertenecen a la tradición grecorromana, a la judía y a la cristiana, respectivamente.
96 Estas dos dinastías dieron a la Cristiandad durante tres siglos varios emperadores y reyes muy importantes, y todos ellos intentaron hacer realidad el gran proyecto del Sacro Imperio, sin conseguirlo plenamente.
97 Emile Bréhier: La Philosophie du Moyen Age, cap. II. Albin Michel, París, 1971.
98 La leyenda dice que fueron José de Arimatea y Nicodemo los que recogieron en la copa (utilizada en la Ultima Cena) la sangre que manaban del costado de Cristo en la cruz. Recordemos en este sentido que la palabra "Arimat" es el anagrama de amrita, término hindú que alude al soma (o haoma en el mazdeísmo), o sea la "bebida de inmortalidad." Y esto es precisamente lo que simboliza la sangre de Cristo. Evidentemente esa copa no es otra que la del Grial, que simboliza la esencia de la doctrina, la que ha de ser conquistada, es decir encarnada y efectivizada, para que otorgue esa inmortalidad. Recordemos, en fin, que José de Arimatea (noble caballero judío) y Nicodemo (doctor de la Ley en Israel) representan respectivamente el poder temporal y el espiritual. Precisamente es a Nicodemo a quien se dirige Cristo con estas palabras recogidas por San Juan en su Evangelio: "Hay que nacer de arriba".
99 Ver "La Tierra del Sol", cap. XII de Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, de René Guénon.
100 Diversos geógrafos antiguos mencionan que hacia el norte de las Islas Británicas se encontraba la isla de Thule, o Tula, que es uno de los nombres más antiguos que designan la sede de la Tradición Primordial. Precisamente, y ligado sin duda con ello, encontramos actualmente en el norte de Escocia las islas Sethland, es decir la "Tierra de Seth". Como sabemos Seth es uno de los tres hijos de Adán, y también vinculado con la leyenda del Grial, en la que se dice que entró de nuevo al Paraíso para recuperar la Sabiduría perdida.
101 En efecto, en algunos momentos críticos de la historia europea las islas Británicas fueron un refugio para las corrientes tradicionales. Pasó en el siglo XIV cuando muchos de los que eran perseguidos por Felipe el Hermoso tuvieron que buscar refugio en Escocia, y también al final del Renacimiento, en este caso como consecuencia de la "Guerra de los Treinta Años", cuando a Inglaterra llegan procedentes de distintos lugares del continente numerosos hermetistas y rosacruces. Volveremos sobre ello.
102 Es probable que en Aix-la-Chapelle se constituyera un centro espiritual semejante al que fundaron José de Arimatea y Nicodemo en Glastonbury. Tal vez el número de los "pares" de Carlomagno, doce, aluda precisamente a esto.
103 J. Bryce: El Sacro Romano Imperio.
104 Ver en este mismo Nº "El Renacimiento Isabelino", de Antoni Guri.
105 En la tumba de Fernando III (en la catedral de Sevilla, donde también está la de su hijo Alfonso X), figuran tres epitafios laudatorios de las tres comunidades en sus respectivas lenguas: el castellano, el hebreo y el árabe. Habría que añadir una cuarta en latín, mandada hacer por la Iglesia.
106 Tao-Te-King, cap. XLVI.
 
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